martedì 17 aprile 2018

El hombre de las camisas



Conocí a Sergio Ruíz hace unos cinco años en la portería.
- Hay un señor abajo, a quien no acabo de entender bien, creo que tiene una cita con la profesora Lazzerini. ¿Puede ir usted a ver lo que desea? Me dijo aquel día Antonio, uno de los bedeles de la escuela. 
A Antonio le faltaba poco para jubilarse y al estar un poco sordo no se enteraba de nada, sobre todo cuando le hablaba un extranjero.
- No se preocupe, voy a ir yo a la portería y lo acompaño arriba.
Ya en aquel entonces  a Sergio Ruíz le encantaba hablar. Iba bastante arreglado, pero con un toque deportivo, quizás porque no llevaba corbata  o  por sus mocasines de ante. Me llamó la atención su camisa blanca impecable. Me dijo que había quedado con unas profesoras, para presentarles los cursillos de español para extranjeros que organizaba en Valencia y Sevilla.
La formula era genial: clases prácticas, a veces lúdicas, que se desarrollaban casi siempre fuera de las aulas, con profesores nativos, jóvenes y simpáticos; los estudiantes se alojaban en familias castellano hablantes, para que pudieran practicar mejor el idioma.
Me despedí rápidamente de él, cuando Carla Lazzerini y otra compañera más joven, a quien yo apenas conocía, entraron en la sala de profesores.
Se sentaron en una mesa cerca de la entrada, en seguida Antonio les trajo una taza de café y se las arregló para quedar bien con Sergio Ruíz, pues el pobre bedel se sentía un poco culpable por haberlo abandonado en la portería.
Me senté en la mesa del fondo, ya que tenía que corregir tareas y preparar clases, sin embargo hice poca cosa porque sin querer escuchaba la voz chillona de aquel hombre bajito, quien no paraba de hablar y se reía con grandes aspavientos.
Primero les contó a las dos profesoras de lo poco que solía dormir, luego de cómo había conocido a su mujer en una escuela de Sevilla, seis años atrás y del hijo que habían tenido, ambos ya cuarentones. Cuando salí de allí les estaba diciendo de lo mucho que le tocaba espabilarse, pues su mujer no paraba nunca por casa, ocupándose como se ocupaba de la parte económica de la cadena de academias que los dos habían fundado.
Mientras subía los peldaños de las escaleras para ir al segundo piso, seguía pensando en Sergio Ruíz, el que se iba siempre por las ramas. En aquella media hora aún no les había explicado nada de la didáctica de los cursos, quizás fuera su táctica para convencer a los profesores, me dije.
Me olvidé de él, hasta que el año pasado Carla Lazzerini me pidió que fuera una semana con ella a Valencia con los estudiantes de cuarto.
- Vamos a matricular a los chicos en la academia de Sergio Ruíz. ¿Te acuerdas de él? .
- ¿Cómo no voy a acordarme de él?. Le contesté yo.
El segundo día de nuestra estancia en la ciudad Sergio nos llamó por teléfono para invitarnos a cenar.
Nos vino a buscar al hotel. Escogió un restaurante con terraza, a pesar de que aún hiciera fresco por la noche. Tomamos un plato de pescado con verdura a la brasa y una botella de vino tinto. Aquella noche también empezó contando que su mujer era muy trabajadora  pero que aborrecía los quehaceres domésticos.
- Mi amor, de ahora en adelante ocúpate tú de tus camisas, le dijo su esposa el día en que se casaron.
Sergio tuvo que arreglárselas buscando una lavandería que lo atendiera, pero en seguida se dio cuenta de que perdía demasiado tiempo desplazándose con la ropa a cuestas y  de que le salía muy caro el vicio  de estrenar  cada día una camisa limpia.
Una noche en la que no podía dormir, empezó a buscar por Internet información sobre las lavandería de la zona. Encontró un establecimiento que ofrecía servicios de desmanchado, limpieza y planchado rápido con entrega a domicilio. Llamó y tras regatear convenció al dueño de que le lavaran las camisas a un coste de tres euros por  pieza.
Se tuvo que comprar dos docenas de camisas nuevas, pues cada semana un muchacho pasaba por su casa para recoger las prendas sucias y para entregarle las limpias.
La vida del hombre de las camisas mejoró después de aquel hallazgo: 
- Finalmente consigo lucir una camisa blanca cada día y dormir tranquilo cada noche, nos dijo riendo.








lunedì 2 aprile 2018

Arroz con bacalao y coliflor
















He aquí  la receta de arroz con bacalao y coliflor, creo que os va a gustar. En invierno, cuando se pescaba poco marisco, hacían este arroz pobre, pero muy rico.
Ingredientes:
Medio kg. de coliflor
250 gr de bacalao desalado
400 gr. de arroz redondo
4 ajos tiernos
1 tomate maduro
unas hebras de azafrán (o molido)
aceite de oliva virgen extra
sal
agua (3 partes del volumen del arroz empleado)
Elaboración:
Lo primero que debemos hacer para cocinar arroz con bacalao y colifror es desalar el bacalao poniéndolo debajo del chorro de agua del grifo y frotando delicadamente. Una vez hecho esto, mete el bacalao en un recipiente con agua fría y mételo en la nevera. Una vez hayan pasado 12 horas cambia el agua y vuélvelo a meter en la nevera. Debes repetir este proceso durante dos veces más. En total deberás cambiar el agua 6 veces en 72 horas. Recuerda mantener el recipiente siempre en el frigorífico.
Cuando haya transcurrido el tiempo de remojo del bacalao, lo escurrimos y lo secamos. Lo ideal sería sacarle todas las espinas posibles, son grandes y será muy fácil. En una paella con 6 cucharadas de aceite de oliva sofreímos el bacalao cortado en trozos. Dejamos que se dore y lo retiramos, reservándolo para más tarde.
En el mismo aceite sofreímos a fuego medio-bajo la coliflor (que habremos partido en trozos pequeños), los ajos tiernos y el tomate rallado (que podemos sustituir por 4 cucharadas de un buen tomate triturado de lata). Pasados unos minutos, incorporamos el arroz y damos unas vueltas para sofreírlo.
Agregamos el azafrán, el agua y el bacalao, y rectificamos de punto de sal si fuese necesario. Tras 18 minutos de cocción (primero a fuego más alto y tras 5 minutos, a fuego medio), apagamos el  hornillo y dejamos reposar antes de servir.








domenica 18 marzo 2018

El regalo













Era domingo y amaneció despejado tras una semana de lluvia. Al abrir los ojos vi la luz tenue del alba que entraba por las rendijas de la ventana. Miré el despertador y vi que eran casi las ocho de la mañana.
- ¡Qué gran dormida! Lo necesitaba, me dije.
Sonreía pensando en lo ilusionada que estaba dos días antes, imaginándome lo bien que íbamos a estar solos muy marido y yo. Nuestra hija mayor desde hacía varios años vivía en Madrid y nuestro hijo iba a ir Barcelona a ver a una amiga, su vuelo salía ese mismo viernes al atardecer, él lo acompañó al aeropuerto
Aquella noche preparé un risotto. Mi marido volvió empapado de agua, seguía lloviendo a cántaros; luego puso la mesa con esmero y destapó una botella de vino.
Disfrutamos cenando mientras hablábamos y tomábamos una copa de vino tinto. De vez en cuando oíamos la lluvia que golpeaba furiosa en los cristales.
Ya estábamos terminando los postres cuando sonó mi móvil.
- ¿Mamá podéis venir a por mí? Mi vuelo no saldrá hoy, lo hará mañana por la mañana, me dijo nuestro hijo
- ¿Es una broma o qué? Le dije yo, pues estaba escarmentada de sus burlas.
- ¡Qué no mamá! ¡Qué te digo que mi avión va a salir mañana a las diez! Me contestó él.
- ¿Pero con este tiempo no te podrías quedar en el hotel del aeropuerto? Seguro que la compañía te va a pagar uno, terminé diciéndole.
- Por favor mamá no insistas, no me apetece quedarme en este lugar donde he tenido que esperar tantas horas, estoy agotado y tengo hambre, en el bar del aeropuerto ya no queda nada, pues hoy han retrasado o cancelado tantos vuelos, que los pasajeros para consolarse no les ha quedado más remedio que tragarse bocadillos.
- Vale uno de nosotros dentro de media hora va estar en el aeropuerto
- Gracias mamá, te espero en la puerta principal de la zona de llegadas, dijo él
Mi marido y yo nos miramos con una mueca, como diciéndonos, se acabó la fiesta, luego él me dijo:
- Voy a ir a recogerlo yo.
- Mañana por la mañana lo acompañaré yo, le dije sabiendo que a mí me costaba menos madrugar que a él.
El día siguiente fue un sábado raro. Me levanté temprano para ir al aeropuerto. Charlamos  a gusto en el coche, cosa que últimamente  hacíamos poco, me contó sus problemas en el trabajo, luego nos despedimos en zona de embarque y me abrazó fuerte. Pensé que a veces parece que todo se nos complique, sin embargo hay que saber buscar el lado bueno de cada cosa: el vuelo postergado había hecho posible aquella charla entre  madre e hijo.
Eran las nueve de la mañana cuando pensé en que, aprovechando que estaba fuera de casa, podía ir al supermercado.
Al principio no había casi nadie, pero cuando salí de la tienda una gran muchedumbre estaba entrando, quizás porque todo el mundo había pensado en que valía la pena salir de compras, en un día gris.
Por la tarde seguía lloviendo y nos metimos en la cama, luego echamos una buena siesta. Hacía tiempo que nos acostábamos  de día, recordé nuestra época ventiañera en que lo hacíamos a menudo:
- ¿ Y ahora qué hacemos? Le pregunté yo a él una tarde de lluvia en el piso de Barcelona, donde yo vivía con otras estudiantes.
- Podemos acostarnos, dijo él.
- Pues me parece una buena idea, a pesar de que sea la primera vez que alguien me invite a ir a la cama a las cinco de la tarde.
Nos levantamos para ducharnos y arreglarnos, pues íbamos a salir con amigos, primero iríamos juntos al cine y luego a cenar.
La velada fue muy amena: la película nos encantó y estuvimos muy a gusto de sobremesa con los amigos. Al final nos acostamos hacia las dos de la madrugada.
Ese domingo al despertar nos desperezamos largo rato en la cama antes de desayunar, luego él se fue a votar y yo me deleité escribiendo, para no olvidarlo, lo que sigue:
Antes de salir él entró en el cuarto donde yo estaba y me dijo:
- Tengo un regalo para ti.
- ¿Qué es? dije yo curiosa
Me entregó un sobre azul y un papel doblado y se marchó. Cogí primero el papel doblado y leí unas frases escuetas, escritas a máquina, mientras unos escalofríos de placer  recorreron  todo mi cuerpo.
El texto sin fecha decía:
Ciao amore:
Questa agenda è per te.
Sarò tutto il pomeriggio in Facoltà, penso di rientrare a casa verso le sei,  più o meno.
Questa mattina ho pensato molto a te, ti vedevo dapperttutto.
Per ultimo ti voglio dire che ti amo molto.
Al leer la firma me quedé un poco decepcionada, pues no era la suya, sino la mía.
La carta fechada 11 marzo 1988, empezaba así:
Amore mio:
Son las ocho y media de la mañana, entra un rayo de sol por mi ventana, un sol que ilumina mi mesa, mi papel, mi pluma, mi mano y mi cara. En estos momentos de belleza, cuando el día penetra por mi cuerpo, quiero empezar esta carta, que va a ser muy larga, donde quiero contarte lo que pasó por mi cabeza y por mi corazón ayer por la noche.
Anoche mientras dejaba mi libro en la mesita, apagaba la radio y la luz, empecé a recordar el primer día en que nos conocimos:..........
Mientras leía aquellas líneas que le escribí yo a él desde Grosseto, donde fui a vivir tras ganar oposiciones, recibí un mensaje suyo:
- Estoy paseando por el Lungarno ¿Qué vas a hacer tú? ¿Vas a salir?
- Voy a ir a votar y luego te alcanzo, le contesté yo.
Puse la carta en un libro, lo metí en el bolso, salí corriendo y me dirigí a la escuela de nuestro barrio; en la cola para votar encontré a unos amigos, quienes me recordaron que siendo aquel día el primer domingo de mes, todos los museos de la ciudad iban a estar abiertos y la entrada era libre.
Fui a la cita con él y le propuse visitar un museo. Decidimos ir al Museo Palazzo Davanzati.
Mientras nos dirigíamos a Via Porta Rossa recordé la novela histórica que había  leído recientemente: una de las protagonistas vivía en aquel Palacio que fue construido en el siglo XIV por los Davizzi, familia burguesa florentina que se había enriquecido con el comercio de la lana y la seda. El nombre derivaba de sus terceros propietarios, los Davanzati, ricos mercaderes que  reestructuraron el palacio.
Mientras paseábamos por los salones de aquel edificio me imaginé a una mujer medieval, sentada en frente de la chimenea, quien recibía un regalo de su esposo: era una carta de amor que ella le había escrito a él muchos años atrás.