martedì 17 aprile 2018

El hombre de las camisas



Conocí a Sergio Ruíz hace unos cinco años en la portería.
- Hay un señor abajo, a quien no acabo de entender bien, creo que tiene una cita con la profesora Lazzerini. ¿Puede ir usted a ver lo que desea? Me dijo aquel día Antonio, uno de los bedeles de la escuela. 
A Antonio le faltaba poco para jubilarse y al estar un poco sordo no se enteraba de nada, sobre todo cuando le hablaba un extranjero.
- No se preocupe, voy a ir yo a la portería y lo acompaño arriba.
Ya en aquel entonces  a Sergio Ruíz le encantaba hablar. Iba bastante arreglado, pero con un toque deportivo, quizás porque no llevaba corbata  o  por sus mocasines de ante. Me llamó la atención su camisa blanca impecable. Me dijo que había quedado con unas profesoras, para presentarles los cursillos de español para extranjeros que organizaba en Valencia y Sevilla.
La formula era genial: clases prácticas, a veces lúdicas, que se desarrollaban casi siempre fuera de las aulas, con profesores nativos, jóvenes y simpáticos; los estudiantes se alojaban en familias castellano hablantes, para que pudieran practicar mejor el idioma.
Me despedí rápidamente de él, cuando Carla Lazzerini y otra compañera más joven, a quien yo apenas conocía, entraron en la sala de profesores.
Se sentaron en una mesa cerca de la entrada, en seguida Antonio les trajo una taza de café y se las arregló para quedar bien con Sergio Ruíz, pues el pobre bedel se sentía un poco culpable por haberlo abandonado en la portería.
Me senté en la mesa del fondo, ya que tenía que corregir tareas y preparar clases, sin embargo hice poca cosa porque sin querer escuchaba la voz chillona de aquel hombre bajito, quien no paraba de hablar y se reía con grandes aspavientos.
Primero les contó a las dos profesoras de lo poco que solía dormir, luego de cómo había conocido a su mujer en una escuela de Sevilla, seis años atrás y del hijo que habían tenido, ambos ya cuarentones. Cuando salí de allí les estaba diciendo de lo mucho que le tocaba espabilarse, pues su mujer no paraba nunca por casa, ocupándose como se ocupaba de la parte económica de la cadena de academias que los dos habían fundado.
Mientras subía los peldaños de las escaleras para ir al segundo piso, seguía pensando en Sergio Ruíz, el que se iba siempre por las ramas. En aquella media hora aún no les había explicado nada de la didáctica de los cursos, quizás fuera su táctica para convencer a los profesores, me dije.
Me olvidé de él, hasta que el año pasado Carla Lazzerini me pidió que fuera una semana con ella a Valencia con los estudiantes de cuarto.
- Vamos a matricular a los chicos en la academia de Sergio Ruíz. ¿Te acuerdas de él? .
- ¿Cómo no voy a acordarme de él?. Le contesté yo.
El segundo día de nuestra estancia en la ciudad Sergio nos llamó por teléfono para invitarnos a cenar.
Nos vino a buscar al hotel. Escogió un restaurante con terraza, a pesar de que aún hiciera fresco por la noche. Tomamos un plato de pescado con verdura a la brasa y una botella de vino tinto. Aquella noche también empezó contando que su mujer era muy trabajadora  pero que aborrecía los quehaceres domésticos.
- Mi amor, de ahora en adelante ocúpate tú de tus camisas, le dijo su esposa el día en que se casaron.
Sergio tuvo que arreglárselas buscando una lavandería que lo atendiera, pero en seguida se dio cuenta de que perdía demasiado tiempo desplazándose con la ropa a cuestas y  de que le salía muy caro el vicio  de estrenar  cada día una camisa limpia.
Una noche en la que no podía dormir, empezó a buscar por Internet información sobre las lavandería de la zona. Encontró un establecimiento que ofrecía servicios de desmanchado, limpieza y planchado rápido con entrega a domicilio. Llamó y tras regatear convenció al dueño de que le lavaran las camisas a un coste de tres euros por  pieza.
Se tuvo que comprar dos docenas de camisas nuevas, pues cada semana un muchacho pasaba por su casa para recoger las prendas sucias y para entregarle las limpias.
La vida del hombre de las camisas mejoró después de aquel hallazgo: 
- Finalmente consigo lucir una camisa blanca cada día y dormir tranquilo cada noche, nos dijo riendo.








lunedì 2 aprile 2018

Arroz con bacalao y coliflor
















He aquí  la receta de arroz con bacalao y coliflor, creo que os va a gustar. En invierno, cuando se pescaba poco marisco, hacían este arroz pobre, pero muy rico.
Ingredientes:
Medio kg. de coliflor
250 gr de bacalao desalado
400 gr. de arroz redondo
4 ajos tiernos
1 tomate maduro
unas hebras de azafrán (o molido)
aceite de oliva virgen extra
sal
agua (3 partes del volumen del arroz empleado)
Elaboración:
Lo primero que debemos hacer para cocinar arroz con bacalao y colifror es desalar el bacalao poniéndolo debajo del chorro de agua del grifo y frotando delicadamente. Una vez hecho esto, mete el bacalao en un recipiente con agua fría y mételo en la nevera. Una vez hayan pasado 12 horas cambia el agua y vuélvelo a meter en la nevera. Debes repetir este proceso durante dos veces más. En total deberás cambiar el agua 6 veces en 72 horas. Recuerda mantener el recipiente siempre en el frigorífico.
Cuando haya transcurrido el tiempo de remojo del bacalao, lo escurrimos y lo secamos. Lo ideal sería sacarle todas las espinas posibles, son grandes y será muy fácil. En una paella con 6 cucharadas de aceite de oliva sofreímos el bacalao cortado en trozos. Dejamos que se dore y lo retiramos, reservándolo para más tarde.
En el mismo aceite sofreímos a fuego medio-bajo la coliflor (que habremos partido en trozos pequeños), los ajos tiernos y el tomate rallado (que podemos sustituir por 4 cucharadas de un buen tomate triturado de lata). Pasados unos minutos, incorporamos el arroz y damos unas vueltas para sofreírlo.
Agregamos el azafrán, el agua y el bacalao, y rectificamos de punto de sal si fuese necesario. Tras 18 minutos de cocción (primero a fuego más alto y tras 5 minutos, a fuego medio), apagamos el  hornillo y dejamos reposar antes de servir.








domenica 18 marzo 2018

El regalo













Era domingo y amaneció despejado tras una semana de lluvia. Al abrir los ojos vi la luz tenue del alba que entraba por las rendijas de la ventana. Miré el despertador y vi que eran casi las ocho de la mañana.
- ¡Qué gran dormida! Lo necesitaba, me dije.
Sonreía pensando en lo ilusionada que estaba dos días antes, imaginándome lo bien que íbamos a estar solos muy marido y yo. Nuestra hija mayor desde hacía varios años vivía en Madrid y nuestro hijo iba a ir Barcelona a ver a una amiga, su vuelo salía ese mismo viernes al atardecer, él lo acompañó al aeropuerto
Aquella noche preparé un risotto. Mi marido volvió empapado de agua, seguía lloviendo a cántaros; luego puso la mesa con esmero y destapó una botella de vino.
Disfrutamos cenando mientras hablábamos y tomábamos una copa de vino tinto. De vez en cuando oíamos la lluvia que golpeaba furiosa en los cristales.
Ya estábamos terminando los postres cuando sonó mi móvil.
- ¿Mamá podéis venir a por mí? Mi vuelo no saldrá hoy, lo hará mañana por la mañana, me dijo nuestro hijo
- ¿Es una broma o qué? Le dije yo, pues estaba escarmentada de sus burlas.
- ¡Qué no mamá! ¡Qué te digo que mi avión va a salir mañana a las diez! Me contestó él.
- ¿Pero con este tiempo no te podrías quedar en el hotel del aeropuerto? Seguro que la compañía te va a pagar uno, terminé diciéndole.
- Por favor mamá no insistas, no me apetece quedarme en este lugar donde he tenido que esperar tantas horas, estoy agotado y tengo hambre, en el bar del aeropuerto ya no queda nada, pues hoy han retrasado o cancelado tantos vuelos, que los pasajeros para consolarse no les ha quedado más remedio que tragarse bocadillos.
- Vale uno de nosotros dentro de media hora va estar en el aeropuerto
- Gracias mamá, te espero en la puerta principal de la zona de llegadas, dijo él
Mi marido y yo nos miramos con una mueca, como diciéndonos, se acabó la fiesta, luego él me dijo:
- Voy a ir a recogerlo yo.
- Mañana por la mañana lo acompañaré yo, le dije sabiendo que a mí me costaba menos madrugar que a él.
El día siguiente fue un sábado raro. Me levanté temprano para ir al aeropuerto. Charlamos  a gusto en el coche, cosa que últimamente  hacíamos poco, me contó sus problemas en el trabajo, luego nos despedimos en zona de embarque y me abrazó fuerte. Pensé que a veces parece que todo se nos complique, sin embargo hay que saber buscar el lado bueno de cada cosa: el vuelo postergado había hecho posible aquella charla entre  madre e hijo.
Eran las nueve de la mañana cuando pensé en que, aprovechando que estaba fuera de casa, podía ir al supermercado.
Al principio no había casi nadie, pero cuando salí de la tienda una gran muchedumbre estaba entrando, quizás porque todo el mundo había pensado en que valía la pena salir de compras, en un día gris.
Por la tarde seguía lloviendo y nos metimos en la cama, luego echamos una buena siesta. Hacía tiempo que nos acostábamos  de día, recordé nuestra época ventiañera en que lo hacíamos a menudo:
- ¿ Y ahora qué hacemos? Le pregunté yo a él una tarde de lluvia en el piso de Barcelona, donde yo vivía con otras estudiantes.
- Podemos acostarnos, dijo él.
- Pues me parece una buena idea, a pesar de que sea la primera vez que alguien me invite a ir a la cama a las cinco de la tarde.
Nos levantamos para ducharnos y arreglarnos, pues íbamos a salir con amigos, primero iríamos juntos al cine y luego a cenar.
La velada fue muy amena: la película nos encantó y estuvimos muy a gusto de sobremesa con los amigos. Al final nos acostamos hacia las dos de la madrugada.
Ese domingo al despertar nos desperezamos largo rato en la cama antes de desayunar, luego él se fue a votar y yo me deleité escribiendo, para no olvidarlo, lo que sigue:
Antes de salir él entró en el cuarto donde yo estaba y me dijo:
- Tengo un regalo para ti.
- ¿Qué es? dije yo curiosa
Me entregó un sobre azul y un papel doblado y se marchó. Cogí primero el papel doblado y leí unas frases escuetas, escritas a máquina, mientras unos escalofríos de placer  recorreron  todo mi cuerpo.
El texto sin fecha decía:
Ciao amore:
Questa agenda è per te.
Sarò tutto il pomeriggio in Facoltà, penso di rientrare a casa verso le sei,  più o meno.
Questa mattina ho pensato molto a te, ti vedevo dapperttutto.
Per ultimo ti voglio dire che ti amo molto.
Al leer la firma me quedé un poco decepcionada, pues no era la suya, sino la mía.
La carta fechada 11 marzo 1988, empezaba así:
Amore mio:
Son las ocho y media de la mañana, entra un rayo de sol por mi ventana, un sol que ilumina mi mesa, mi papel, mi pluma, mi mano y mi cara. En estos momentos de belleza, cuando el día penetra por mi cuerpo, quiero empezar esta carta, que va a ser muy larga, donde quiero contarte lo que pasó por mi cabeza y por mi corazón ayer por la noche.
Anoche mientras dejaba mi libro en la mesita, apagaba la radio y la luz, empecé a recordar el primer día en que nos conocimos:..........
Mientras leía aquellas líneas que le escribí yo a él desde Grosseto, donde fui a vivir tras ganar oposiciones, recibí un mensaje suyo:
- Estoy paseando por el Lungarno ¿Qué vas a hacer tú? ¿Vas a salir?
- Voy a ir a votar y luego te alcanzo, le contesté yo.
Puse la carta en un libro, lo metí en el bolso, salí corriendo y me dirigí a la escuela de nuestro barrio; en la cola para votar encontré a unos amigos, quienes me recordaron que siendo aquel día el primer domingo de mes, todos los museos de la ciudad iban a estar abiertos y la entrada era libre.
Fui a la cita con él y le propuse visitar un museo. Decidimos ir al Museo Palazzo Davanzati.
Mientras nos dirigíamos a Via Porta Rossa recordé la novela histórica que había  leído recientemente: una de las protagonistas vivía en aquel Palacio que fue construido en el siglo XIV por los Davizzi, familia burguesa florentina que se había enriquecido con el comercio de la lana y la seda. El nombre derivaba de sus terceros propietarios, los Davanzati, ricos mercaderes que  reestructuraron el palacio.
Mientras paseábamos por los salones de aquel edificio me imaginé a una mujer medieval, sentada en frente de la chimenea, quien recibía un regalo de su esposo: era una carta de amor que ella le había escrito a él muchos años atrás.










sabato 17 marzo 2018

Angelica oltre il possibile

















Alcuni giorni prima era arrivato a casa l'avviso di una raccomandata. Dovevamo andare a ritirarla in un ufficio postale vicino a Piazza delle Cure.
Quella mattina ero libera, quindi ho preso la bicicletta e mi sono incamminata verso la posta. Senza pensarci troppo ho pedalato verso piazza D'Azeglio, e poi ho seguito la stessa strada che facevo diversi anni prima, quando andavo a casa della Signora Angelica.
L'aria della città era quasi calda e ogni pedalata mi riportava tanti ricordi. All'inizio degli anni ottanta avevo conosciuto la Signora Angelica in una accademia di lingue, dove insegnavo spagnolo. Ero contenta di aver trovato quell'impiego, perché lavoravo solo tre pomeriggi la settimana e questo mi permetteva la mattina di seguire le lezioni all'Università. I miei allievi erano adulti e studiavano lo spagnolo, per lavoro, per viaggiare, per curiosità o come la Signora Angelica per passione.
La trovai seduta al primo banco di una piccola aula, quando il primo giorno di lezione arrivai timorosa, per la mia inesperienza. Occupava da sola un banco doppio, perché doveva sistemare nella sedia accanto l'elegante cappotto di lana e sul tavolo il bizzarro cappello. Aveva diversi cappelli, uno per ogni stagione ed io m'incantavo a contemplarla tutte le volte che se li toglieva o se li metteva con una cura quasi maniacale.
Era una donna alta e robusta, ma di portamento aristocratico. I capelli bianchi erano raccolti in una crocchia ben pettinata. Il volto paffutello e le fazioni delicate le davano un aria gentile e trasognata, ma gli occhi chiari e vispi dallo sguardo risoluto mostravano la sua vera indole. Era molto curiosa, voleva sapere tutto e conoscere il mondo prima di diventare troppo vecchia, per questo aveva tanto interesse a imparare nuove lingue.
Di solito indossava una pacata gonna nera con sopra delle larghe giacche chiare, ma i colorati foulard di seta fine, che sfoggiava intorno al collo, le davano un'eleganza quasi esotica. Aveva da poco superato la settantina, ma la gran voglia d'imparare la ringiovaniva.
Durante le mie lezioni era quasi l'unica ad alzare la mano per chiedere delle spiegazioni e il significato di alcune parole.
A volte portavo dei libri e leggevo alcuni brani. Allora per segnare le pagine dei testi piegavo l'angolo superiore, cosa che ora detesto. Lei vedendo quelle “orecchiette” si innervosiva e facendo una risatina isterica mi consigliava di trattare meglio i libri.
Quell'anno a giugno, finiti i corsi, mi chiese il numero telefonico. Verso l'inizio di settembre mi chiamò e mi chiese di farle delle lezioni private. Ogni martedì dalle dieci alle undici e mezzo mi recavo in bicicletta a casa sua, che si trovava nella zona delle Cure.
Ricordo che la prima volta che andai da lei, appena entrata nel vecchio appartamento al pianterreno, piuttosto buio e pieno di mobile antichi, mi raccontò che la sua era stata una famiglia benestante, suo padre aveva una piccola fabbrica di profumi. Abitavano in una casa signorile in piazza Savonarola, ma dopo la morte del padre, la ditta aveva avuto delle difficoltà e la moglie insieme alle due figlie ventenni, si erano dovute trasferire in quel lugubre pianterreno delle Cure.
La madre morì dopo una decina d'anni e nella casa delle Cure rimase da sola Maria, la sorella più piccola, la quale non si era mai sposata e per mantenersi impartiva lezioni private di pianoforte. La signora Angelica si era ritrasferita dalla sorella dopo la separazione dal marito, ma questo me lo aveva raccontato nelle settimane successive.
Il pianoforte a coda si trovava nell'unica sala luminosa della casa, che si affacciava in un grande giardino.
Sono andata dalla Signora Angelica diversi anni e mentre vedevo invecchiare le due sorelle, ricostruivo ogni settimana un pezzetto della storia della loro giovinezza.
Suonavo il campanello, due o tre volte, giacché erano entrambe un po' sorde. Mentre aspettavo sentivo i passetti della Signora Angelica. Nei primi tempi, udivo in lontananza il ticchettio rapido delle sue scarpe nere a tacco basso, negli ultimi anni arrivava strascicando le ciabatte.
La prima cosa che faceva era offrirmi una tazza di tè. Mentre aspettavo seduta, che lei preparasse l'infusione, mi sentivo bene circondata da quei pesanti mobili antichi, che quasi mi parlavano raccontandomi le storie dei loro vecchi proprietari. La mia immaginazione correva fino a che a un tratto sentivo la sorella in cucina che borbottava qualcosa ai gatti.
- Micio, micio, micio, come sei diventato grasso e bello.
Maria era snella e sembrava fragile con il suo sguardo miope. Mi si avvicinava e mi salutava, a volte mi raccontava strane storie di gatti abbandonati, poi andava nel salone e suonava della musica meravigliosa.
Le tazze e la teiera facevano parte di un servizio buono, del quale la Signora Angelica ne era molto orgogliosa. Il tempo passava veloce sedute in quel tavolo troppo lunga per quella piccola stanza. Chiacchieravamo di fronte alla tazza di tè, o meglio parlava lei raccontandomi della sua gioventù, dopo andavamo nella sua camera, dove vicino alla finestra, aveva una scrivania. Leggevamo e traducevamo poesie di autori spagnoli o sudamericani. Un giorno mentre recitava un poema di Antonio Machado mi raccontò la storia del suo innamoramento:
Una sera piovosa, quando aveva quasi trent'anni, all'uscita del teatro, aveva conosciuto un quarantenne bello, ricco e intelligente che le offriva riparo sotto il suo grande ombrello. Nacque da subito una gran passione. Angelica era così felice, che non voleva capire che il suo innamorato dipendeva totalmente dalla madre e dalle due sorelle nubili. Il futuro marito le promise che dopo un anno del loro matrimonio sarebbero andati a vivere da soli in una villetta nella zona di Poggio Imperiale, che possedeva la famiglia, ma che in quel momento era affittata. Angelica era molto innamorata e aveva creduto nelle parole del fidanzato.
Le nozze furono austere per il volere della suocera, ma l'indomani della cerimonia la famiglia di Angelica organizzò in campagna, in un podere che possedevano vicino alla Consuma, una festa che tutti ricordarono per anni. Dopo alcuni mesi Angelica rimase incinta. Il marito, con la scusa, dell'aiuto che madre e le sorelle potevano darle per accudire il neonato, non volle trasferirsi nella villetta, che nel frattempo si era liberata. Angelica ne era molto dispiaciuta, ma dato che non voleva rovinare il meraviglioso evento che sarebbe la nascita del suo primo figlio ci passò sopra. Nei primi anni di matrimonio il marito era molto affettuoso con Angelica, quindi lei non insistette più di tanto sul fatto di andare ad abitare da soli.
Gli anni passavano e la suocera e le due cognate diventavano sempre più gelose di Angelica. Il secondo figlio arrivò dopo dieci anni di matrimonio. Angelica era felice allevando i suoi figli, ma non sopportava l'intromissione delle tre donne.
Quando, dopo poco, morì la madre del marito, le due cognate, libere di agire, l'umiliavano quando potevano. Una volta mentre tutti i membri della famiglia stavano parlando con i cugini, che erano arrivati dall'America, Angelica si mise in un angolino del salotto ad allattare il suo bambino. Le due donne cominciarono a tirare fuori dei fazzoletti per coprirle il seno e la fecero andare in cucina. Suo marito, che era presente, quel giorno non ebbe il coraggio di difenderla e dopo, quando lei gli ricordò la promessa che le aveva fatto di andarsene insieme da quella casa, le confessò che lui mai avrebbe abbandonato le due sorelle.
Quella notte, Angelica mentre piangeva si fece una promessa:
- Appena si sarà sposato il mio secondo figlio, me ne andrò da questa casa, con o senza marito.
Aveva mantenuto la sua promessa separandosi dal marito il giorno dopo le nozze del secondogenito. A più di settanta anni, traslocò nella casa delle Cure e cominciò una nuova vita.
Ero andata ogni martedì in bicicletta a casa della Signora Angelica per quasi dieci anni, fino a quando alla fine degli anni ottanta dovetti interrompere perché aspettavo un figlio.
La Signora Angelica aveva continuato a chiamarmi di tanto in tanto, ma ogni anno per le feste di Pasqua mi chiedeva di passare a ritirare dei dolci per i bambini e così facendo trascorrevamo qualche ora insieme.
L'ultima volta sono andata a trovarla con mio secondo figlio, allora undicenne. Mi aprì una badante un po' scorbutica e un odore pungente di gatti penetrò nelle nostre narici, ma ben presto arrivò la Signora Angelica, che camminava a stento aiutata da un bastone. Era felice di vederci e mi diede un abbraccio così affettuoso che ancora me ne ricordo come se fosse ieri.
Non poteva più muoversi di casa, i suoi viaggi erano da diversi anni un lontano ricordo, ma ancora amava la vita e si emozionava leggendo il suo poeta preferito.
Mi raccontò che sua sorella aveva perso totalmente la testa e viveva solo per i gatti. Aveva animali in tutta la casa. Soprattutto in bagno c'è ne erano più di dieci che curava come se fossero bambini.
Maria era quasi ceca e non suonava più il pianoforte, voleva sempre essere accompagnata ai giardini e campi vicini per salvare tutti i gatti malati che trovava.
La situazione era considerata dai figli della Signora Angelica insostenibile, per questo volevano trasferire le due donne in una casa di cura. Lei si opponeva, ma d'altra parte non desiderava che i figli soffrissero a causa loro. Ancora non aveva deciso il da farsi, mi promise però che presto mi avrebbe chiamata per dirmi come avevano risolto.
Passarono le settimane e presa dai mille impegni dimenticai le due sorelle. Una mattina tornando dal lavoro, la ragazza che mi aiutava a fare le pulizie, mi disse che aveva chiamato un signore con una voce molto triste.
Chiamai subito il figlio maggiore della Signora Angelica, il quale mi raccontò che, la mattina in cui era previsto il trasferimento della madre e della zia in una casa di riposo, la badante, la quale la sera prima aveva aiutato le due anziane a coricarsi, aveva trovato entrambe le donne senza vita.
La pianista giaceva su un tappetto nel mezzo del salone circondata dai suoi gatti. I medici dicevano che era stata morte naturale, forse dovuta a un malore improvviso, ma nessuno capiva perché non avesse chiesto aiuto.
La Signora Angelica fu trovata accasciata sul letto, sopra il suo comodino, stranamente sgombro di libri, c'era solo una tazza vuota del servizio buono, che nessuno sapeva come fosse arrivata in quel posto.
Da molto tempo quelle tazze erano state impacchettate con la carta velina in uno scatolone e sistemate in uno scaffale del ripostiglio, troppo alto per esser raggiunto da una donna anziana. La badante, che dormiva in una brandina nella camera di Maria, continuava a ripetere che quella notte non aveva sentito nessun rumore e di non saperne niente della tazza del servizio buono.
- Cosa era successo quella notte? Mi chiedevo mentre pedalavo verso Piazza delle Cure.
Mi piaceva immaginare che la signora Angelica, grazie alla sua tenacia e perseveranza, fosse andata oltre il possibile, addormentandosi placidamente per sempre.
Le mie gambe sapevano a memoria quella strada perché senza rendermi conto arrivai di fronte alla vecchia casa delle Cure, lasciando indietro l'ufficio postale e la raccomandata.








lunedì 5 marzo 2018

Lo zio che amava i libri














Nella terrazza dello storico caffè Zurich di Barcelona, città dove abitavo con altre tre studentesse in un appartamento vicino alla stazione ferroviaria di Sants, ho conosciuto U. L' autunno del '76 è stato un po' anomalo, le giornate sono state soavi come quelle settembrine. Dopo tre settimane insieme, lui è rientrato in Italia, ma da subito abbiamo cominciato a scriverci lettere d'amore. Per dieci mesi non abbiamo mai smesso di telefonarci, inviarci missive e intraprendere viaggi avventurosi per incontrarci. A fine estate ho deciso di lasciare la mia terra e andare a vivere a Firenze con lui.
I mie genitori erano dispiaciuti di questa mia decisione, ma giacché avevo compiuto da poco ventuno anni, non mi hanno impedito di partire.
Mia madre piangeva e mi faceva promettere in continuazione che le avrei scritto una lettera alla settimana. Mio padre non voleva che lasciassi Barcelona e nei giorni prima della partenza mi ripeteva:
- Dato che a luglio hai raggiunto la maggiore età sono d'accordo che tu decida da sola, ma credo che stia commettendo un grave errore.
Aveva paura che facessi una brutta fine e il giorno della mia partenza mi accompagnò alla stazione e nel salutarmi mi disse:
- Ti vedo inginocchiata pulendo i pavimenti delle scale di un Ministero con due bambini aggrappati alle tue spalle.
Non so come mai per lui fallimento voleva dire andare a pulire le scale di un edificio pubblico, forse perché aveva in mente qualche film del Neorealismo italiano visto in gioventù.
U. abitava con altri studenti in un appartamento in città, ma al mio arrivo abbiamo deciso di cambiare casa. Dopo alcuni traslochi abbiamo trovato una stanza a Lucca, da Giovanna, la fidanzata di un amico di U. In quel periodo mi sono sentita per prima volta libera, ero lontana dalla famiglia, che in certi momenti mi soffocava e non avevo granché impegni di studio o di lavoro, finalmente mi ero lasciata andare a osservare tutto ciò che accadeva intorno a me. Avrei voluto iscrivermi all'Ateneo fiorentino, ma non è stato possibile perché mi mancava un documento del consolato italiano.
Ho frequentato come uditrice alcune lezioni del corso di paleontologia all'Università Pisa. In verità capivo poco di quello che diceva il professore, ma mi trovavo bene in in quell'ambiente ristretto di pochi studenti, essendo abituata, come ero, ad ascoltare i professori nelle immense aule a semicerchio dell'Università di Barcelona.
La casa, dove Giovanna abitava con la figlia di dieci anni, era grande e luminosa ed era frequentata da un gruppo di femministe che s'incontravano ogni venerdì. Qualche volta ho partecipato ai loro incontri. Erano donne sulla trentina, quasi tutti sposate o separate, a volte portavano alle riunioni i loro figlioletti. Le ricordo festose mentre preparavano tazze di tè fumante e distribuivano pezzetti di castagnaccio. Con sedie, poltrone o sgabelli si disponevano a cerchio e parlavano, oltre che di politica, di temi sociali: l'aborto, il divorzio, il rapporto di coppia e la condizione della donna in quella città.
Mi sfuggivano molte cose, sia per la mia scarsa conoscenza della lingua, sia perché ero cresciuta nella Spagna franchista, dove le donne erano poco emancipate. Alla fine dell'inverno da quei incontri femminili è nato un gruppo teatrale. Giovanna, la regista e fondatrice del gruppo, mi prestava i suoi libri, che spesso non riuscivo a finire per fatica, ma con pazienza, piano piano ho  dimenticato che stavo leggendo in un'altra lingua.
In quella cittadina di provincia alle otto in punto di sera non girava più nessuno per le strade. Ben presto notai che gli abitanti erano un po' diffidenti verso gli stranieri, forse per questo non riuscivo a trovare lavoro. U. frequentava la facoltà di architettura e il fine settimana lavorava come fotografo a Viareggio: aiutava un amico a scattare foto nei matrimoni. In primavera inoltrata ci siamo trasferiti di nuovo a Firenze, dove ho cominciato a impartire lezioni private di spagnolo.
Il mio primo alunno è stato uno studente iraniano, sono andata nel suo appartamento di Via del Corno, ricordo che era buio e con un odore inconfondibili di aria viziata, tipica di molte case di studenti:
- Voglio tradurre con te alcuni capitoli del Don Quijote de la Mancha, mi disse.

- Ma prima bisogna cominciare con testi più facili, gli risposi io, porgendogli un libro di racconti di un famoso scrittore argentino.
Le volte successive ci siamo incontrati in facoltà, ma lui insisteva  nel volere a tutti costi leggere  il libro di Cervantes.
Una delle mie alunne preferite era una signora anziana, piuttosto benestante che si era separata da poco dal marito. Abitava in una casa piena di gatti con la sorella nubile. Una volta alla settimana andavo a prendere il tè da lei, facevamo conversazione in lingua spagnola e poi leggevamo una poesia, quasi sempre di Antonio Machado, autore  che lei adorava.
Mi sentivo bene di fronte a lei mentre avevo in mano una tazza di porcellana bianca, nonostante l'ambiente decadente, i mobili accatastati, il disordine e i gatti chiusi in bagno, forse perché la mia anziana allieva mi trasmetteva curiosità e voglia di vivere.
Abbiamo trovato, dopo un periodo ospiti a casa di amici, una sistemazione in una casa colonica a circa quindici chilometri da Firenze. I nostri coinquilini erano studenti stranieri che frequentavano una scuola di restauro, due svizzeri, un' americana e una tedesca. La nostra camera era la più grande del primo piano, ma anche le altre stanze erano spaziose con i soffitti molto alti. In cucina avevamo un grande camino, con due panche dentro, dove ci sedevamo a chiacchierare dopo cena. Sebbene in ogni camera da letto ci fosse una stufa a legna una mattina abbiamo trovato l'acqua dello sciacquone del bagno gelata. Quel inverno nonostante avessi le mani piene di geloni, i soldi contati e una cinquecento che ogni tanto mi lasciava a piedi, mi sentivo realizzata, forse perché stavo bene in quel casolare, avevo cominciato a fare amici in facoltà e ho trovato lavoro in una accademia di lingua, dove tre sere la settimana insegnavo spagnolo ad adulti.
Arrivate le feste pasquali i miei decisero di venire a trovarmi a Firenze portando con loro zia Margarita e suo marito. Zio Emilio era un uomo a cui, a differenza di mio padre, piaceva leggere, giocare a scacchi e andare in chiesa. Un'altra passione di zio Emilio era guidare l'automobile, che però usava raramente non avendo molte occasioni di viaggiare, dato che mia zia non amava uscire dal paesino. Credo che durante il loro lungo viaggio verso l'Italia abbia guidato sempre lui, indossando il suo cappello grigio che portava di solito in inverno.
I mie genitori si vergognavano di avere una figlia che conviveva con un ragazzo senza essere sposata. Mia madre aveva un piano per non fare sapere a zio Emilio che U. ed io dormivamo insieme: non lo avrebbe fatto entrare nella nostra camera e quindi il letto matrimoniale sarebbe rimasto nascosto per sempre.
Abbiamo trovato un albergo in città per ospitare i mie parenti, ma arrivato il terzo giorno abbiamo dovuto far vedere loro la nostra casa.
Prima di pranzare abbiamo passeggiato in giardino e sono entrati in tutte le stanze del pianterreno, ma mio zio, essendo molto curioso ha voluto veder anche il piano superiore, non sapendo nulla della stratagemma di mia madre, l'abbiamo accontentato.
Arrivati di fronte alla nostra camera, mentre aprivo, mia madre ha richiuso la porta con forza dicendo:
- Andiamo, andiamo che è tardi e non abbiamo tempo di vedere tutte queste stanze.
Tutto a un tratto mia madre è diventata pallida e quasi svenuta. Senza pensarci due volte l'abbiamo sistemata nel lettone. Tremava tutta, era forse un attacco d'ansia, ma ci siamo molto spaventati perché lei era da sempre stata delicata di salute. Per fortuna dopo poco si è ripresa e via via calmata, nel vedere zio Emilio che sorrideva guardando i nostri libri che coprivano tutta una parete della stanza. Dopo lo zio con molta tranquillità ha detto ai mie genitori:
- Vostra figlia ha avuto una gran fortuna nel trovare un ragazzo a cui piace leggere.
Zio Emilio era felice di vedere tanti libri nella stanza di due giovani e non gli importava più il fatto che nella camera ci fosse o meno un letto matrimoniale.
Quel giorno ho capito che i libri avevano salvato la vita a mia madre e soprattutto la mia.










venerdì 2 marzo 2018

Da sola














Avevo cambiato il mio turno di lavoro con una compagna, quindi sarei stata a casa quattro giorni di seguito. Negli ultimi tempi sentivo un malessere strano e quando arrivava il fine settimana era scoraggiata e stanca. Dimenticavo o meglio scansavo tutto quello che avrei voluto fare: uscire con mio marito, andare a vedere un film, chiamare un'amica o passeggiare lungo il fiume.
Il primo giorno senza di lui sono rimasta a letto fino a tardi a leggere un libro, poi ho ascoltato musica e ho scritto una lettera a un amica lontana. La giornata mi è volata. L'indomani però non riuscivo a concentrarmi sulla lettura e quel non decidersi ad alzarsi era diventato per me un incubo.
- Almeno combinassi qualcosa, invece di stare a rimuginare sotto le coperte, mi dicevo.
Mi feci forza e lasciai il letto, ma sempre in camicia da notte passavo dalla poltrona al divano e viceversa. Non ero riuscita a farmi la doccia a un'ora decente, quindi verso mezzogiorno e mezzo mi ero vestita in fretta e furia ed ero uscita.
Da tempo sognavo di stare qualche giorno da sola senza marito e figli eppure, adesso che i ragazzi erano andati a vivere per conto proprio e che lui era fuori città per qualche giorno, mi sentivo un po' abbandonata.
- Perché non so godermi le giornate libere? Riesco solo ad occuparmi delle altre persone, di me stessa non ne sono capace. Mi tormento pensando a quello che potrei fare e poi quando ho la possibilità di agire rimango immobile. Come mai? Mi domandavo.
Mentre camminavo cercavo di scrollarmi di dosso le ansie e le paure, ma non ci riuscivo. Lasciai indietro il giornalaio e ritornai lentamente a casa senza guardarmi intorno, ma a un certo punto mi venne in mente il mazzo di chiavi:
- Devo andare a farne una copia, per nasconderla da qualche parte in cantina, ho paura di rimanere prima o poi chiusa fuori di casa, mi dissi mentre mi incamminavo verso il ferramenta del quartiere.
Nel negozio c'erano diverse persone. Mi misi in fila ad aspettare. Quando toccò a me era purtroppo l'ora di chiusura, il commesso mi fece sapere che ci voleva troppo per fare la chiave della porta blindata, quindi mi invitò a ritornare nel pomeriggio.
Per strada vidi una donna di mezza età che trascinava due borse strapiene. Era magra e ben proporzionata, nonostante una certa trascuratezza era ancora bella.
- Chissà cosa le sarà successo? Mi domandai pensierosa.
La donna delle borse si sedette in una panchina di piazza San Ambrogio e appoggiò il suo ingombrante bagaglio per terra. Muovendo delicatamente le ditta si raccolse le ciocche di cappelli grigio-biondastri, che le erano scivolate via dal fermaglio, in una piccola crocchia, poi da una borsa tirò fuori un libriccino.
Ero incuriosita da quella donna e mi sedetti nella stessa panchina a leggere il giornale.
- E' stato un inverno molto freddo, pensai guardando la pelle screpolata del viso e le mani coperte da geloni della donna accanto.
Dopo qualche minuto ruppi il silenzio dicendole:
- Come si sta bene oggi al sole.
La donna sorrise e cominciò a parlare con me, come se mi conoscessi da tutta la vita. Lodò la fortuna di poter stare all'aria aperta e dopo aver respirato profondamente un paio di volte mi raccontò la sua storia.
Anastasia, così si chiamava quella strana donna, era rimasta vedova pochi giorni dopo aver compiuto sessanta anni, il marito soffriva di cuore da parecchio tempo, ma quella morte era stata inaspettata. La donna sospettava che lui avesse ingoiato diverse pasticche per dormire, ne trovò una boccetta vuota nascosta nel cassetto del comodino. Non era del tutto convinta della sua supposizione, ma quando venne a sapere che il marito era pieno di debiti, capì il suo gesto estremo, anche se i dottori parlavano di infarto fulminante.
In pochi messi perse tutto: la casa fu ipotecata e poi pignorata, i conti in banca prosciugati. Anastasia dipendeva totalmente dal marito. Ogni mattina, essendo molto pigra e senza entusiasmo per quello che succedeva fuori delle loro quattro mura, rimaneva in camicia da notte fino a mezzogiorno davanti al televisore. Non avendo figli sbrigava velocemente le faccende domestiche nel primo pomeriggio, puliva, lavava, stirava mentre guardava un programma televisivo e poi un altro ancora; la sera preparava una bella cenetta e aspettava seduta sul divano il marito, il quale rientrava piuttosto tardi perché lavorava fuori città
Usciva solo per comprare verdure fresche da un fruttivendolo vicino. Per la grande spesa, il marito l'accompagnava al supermercato in macchina, una volta alla settimana.
Non si sentiva infelice, la routine le dava sicurezza, le sue giornate erano scandite dai programmi televisivi, soprattutto le telenovelle erano quelle che maggiormente la allontanavano dalla realtà.
Appena morto il marito e perso l'appartamento si era trasferita dalla sorella, ma aveva presto capito che non era ben accolta dal cognato, quindi dopo pochi mesi inventò la storia che una amica d'infanzia, vedova da poco, le aveva chiesto di andare a vivere con lei per farle compagnia. La sorella credette alle sue parole, anche perché Anastasia la chiamava una volta la settimana e le diceva che era contenta della nuova sistemazione. Fu allora che cominciò a passare la notte nel dormitorio popolare del comune, quello per i senza tetto. Ogni mattina doveva lasciare la brandina per poter rientrare di nuovo verso le sette di sera e dormire un'altra notte. Faceva la doccia nei bagni pubblici e passava la maggior parte del tempo all'aperto.
Siamo rimaste in silenzio qualche minuto, poi ha domandato quale fosse il mio mestiere:
- Faccio l'insegnante, mi piace andare a scuola, ma ultimamente mi sento stremata. Volevo tanto restare da sola, ma adesso che è partito mio marito mi sento smarrita, non riesco a reagire, rimango chiusa in casa e non faccio altro che rimuginare per tutto il giorno. Non so cosa mi stia succedendo.
- La posso capire. Anch'io mi sentivo abbandonata la prima volta che mi sono trovata da sola, ma questo non era niente in confronto a quello che ho sentito il primo giorno in cui ho dormito nel ricovero popolare. Ogni tanto mi ritorna lo sconforto, ma cerco di reagire pensando che tra qualche mese mi arriverà la pensione, che insieme alla piccola indennità, che adesso lo stato mi passa, potrò pagare una stanza in affitto.
Ascoltando quelle parole ho pensato a una delle mie vicine di casa. Dopo poco ci siamo salutate e mi sono incamminata verso via San Giuseppe, ma a un certo punto, ho voltato a destra. Mentre i miei piedi si muovevano non pensavo più al mazzo di chiavi, bensì alla donna che avevo incontrato. L'ansia in me era sparita e nella mia testa maturava l'idea di andare a parlare con la mia dirimpettaia, una simpatica signora anziana, che viveva da sola in un enorme appartamento e che qualche giorno prima mi aveva detto che voleva affittare una stanza.
Senza sapere nemmeno io il perché, invece di tornare a casa, ho cominciato a gironzolare, poi mi sono seduta in un tavolino di un caffè a mangiare un tramezzino.
- Era tanto che non passeggiavo da sola per la città, pensai guardando la gente passare.
Rientrando a casa, la prima cosa che ho fatto è stato chiamare mio marito al quale ho raccontato l'incontro che avevo fatto quella mattina e nel congedarlo gli ho detto che lo amavo e che non vedevo l'ora di riabbracciarlo, poi ho inviato un messaggino affettuoso ai figli. Dopo ho telefonato la mia vicina, ma ho dovuto lasciarle un messaggio nella segreteria telefonica, perché, essendo questa piuttosto sorda, la sera alza il volume del televisore, quindi non sente il suono del telefono o del campanello. Le ho lasciato detto che sarei andata a trovarla l'indomani verso le undici. Quella sera ho messo in ordine la casa, ho preparato delle verdure e un risotto e finalmente ho fatto la doccia.
Il giorno dopo mi sono svegliata presto e sono andata a fare una passeggiata lungo il fiume. Mentre camminavo guardavo la gente, gli alberi e le case e non mi sentivo più abbandonata.










sabato 24 febbraio 2018

Il traghetto












Eravamo contenti di viaggiare verso un arcipelago, finalmente noi due da soli. Lasciavamo indietro stanchezza e tensioni. Non vedevamo l'ora di imbarcarci. Siamo partiti verso mezzogiorno, la giornata era tersa. Mentre attraversavamo l'Appennino campano sentivo, seduta leggendo un libro, un vento caldo quasi soprannaturale, che entrava dalle finestre del nostro veicolo e ci avvolgeva come una grande sciarpa. La sonnolenza mi rapiva e le parole che leggevo si perdevano lentamente in mezzo a quel ciclone caldo. Il furgone era piuttosto confortevole anche se non aveva l'aria condizionata. Non era molto grande ma ci bastava per i nostri bagagli, quelli che servivano per una quindicina di giorni. Siamo arrivati a Bari in anticipo e subito, con nostra sorpresa, siamo venuti a sapere che la nave aveva più di tre ore di ritardo.
Ci siamo seduti sulla terrazza di un piccolo bar e abbiamo preso delle bevande fredde. Il proprietario del locale, un giovane barese simpatico e chiacchierone di nome Rocco, si è offerto di vigilare la nostra macchina e nel frattempo di prepararci una cena a base di pasta, quindi noi siamo andati tranquillamente a visitare la città. Mentre camminavo accaldata per le viuzze del centro, tante donne e alcuni uomini erano seduti sulle sedie fuori dall'uscio delle loro case.
Tutte quelle persone su quelle sedie mi ricordavano la strada del paese della costa catalana dove avevo trascorso la mia infanzia. Ogni sera all'imbrunire le donne portavano fuori le sedie impagliate della cucina, per poter prendere il fresco e parlare con le vicine. Gli uomini dopo cena andavano al caffè a giocare a carte o a domino e quando rincasavano si sedevano con in bocca il sigaro, ormai spento, a chiacchiere con le donne del vicinato. Noi bambini correvamo e giocavamo per la strada o sulla piazza vicina. Nessuno ci controllava, era bello sentirsi liberi in quelle notti d'estate degli anni sessanta.
Abbiamo mangiato gli spaghetti al pomodoro e basilico che Rocco ci aveva preparato con cura, accarezzati da un vento di ponente, forse un po' insistente ma benefico, dopo la gran calura sofferta. Poi per ammazzare il tempo ci siamo sistemati con i nostri libri sulla terrazza dello stabilimento di Rocco, che lentamente è diventa la nostra nicchia, fatta da tavoli e sedie di plastica rossa. Abbiamo aspettato il traghetto, prima con piacere poi con stanchezza e noia, parlando e guardando il movimento del porto. Verso l'una di notte la nave non era ancora arrivata. Durante l'interminabile attesa abbiamo conosciuto una famiglia molisana, che viaggiava come noi in un camper. Esmeralda, la figlia adottiva, era una bambina di sei anni molto aperta e comunicativa. Subito abbiamo fatto amicizia. Al nostro gruppo si è unito Dario, un bambino milanese di dieci anni, che era un po' assonnato, perché si era alzato alle cinque del mattino; viaggiava insieme ai suoi genitori per andare a trovare i nonni materni in Albania. A un certo punto qualcuno, seduto su una sedia rossa accanto a noi, ci ha detto che il traghetto aveva accumulato molto ritardo, perché aveva dovuto aspettare i passeggeri di una nave che doveva partire da Brindisi, ma che era stata posta sotto sequestro perché avevano trovato nella stiva dei grandi quantitativi di droga.
C'era da disperarsi, avevamo sonno e guardando verso il buio orizzonte la nave non si vedeva. Verso le tre come per magia, la gente intorno a noi si è alzata e subito dopo abbiamo visto che le loro macchine si disponevano in fila sul molo, quindi anche noi ci siamo incamminati verso i lunghi serpenti di autovetture. Dopo un'ora è arrivato il bastimento e noi esausti e senza più forze abbiamo osservato e seguito incantati, come dei sonnambuli, tutti i movimenti del personale di porto nel far scendere le macchine e i numerosi camion da bordo. Quando stavamo per salire, abbiamo visto chiudersi di fronte a noi un grosso cancello di ferro. Il motivo l'abbiamo saputo dopo: in un camion, appena sbarcato, avevano trovato venti clandestini.
- Povera gente, non hanno potuto toccare la loro terra promessa, pensai.
I profughi appena sbarcati sono stati immediatamente rispediti nel paese da dove erano venuti. Hanno viaggiato chiusi in una stiva della nave, ci ha detto dopo un vecchio ufficiale di marina in pensione che abbiamo conosciuto durante la traversata. Eravamo tutti impazienti di salpare, nessuno pensava più ai clandestini. Noi volevamo solo cominciare le nostre vacanze e non ci rendevamo conto di quanto eravamo fortunati a differenza di quei poveracci. Le operazioni di sbarco e imbarco sono diventate infinite e la nave è partita quando cominciava ad albeggiare.
Avevamo un biglietto che ci permetteva di dormire dentro il furgone sul ponte della nave. Appena sdraiati, dalla stanchezza, ci siamo addormentati profondamente, ma ricordo una vaga sensazione di sentirmi cullata dalle onde. Il sole delle dieci ci ha svegliati e tutta la giornata l'abbiamo passata leggendo, parlando, mangiando e giocando a carte con Esmeralda e Dario.
Ogni tanto guadavo il mare, seduta in coperta. Esmeralda veniva in collo a me e mi chiedeva di raccontarle la storia del libro che stavo leggendo. Seduta sulle mie ginocchia, mentre ascoltava, cercava le mie braccia e le sistemava così bene che nasceva un tenero abbraccio. Stavo bene in mezzo a tutta quell'acqua e a quei bambini conosciuti da poco. Presto sarebbe finita quella lunga traversata, i clandestini sarebbero tornati in Afganistan, Esmeralda sarebbe andata in Turchia, Dario in Albania con i loro genitori e noi avremo cominciato il nostro viaggio verso il Peloponneso, pensai quasi nostalgica. Non potevo sapere che avremo avuto degli altri inconvenienti che avrebbero fatto diventare il nostro viaggio interminabile. Verso l'imbrunire il mare si è fatto grosso e di fronte a l'isola di Corfù, dove la nostra nave doveva fare una sosta, i mozzi non riuscivano a lanciare le corde per l'attracco. Con molta fatica, una fune e poi l'altra sono arrivate a destinazione, ma dopo poco la prima si è rotta.
La nave è tornata indietro e noi eravamo ancora più scoraggiati anche perché vedevamo i marinai nervosi e sfiniti. Dopo due tentativi il traghetto è riuscito ad attraccare. Non era ancora finita, dopo le operazioni di sbarco, mentre stavamo cominciando a lasciare il porto di Corfù, ci siamo fermati di nuovo. Qualcuno ci ha detto che l'ancora si era incagliata. Non potevamo crederci, era come se una calamita non ci lasciasse andare via. Dopo un tempo che ci è sembrato infinito la nave è ripartita; da quel momento in poi, come per miracolo, abbiamo ripreso le nostre forze e dimenticato tutte le nostre disavventure.
Alle dieci di sera, quando ormai era buio siamo arrivati a destinazione. Eravamo entrambi di buon umore mentre piantavamo la tenda in un campeggio non lontano dal porto. Ci siamo seduti a mangiare un boccone tra il mare e il cielo stellato e poi ci siamo abbracciati.
Il caldo notturno ci ha fatto dormire con la tenda aperta e la testa fuori. La mattina presto, il frinire delle cicale ci ha svegliati. La sorpresa più bella è venuta dopo scoprendo che quel piccolo e semplice campeggio era un paradiso. Le bianche piazzole terrazzate arrivavano fino a una baia, dove il mare era calmo come una grande piscina. Ci siamo tuffati nell'acqua cristallina e poi sdraiati sulla sabbia bianca.
Appena il sole ha cominciato a riscaldare un po' lui si è messo a leggere, all' ombra, seduto su  un piccolo scoglio piatto. Io sono rimasta a contemplare  il mare, ma un certo punto ho avuto un gran desiderio di abbracciare mio padre novantenne, che non vedevo da qualche mese e che non stava troppo bene di salute; ho preso un quaderno e una penna dello zaino e ho cominciato a scrivere una lettera.
 







domenica 11 febbraio 2018

La tapia del jardín














Era sábado y Felisa se levantó temprano, aunque no tuviera que madrugar para ir a trabajar. Se preparó una infusión aromática y mientras leía el periódico del día anterior iba sorbiendo el  líquido de la taza que sujetaba con las dos manos. Le gustaba levantarse al amanecer, cuando empezaba a clarear.
Sus ojos cayeron sobre un artículo que decía: la mujer que no trabaja pueda que se sienta encerrada en una jaula, cuando por alguna razón decida tomar el vuelo de una relación de pareja que no funciona.
Introdujo de nuevo hierbas en el agua hirviendo de la tetera y pensó en el pueblo donde había pasado los años de su infancia; en él la mayor parte de las mujeres eran amas de casa. Se acordó de sus vecinas de antaño, de una señora gorda y refunfuñona y de su hija flaca y apocada. Vivían en la casa de al lado, los patios estaban separados por una tapia bastante baja, por donde llegaban las voces. Al marido de la flaca le trataban como a un intruso, pues la vieja, quien era la dueña de la finca, mandaba como un sargento. Él trabajaba en una fábrica textil, normalmente hacía turnos de noche y de día dormía, sin embargo cuando le cambiaban de turno, en aquella casa todos se volvían locos, echando sapos y culebras por la boca. Las dos mujeres al pobre hombre le acusaban de vago y de borracho, pero al final era él quien más levantaba la voz, insultándolas con odio y rencor.
Felisa recordó que a finales de los años sesenta la vieja murió y que durante unos meses dejaron de oírse gritos, pero la tregua duró poco. Empezaron de nuevo las peleas cuando él dejó de trabajar de noche. Por la calle el vecino saludaba siempre y parecía una persona normal, sin embargo al otro lado de la pared del patio surgían riñas y amenazas cada vez más violentas e incluso palizas. Él era alcohólico y la pareja perdía el control cada  noche después de cenar, pero  al final nadie se alarmaba, era como una costumbre.
- ¿Por qué la esposa no echó a su marido de casa o por qué ella no se marchó con los hijos? Se preguntó Felisa mientras se llenaba otra taza de té.
- Pues porque la esposa no trabajaba y dependía económicamente del marido, se dijo.
Felisa pensando en lo que sucedía detrás la tapia del jardín, se sintió afortunada, en seguida se le aparecieron imágenes a saltos de su vida laboral, pero la primera fue la de una tarde en que el director de una escuela privada, un hombre bajito y muy hablador, la dejó sola en un aula con sus futuros alumnos. Pensó en que fue un acontecimiento importante para ella, pues a partir de aquel día su sueño de ser maestra se estaba cumpliendo. Se sacó de la cabeza aquella escena y se preguntó:
- ¿Cómo se pueden evitar gritos y peleas en una pareja?
- No lo sé, sin embargo estoy segura de que si ambos salen de casa para ir al trabajo puede que todo marche mejor, se dijo.
Luego empezó a apuntar  los recuerdos de sus empleos como le iban saliendo y  después los fue  recreando siguiendo un orden cronológico, escribiendo lo que sigue: 
A finales de los años sesenta, durante las vacaciones, iba con mis padres y mis hermanos a recoger hortalizas en los campos del abuelo, los niños también ayudábamos a los mayores a  encajar tomates o a reponer judías verdes en cestos y sacos.
Un verano, a los catorce o quince años, tras mucho insistir para convencer a mis padres, hice de dependienta en el estanco del pueblo. Me encantaba vender cigarrillos, puros y encendedores. Éramos dos amigas las encargadas de despachar. Cuando el dueño salía y no había clientes, no parábamos de hablar y de reír.
A los dieciocho años remplacé tres meses a mi hermana, al estar ella embarazada, en una empresa ubicada en las afueras del pueblo. Era un trabajo de secretaria, tenía que madrugar y aquel año casi no fui a la playa con mis amigas. Fue realmente mi primer trabajo de responsabilidad. Con el dinero que gané me pagué el alojamiento en una residencia universitaria de Barcelona.
El segundo año en la ciudad compartí piso con otras estudiantes y una de ellas me proporcionó un trabajo de cajera en el comedor de la facultad de arquitectura. Eran dos horas cada día, de una a tres de la tarde, les cobraba y les daba un folleto a los comensales donde apuntaba el plato que habían escogido, para que se lo entregaran a los camareros. Era divertido hablar con los estudiantes y luego charlar con las cocineras.
Antes de marcharme de España me dediqué unos meses a clasificar facturas para un banco. Había montañas de albaranes en un cuarto,  teníamos que  ordenarlos por fecha y por clase. Éramos casi todos estudiantes los que disponíamos los papeles en carpetas, nos proporcionó el trabajo el hijo de un director de una agencia de crédito, quien solía pasar por nuestro piso, al estar enamorado de una de las inquilinas, con quien años después se casó.
Llegué a Italia a finales de 1977, me costó mucho matricularme y hacerme equiparar los dos cursos universitarios que había hecho en España y por supuesto encontrar trabajo. Hice de dama compañía a la esposa deprimida de un fotógrafo. El marido, que era un buen cocinero, me invitaba a comer, yo le ayudaba a poner y sacar la mesa y sobre todo animaba a la esposa, es allí donde comí por primera vez sesos fritos. Por la tarde arreglábamos cajones y armarios y yo le contaba a la esposa triste mis líos y todo el papeleo necesario para poder estudiar en Firenze. Creo que nunca llegaron a pagarme. Más que un empleo era un favor que le hice al fotógrafo. Luego cuidé al hijo de una pareja mixta, ella era italiana y él peruano. Tenía que jugar con el niño y hablarle en castellano, para que no perdiera el idioma del padre, quien pasaba muchos meses en el extranjero.
Al año siguiente, en septiembre hice la vendimia en Santa Brigida, zona rural a unos quince kilómetros de Firenze. Allí vivía, en una especie de comuna, un amigo, las viñas eran de un conde y recuerdo que los jornales eran muy bajos. Nos alojábamos en una  casa rural, nuestro amigo, nos dejó su cuarto situado en el altillo, era un poco destartalado pero tenía su encanto. Mi novio no quiso participar en la recolección de uva, pero cada noche nos preparaba la cena a los que vendimiábamos. Fueron dos semanas agotadoras, sin embargo estuve contenta ganando un poco de dinero, para no tener que ir pidiéndolo a mis padres.
En aquella época me salieron clases particulares de español y en noviembre empecé a enseñar en una academia de idiomas. Me cuidé más y dejé de ponerme vaqueros y botas camperas, descubriendo la belleza y comodidad de faldas y vestidos. Las tres veces por semana que daba clases nocturnas de lengua española a adultos disfrutaba luciendo mi ropa nueva. Al año siguiente la misma academia me contrató para substituir a una profesora de español que daba clases por la mañana a chicos de bachillerato que se presentaban por libres, entonces es cuando aprendí a gestionar un aula.
Hice alguna que otra traducción, pero no tenía mucha paciencia y me agobiaba al tener que especializarme en varios sectores y siempre con prisas para la entrega.
Una amiga me dijo que buscaban a una chica de buena presencia para promocionar un licor, ofreciendo copas a los parroquianos y turistas, en la entrada de un prestigioso café del centro de la ciudad.  Fui un par de veces.
Estaba a punto de terminar la carrera cuando alguien me informó que en verano buscaban personal en un hotel de cuatro estrellas. Me contrataron por dos meses, tenía que hacer camas y limpiar aseos. El primer día fue muy duro, pero estaba segura que conseguiría llevar a cabo el empleo, sin embargo a la mañana siguiente tuve un ataque de cistitis y no pude presentarme al trabajo. Cuando volví al hotel al cabo de tres días la directora no se lo podía creer, pues pensaba que me había asustado el primer día y que no iba a volver. Lo más pesado fue moverse por la habitación, pues a a menudo me daba golpes con las esquinas puntiagudas de la cama. Cuando terminé de trabajar mis piernas estaban llenas de cardenales.
Durante varios años hice de azafata para los congresos que se organizaban en la ciudad, nos contrataban por pocos días, pero era divertido, allí conocí a muchas chicas extranjeras que vivían en la ciudad.
Terminé la carrera, me casé y encontré un puesto de trabajo en una escuela privada, me pagaban poco, daba clases a grupos pequeños de alumnos y para sacar un sueldo decente trabajaba muchas horas por semana.
Por suerte a los treinta años saqué oposiciones y al año siguiente  conseguí ganar una plaza en Grosseto, donde alquilé un piso y me fui a vivir, aquel cambio me ayudó a superar la muerte de mi primer hijo.
Para pagar el alquiler daba clases de español a un grupo de profesoras del Instituto donde yo trabajaba. Cuando me dieron el traslado a una ciudad cerca de Firenze, dejé los empleos extras y me dediqué un poco más a la familia que iba creciendo. Nació una niña y al cabo de dos años un niño. Desde entonces no he dejado de dar clases en varios Institutos. Y por ahora sigue gustándome enseñar a pesar del cansancio que a veces acumulo.  Ahora ya sólo me faltan  cinco años para acceder a la pensión.
Felisa dejó el bolígrafo sobre la mesa y pensando en su jubilación, le vino a la memoria una compañera de trabajo, quien tras jubilarse tuvo una depresión.
Añadió una frase  a la hoja que había dejado sobre la mesa:
He tenido mucha suerte en la vida, pues cada trabajo me ha dado seguridad e independencia, sin embargo cumplidos los sesenta  quiero crearme poco a poco, un espacio personal en el que disfrute, para que cuando deje  mi empleo logre ser feliz y  no caíga en  el aburrimiento y  la monotonía.
Pensó en que de no haber escrito aquella página nunca habría recordado las voces que salían de la tapia, las que nunca hubiera querido escuchar, sin embargo las que le dieron el empuje  y la fuerza para  intentar ser una mujer indipendiente.