venerdì 24 marzo 2017

Pasta con pesto, tomate y mozzarella










De la cena de anoche sobraron un poco de tomates (ciliegini) y unas lonchas de mozzarella de buffala, aliñados con albahaca y aceite de oliva. Ya que hoy íbamos a comer en casa he pensado hacer una cosa rápida, pasta al  pesto ( hice el pesto  hace un par de días); pero antes de que llegaran los comensales he tenido una buena idea, añadir al pesto los tomates del día anterior cortados pequeñitos y la mozzarella también en trozitos para  que se amalgamaran mejor  ( también se pueden dejar trozos más grandes). 
Nos ha gustado  mucho a todos.

He aquí la receta (buena y fácil) para  cuatro personas:

Un mozzarella  (o media si es muy grande )
6/8 tomates pequeños maduros
aceite  de oliva extravirgen y sal
albahaca
pesto
400 g. de pasta ( spaghetti, maccheroni, penne, ravioli, etc)

1. En un bol bastante grande se pone el pesto ( se le añade una cucharada de agua de cocción de la pasta, para que se deshaga mejor), luego los tomates crudos y  la mozzarella  en trocitos, las hojas de albahaca pueden picarse o dejarse enteras.
2. Se hierve la pasta
3. Se escurre la pasta al dente
3. Se pone la pasta en el bol y se  mezcla  bien con la salsa 
4. Se sirve con parmiggiano rallado






domenica 19 marzo 2017

Películas de antaño


Aquel domingo hacía frío, pero por la tarde salió el sol, por eso Elvira convenció a su marido, quien leía tranquilamente echado en el sofá, para que saliera a dar un paseo con ella.
Se dirigieron a un mercado de antigüedades que quedaba bastante cerca de su casa, donde había muebles, libros, ropa de segunda mano y demás cacharros.
El marido solía pararse largo rato en los tenderetes de libros, a Elvira también le gustaba darles una ojeada, pero cuando estaba al aire libre prefería observar a la gente que pasaba. Sin embargo aquel día  le llamó la atención un puesto destartalado de libros viejos. El vendedor, quien llevaba un traje un poco arrugado, estaba sentado en una tumbona con un libro en las manos. Por sus muecas ella dedujo que leía una obra cómica o burlesca.
Para que el lector no se sintiera observado Elvira tomó un libro al azar, era un tomo ilustrado de la historia del cine. Hojeándolo descubrió fotogramas de antiguas películas de su infancia.
Se vio, los domingos por la tarde, yendo  con sus amigas a la sala cinematográfica, ubicada en la calle mayor del pueblo; allí se reunían con una pandilla de adolescentes quienes bromeando, bromeando se empujaban y se daban patadas; ellas reían por cualquier cosa, mientras comían caramelos, chicles o pipas. Cuando se apagaban las luces Elvira no se dejaba distraer por el barullo, aislándose y concentrándose en la historia que salía en la pantalla. Las amigas, una tras otra, se fueron emparejado. En cambio Elvira a los  dieciseis años seguía sola. Se le ponían los pelos de punta y un gran bienestar, cuando sus amigas le decían que a un tal chico le gustaba ella, sin embargo e Elvira no quería liarse con él, lo tenía muy claro.
Prefería a los chico forasteros, cuanto de más lejos mejor, pero eso no se lo decía a sus compañeras porque solían enamorarse de los paisanos y se hubieran reído de ella, cosa que hacían a menudo cuando a Elvira no le apetecía pintarse o ponerse prendas llamativas. Para las chicas de sus edad era un deshonor no tener novio, por eso las más espabiladas no se dejaban escapar a los guapos, conformándose las demás con los feos.
Quizás esteís pensando que Elvira era una chica un poco rara; en realidad lo era, pero no de una rareza patológica, sino que era sensible, observadora, afable con todo el mundo, intentaba amoldarse a cualquier persona o situación, pero también se deleitaba estando sola, quizás porque de pequeña, para huir de riñas o malhumores familiares, se entretenía leyendo o escribiendo en un cuarto de la casa donde nunca iba nadie. Tampoco le gustaba lucir, sufría al depilarse, se avergonzaba enseñando las piernas cuando le tocaba llevar minifaldas y tardó años en ponerse bikini, pues se sentía más a gusto en bañador.
A su madre y a Luisa, su hermana mayor, les encantaba arreglarse por eso ponían un grito al cielo, viéndola tan deslucida y le chillaban:
- No puedes salir de casa con esos tejanos descoloridos. ¿Qué dirá la gente?
Por suerte llegaron los pogres y la ropa de los jóvenes se volvió más informal, pero esa moda no les tocó a las chicas de la generación de Luisa, quienes ya estaban demasiado acostumbradas a acicalarse.
Al final la madre  tuvo que resignarse y dejar de regañar a Elvira y más tarde a Matilde, la hija menor, quien cogió de lleno la moda hippie, llevando siempre con desaliño faldas largas, jerséis anchos, zuecos y  bolsos de paja.
Elvira tenía seis años menos que Luisa y seis más que Matilde, por eso no le  fue fácil llevarse bien ni con una ni con otra.
Cuando eran pequeñas, Luisa  a menudo le tomaba el pelo a Elvira y la hacía llorar, contándole historias tristes o de miedo; a su manera la quería, sin embargo estaba resentida con ella, pues de hija única le había tocado una hermanita, que al nacer prematura había atraído todos los mimos de la madre y sobre todo de tía Encarnación, quien en aquella época estaba soltera y vivía con ellos.
Elvira, de mayor finalmente había entendido porque Luisa a veces la enojaba y la zahería con palabras mordaces; también logró comprender su falta de paciencia y las broncas que armaba con la madre, casi cada noche, mientras lavaban juntas los platos de la cena.
“Mi hermana estaba celosa de mí y para más inri tía Encarnación se casó pocos meses después de mi nacimiento; pobre Luisa, de princesa de la casa, pasó a ser la cenicienta”, pensó.
Con Matilde las cosas no fueron mejor, pues pasaba de todo, hacía lo que le daba la gana. Elvira sufría por ella, la veía demasiado libre, a los quince años ya fumaba porros a escondidas. Hizo el último año de Bachillerato en un Instituto privado de una ciudad cercana, pero pocos meses antes de terminar el curso volvió al pueblo y se puso a trabajar en la tienda de bolsos que la madre y tía Encarnación regentaban. Había sido el abuelo materno el que había fundado aquella casa donde se trabajaba el cuero, pero esa era otra historia.
A medida que pasaban los años Elvira siguió yendo al cine con alguna amiga sin novio, hasta que lo cerraron porque toda la juventud iba de discotecas. Por suerte en el pueblo había una sala parroquial, en la que hacían teatro los sábados y cine forum entre semana. A ella le encantaba ver películas, por lo tanto se espabiló para ir a alguna sesión de cine.
Al ver la fotografía de la película Los amores de una rubia de Milos Forman, se  le apareció de nuevo la protagonista, quien  antes de hacer el amor por primera vez con un chico recién conocido, mira  hacia la ventana y le pide al amante que baje la persiana;  luego otra escena en la que la chica rubia con la maleta que va a Praga para ir a buscar  al muchacho.
Aquella imagen le trajo el recuerdo de la noche en que vio esa película, a las nueve se levantó de la mesa y salió  diciendo que iba estudiar  a casa de una compañera. Mintió porque a la madre no le gustaba que fuera al cine sola.  Se sentó  en la sala casi desierta y esperó con paciencia a que llegara la gente, pues sabía que empezaban siempre con retraso. Al final de la película se fue corriendo a casa perdiéndose debate, todo ello porque debía madrugar para ir al Instituto.
La voz del marido la sacó de su ensimismamiento:
- ¿Vamos a aquel chiringuito a tomar algo?
Mientras se disponía a dejar el libro que tenía entre sus manos  vio una novela de Alberto Moravia,  La romana.
- Espera un momento que quiero dar un vistazo a un libro, le dijo Elvira a su marido.
Era una edición de los años setenta, las páginas amarillentas estaban bien ecuadernadas. Empezó a leer el primer capítulo y otros recuerdos perdidos volvieron a menearse por su cabeza.
Se vio, primero con una maleta en el tren que la llevaba al colegio mayor para estudiantes de la capital, luego por las mañanas ocupada en ir a clases, por las tardes agobiada con las prácticas de laboratorio o estudiando cosas que entendía poco y por las noches bostezando con los libros abiertos sobre el escritorio. Su cara era  triste mientras pensaba en que sus pasatiempos favoritos iban menguando.
A veces salía con alguna amiga o estudiaba con un grupo de compañeros de la facultad, por eso poco a poco fue cogiendo confianza en sí misma y se lo fue pasando bien, descubriendo la ciudad y conociendo a personas nuevas, pero no le sobraba el tiempo ni para leer o ni para ir al cine.
Una mañana en que no había clases por una vaga universitaria, Elvira se fue al cine.
Era una sala pequeña. Entró casi sin saber  que película ponían, a tientas se sentó en una butaca libre de la última fila. Sentía la barriga revuelta por la emoción. Ir sola al cine de mañanas, le parecía una empresa heroica.
Era una película italiana, La Romana, contaba la historia de una chica buena, sensible y guapa, quien por una serie de desventuras, desilusiones y sobre todo pobreza, decidió ser prostituta.
Elvira levantó la cabeza del libro y vio a su marido que le hacía señas para que se apresurara. Compró la novela de Moravia, se la puso en el bolso y se dirigió hacia la terraza donde él había hallado una mesa libre.
Tomaron una cerveza y Elvira le dijo al marido:
- Si le contara a un psiquiatra cuáles son las películas de antaño que más  recuerdo, quizás encontraría algún significado.
- Déjate de psiquiatras, disfruta la bebida y la tarde maravillosa, le dijo su marido.
Elvira pensó que tenía razón, era realmente una tarde bonita y llena de coincidencias.


venerdì 3 marzo 2017

Lo scambio - El intercambio












Le mattine in cui avevo una ora libera, andavo in laboratorio o in qualsiasi altra aula vuota a preparare le lezioni del giorno successivo, ma prima mi fermavo nella sala dei docenti, prendevo un tè, ma non pensate una vera tazza di infusione, bensì un bicchierino con acqua colorata da macchinetta e scambiavo qualche parola con gli insegnanti più comunicativi, che a dire il vero erano pochi.
Una mattina mi colpì una collega, che stava prima scrivendo e poi cancellando qualcosa; credo fosse una supplente annuale, perché ricordavo di averla vista per la prima volta al collegio d'inizio anno scolastico, avrà avuto una quarantina d'anni.
A un certo punto mi guardò e sorridendo mi disse:
- Chi me lo ha fatto fare?
Io gentilmente le domandai:
- Cosa?
- Organizzare uno scambio tra i miei studenti e quelli di una scuola straniera. Purtroppo è toccato a me, nonostante sia l'ultima arrivata e conosca poco i ragazzi.
- Immagino la mole di lavoro che hai avuto! Commentai io.
- Siamo stati in Finlandia la settimana scorsa e adesso devo programmare i sette giorni in cui gli studenti finlandesi soggiorneranno da noi, facendo loro spendere il meno possibile.
Visto che aveva voglia di chiacchierare, le domandai:
- Come è andato il vostro viaggio a Helsinki?
- La partenza è stata disastrosa, prima dell'imbarco ci hanno comunicato che il nostro volo aveva notevole ritardo a causa di una bufera di neve ad Amsterdam, città dove avevamo lo scalo; mentre gli altoparlanti ci davano la brutta notizia, una studentessa ha cominciato a vomitare dentro un cestino della sala d'attesa, poi ha continuato a farlo in bagno. Dopo due ore, finalmente a bordo, quando sembrava che tutto andasse per il verso giusto, un altra allieva è svenuta, senza nessuna causa apparente; allora si che ci siamo spaventati, ma per fortuna è tornata in sé dopo poco.
Poi ha preso fiato e ha continuato a raccontare:
- Dopo è andato tutto liscio. Abbiamo trascorso una settimana in una tranquilla cittadina finlandese a un centinaio di chilometri dalla capitale. I professori e tutte le famiglie hanno accolto molto bene i nostri studenti; a dire il vero solo una ragazza ha avuto qualche difficoltà perché la sua corrispondente era molto strana, non parlava mai ed era timorosa di tutto, ma questo non sarebbe stato niente, se non avessimo scoperto che la madre le aveva lasciate due giorni da sole.
- Sono molto interessanti gli scambi perché, sia noi che gli studenti, entriamo in un altro mondo, con diversi modi di fare, di pensare, di vivere, di insegnare, di divertirsi, per non parlare di abitudini, tradizioni, lingua, gastronomia e nel vostro caso anche di clima. Purtroppo spesso sorgono dei problemi.
Mentre dicevo quelle parole ho cercato d'immaginare la madre della ragazza finlandese: una donna alta, bionda, di tratti un po' duri, quasi maschili. Ho voluto pensare che prima di partire avesse lasciato il frigo pieno e si fosse raccomandata alla figlia di essere brava. Ho pensato anche che il padre, non abitasse più con loro e che la madre lavorasse in una cartiera come capo reparto, forse per motivi di lavoro si era dovuta recare a Helsinki.
Non c'è bisogno che vi dica che quando mi viene raccontato l'inizio di una storia mi piace trovare il seguito.
Mentre in silenzio pensavo a tutto ciò, la mia collega si era rimessa a fare i conti dei vari costi dei biglietti dei musei, visite guidate, pullman e quant'altro.
Mi sono ben guardata da condividere con lei i mie pensieri, perché me ne vergognavo un po'; l'ho salutata e sono andata verso un'aula libera in fondo al corridoio.
L'immagine della madre finlandese che lasciava da sola la figlia mi aveva riportato a un altro scambio cui avevo partecipato sette anni prima. Per non fare scappare le storie e personaggi che stavano svolazzando nella mia testa ho preso un quaderno e ho cominciato a scrivere:

Una mattina soleggiata di marzo un gruppo di studenti e tre professoresse ci siamo dati appuntamento all'aeroporto di Firenze. La partenza era stata faticosa, perché una delle ragazze, Aurora, non voleva imbarcarsi in nessun modo; continuando a leggere capirete le ragioni della sua ostinazione. Rischiavamo di perdere il volo, quindi l'abbiamo costretta a salire le scalette dell'aereo, nonostante piangesse e si dibattesse.
La scuola con cui facevamo lo scambio si trovava nel centro della città, era antica e prestigiosa, ci avevano detto che lì avevano studiato personaggi illustri, se non ricordo male, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.
Ma i tempi erano cambiati e quel Istituto era frequentato da ragazzi di tutte tipi, addirittura alcuni con situazioni famigliari difficili, ma questo non lo potevamo ancora sapere.
Appena arrivati, in mezzo agli studenti allegri e alle famiglie chiassose che prendevano in consegna i nostri alunni, ho pensato che ero contenta di essere tornata in Spagna. Anche nei giorni successivi, a scuola con i colleghi spagnoli, mi sono sentita a mio agio, come se non fosse mai partita dal mio paese.
Avevamo affittato, per noi professori, un piccolo appartamento non lontano dalla scuola. La notte del nostro arrivo abbiamo avuto la prima sorpresa: a mezzanotte è suonato il telefono.
- Chi sarà a quest'ora, ci siamo dette prima di rispondere?
Era Aurora che piangendo ci chiedeva di andare a prenderla perché non si sentiva sicura in quella casa, temeva di essere molestata dal fidanzato della sua corrispondente. In quell'appartamento non c'erano adulti, tranne che il ragazzo che aveva scherzosamente invitato la nostra alunna a entrare nel letto della coppia.
Abbiamo chiamato, María Jesús, la referente degli scambi, la quale subito si è precipitata lì, ha caricato Aurora in macchina e l'ha portata a casa sua.
Noi ci siamo sentite in colpa perché non avevamo capito in aeroporto la causa della bizza di Aurora. Dalle mail scambiate con la sua partner aveva annusato che c'era qualcosa di strano ed era a disaggio.
La ragazza spagnola si era scusata, dicendo che era tutto uno scherzo e che sua madre era dovuta partire all'improvviso, ma credo che María Jesús non si sia fidata di lei, sistemando poi Aurora in un'altra famiglia.
Dopo quella mattina sono capitate altre stranezze o cose buffe ai nostri studenti, eccone alcune di cui riesco a ricordare:
A Camilla, una bella ragazza bionda e raffinata, figlia di un piccolo imprenditore pratese, era capitata una studentessa così pallida da sembrare un po' malaticcia. Il padre, che lavorava come guardia giurata, aveva preso una settimana di ferie per stare dietro alle ragazze. Dopo due giorni Camilla non ne poteva più delle troppe attenzioni di quel padre ossessivo che non le lasciava mai da sole. La madre era morta da un paio d'anni e la casa era sempre in penombra, ma questo non era quello che disturbava Camilla, piuttosto i rumori che sentiva la notte.
C'era un solo bagno ed era attaccato alla cameretta delle ragazze, a Camilla sembrava di sentire qualcuno che ci vomitava, ma non ne era sicura, dato che ogni mattina tutto sembrava a posto. Una notte si alzò per vedere chi faceva quei versi. Accese la luce del bagno e scoprì il cane che stava vomitando.
Camilla rimase in quella casa e riuscì a trovare il lato comico del cane anoressico.
Poi c'è stata la vicenda di Gabriele, ragazzo mite e accomodante, che amava molto le lingue e non vedeva l'ora di parlare spagnolo. Appena lasciò la valigia nella sala tutta dipinta di verde pisello, capì che in quella casa ci doveva abitare gente un po' bizzarra.
Gabriele venne a sapere che i genitori del ragazzo spagnolo che lo ospitava si erano trasferiti da qualche mese fuori città e che lui ci continuava a vivere per non dover cambiare scuola; essendo maggiorenne si sapeva gestire bene e aveva affittato due  camere ad  studenti.
Appena Gabriele ci raccontò della sua situazione abitativa, ci toccò richiamare María Jesús, la quale fece arrivare la nonna del corrispondente, che per fortuna abitava abbastanza vicino. Gabriele ne fu contento perché quella anziana donna era, oltre che simpatica, una grande cuoca. Ben presto capì che era capitato in una divertente comunità omosessuale, noi invece siamo venute a saperlo, molto tempo dopo.
Anche a Paolo capitarono dei fatti insoliti, Lui, ragazzo paffutello che aveva sempre un panino a portata di mano fu sistemato in casa di un bravo ragazzo, il quale era molto sensibile e in passato aveva avuto sofferto di attacchi di panico. Ci colpirono le sue cicatrici nelle mani e nelle braccia, ma i suoi professori ci dissero che era un po' fragile e mancava di autostima, ma che in quel periodo stava proprio bene. Il problema era che mangiava veramente poco, quindi Paolo moriva dalla fame. Dovevate vedere la sua faccia nel raccontarci la magra colazione che faceva tutte le mattine. La cena che preparava il padre del ragazzo inappetente era un po' più abbondante, ma sempre insufficiente per il nostro allievo. Dopo abbiamo saputo che a causa del lavoro del padre nell'arma dei carabinieri si erano trasferiti da poco tempo in città e che purtroppo la madre che era una ballerina di flamenco non aveva voluto seguirli.
Ancora vedo la faccia sorridente di Carla dicendoci che aveva avuto una gran fortuna ad essere ospitata da una famiglia di origine cilena. Era veramente contenta e si trovava molto bene con la ragazza, sua coetanea e con tutti membri di quella famiglia numerosa .
- La madre è speciale, ha vissuto in diverse città dell'Europa e dell'America Latina, forse per questo è così aperta, disse la nostra allieva.
Una mattina ci parlò a lungo di Santiago, il fratello maggiore della sua corrispondente, il quale lavorava ogni tanto come guida turistica e si era specializzato ad accompagnare la sera gruppi di ragazzi forestieri per i bar e locali di moda.
Dato che dovevamo andare a visitare Toledo e non avevamo ancora una guida, abbiamo pensato a Santiago, il quale risultò essere un ragazzo in gamba. In pullman, durante il viaggio di andata, ci raccontò che i suoi nonni erano scappati dalla Spagna di Franco e i suoi genitori dal Cile di Pinochet. Lui studiava arte all'Università e si arrangiava lavoricchiando per poter essere indipendente. Magari un'altra guida ci avrebbe spiegato con più professionalità la storia e l'arte di Toledo, ma lui ci mise passione, per questo siamo rimasti soddisfati.

Era suonata la campanella, quindi chiusi il quaderno e andai verso l'aula nella quale dovevo fare lezione.
Mentre camminavo per il lungo corridoio pensai che nonostante mi fosse dimenticata dei particolari, delle risate, le fatiche, gli imprevisti e tutto ciò che avviene nelle normali gite, mi sarei sempre ricordata quelle storie e quei personaggi che sembravano usciti da un film di Almodóvar


El intercambio

Por las mañanas, cuando tenía una hora libre, iba al laboratorio o a un aula vacía para preparar las clases del día siguiente, pero antes pasaba por la sala de profesores. Me tomaba un té, pero no penséis en una verdadera taza de infusión, sino en un vaso de plástico con agua caliente teñida de marrón, luego charlaba con los profesores más comunicativos, que en realidad eran pocos.
Una mañana me fijé en una compañera que estaba escribiendo y borrando constantemente algo. Creo que era un suplente anual, porque recordaba haberla visto por primera vez en un claustro al empezar el año escolar, era joven respecto a la plantilla de profesores, tenía unos cuarenta años.
De golpe me miró y sonriendo me dijo:
- ¿Porque me ha tocado?
Yo amablemente le pregunté:
- ¿El qué?
- Organizar un intercambio entre mis estudiantes y los de una escuela extranjera. Por desgracia tengo que encargarme yo, a pesar de que haga sólo seis meses que trabaje en la escuela y por consiguiente que conozca poco a los alumnos.
- ¡Me imagino el montón de trabajo que tienes! Les comenté.
- Fuimos a Finlandia la semana pasada y ahora tengo que programar los siete días en que los estudiantes finlandeses se alojarán en nuestra ciudad, haciéndoles gastar lo menos posible.
Como tenía ganas de hablar, le pregunté:
- ¿Cómo fue vuestro viaje a Helsinki?
- La salida fue desastrosa, en el aeropuerto nos informaron que nuestro vuelo llevaba retraso debido a una tormenta de nieve en Amsterdam, donde teníamos el enlace; mientras los altavoces nos daban la mala noticia, una estudiante empezó a vomitar en una papelera de la sala de espera, luego siguió haciéndolo en el cuarto de baño. Después de dos horas, finalmente a bordo, cuando parecía que todo salía bien, otra alumna se desmayó, sin ninguna causa aparente; entonces sí que nos asustamos, pero afortunadamente volvió en sí al cabo de poco.
Luego tomó aire y de un tirón continuó diciendo:
- Pasamos una semana en una ciudad finlandesa tranquila a unos cien kilómetros de la capital. Los profesores y las familias finlandesas recibieron muy bien a nuestros estudiantes, en realidad sólo una chica tuvo problemas, porque su compañera finlandesa era muy extraña, nunca hablaba y tenía miedo de todo, pero esto hubiera sido lo de menos, si no hubiéramos descubierto que la madre las había dejado solas durante dos noches.
- Los intercambios son muy interesantes porque, tanto los profesores como los chicos, entramos en un mundo nuevo, con distintas formas de hacer las cosas, de pensar, de vivir, de enseñar, de divertirse, por no hablar de las costumbres, las tradiciones, el idioma, la comida y en vuestro caso también el clima muy diferente. Por desgracia, a menudo surgen problemas.
Escuchando las palabras de la profesora joven, traté de imaginar a la madre de la chica finlandesa: una mujer alta, rubia, con rasgos muy marcados, casi masculina. Me gustó pensar en que la madre antes de salir de casa había dejado la nevera llena y había recomendado a su hija que se portara bien. Luego pensé que el padre ya no vivía con ellas y que la madre trabajaba en una fábrica de papel como encargada, quizás a raíz de su empleo tuvo que irse a Helsinki, para intentar resolver los problemas que habían surgido tras la crisis económica.
No hace falta deciros que en cuando me cuentan el comienzo de una historia me gusta inventarme el final.
Dejamos de hablar mientras yo pensaba en todo ello y mi compañera se puso de nuevo a escribir, apuntando los precios de las entradas de los museos, de las visitas guiadas, de los billetes del autocar y de otras cosas más.
No quise compartir con ella mis pensamientos, pues me avergonzaba un poco imaginar historias ajenas; nos saludamos y me fui hacia un aula al final del pasillo.
La imagen de la madre finlandesa que dejó sola a su hija me trajo de nuevo el recuerdo de otro intercambio de  unos años atrás. Para que no se perdieran las historias y los personajes que flotaban por mi cabeza, tomé un cuaderno y empecé a escribir:

Una mañana soleada de marzo un grupo de estudiantes y tres profesoras nos dirigimos al aeropuerto de Florencia. Nuestro viaje empezó mal, porque una de las chicas, Aurora, no quería embarcarse de ninguna manera; dentro de poco vais a entender las razones de su obstinación. Estábamos a punto de perder el vuelo, por eso tuvimos que obligarla a subir las escaleras del avión, a pesar de que llorara y se quejara.
La escuela del intercambio se hallaba en el centro de la ciudad, era antigua y prestigiosa; nos dijeron que allí habían estudiado personajes famosos, si no recuerdo mal, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.
Pero los tiempos habían cambiado y a aquel Instituto iban estudiantes de todo tipo, incluso algunos con situaciones familiares difíciles, pero eso aún no lo podíamos saber.
Al llegar, rodeada de estudiantes alegres y de familias chillonas que recogían a nuestros alumnos, pensé en que estaba contenta de volver a España. También durante los días siguientes, en la escuela con los compañeros españoles, me sentí a gusto, como si no hubiera dejado nunca el país.
Alquilamos, para nosotros las profesoras, un pequeño apartamento no muy lejos de la escuela. La noche de nuestra llegada tuvimos de nuevo un susto: a medianoche sonó el teléfono.
- ¿Quién será a estas horas, nos dijimos antes de contestar?
Era Aurora, quien llorando nos dijo que quería marcharse de aquella casa porque no se sentía segura, pues tenía miedo del novio de la chica que le daba alojamiento. En aquel apartamento no había adultos, excepto el novio, quien bromeando, bromeando había invitado a Aurora a acostarse con él. Llamamos a María Jesús, la encargada del intercambio, que de inmediato corrió hacia allá y se llevó a Aurora en coche a su casa.
Nos sentimos culpables porque no le dimos mucha importancia a su rabieta en el aeropuerto. Aurora nos dijo que escribiéndose con la chica española había olido algo raro en ella y que por eso estaba angustiada .
La chica descarada se disculpó diciendo que todo había sido una broma y que su madre había tenido que salir corriendo de viaje, sin embargo María Jesús no la creyó y buscó a otra familia para Aurora.
Después de aquel día surgieron otras rarezas, éstas son algunas de las que logro recordar:
A Camilla, una chica rubia y elegante, hija del dueño de una pequeña empresa textil de Prato, le había tocado una estudiante  tan delgada que parecía un poco enfermiza. El padre, quien era un guardia de seguridad, había tomado una semana de vacaciones para dedicarse a las muchachas. Al cabo de dos días Camilla no podía aguantar más al padre obsesivo quien no las dejaba solas ni un minuto. La madre había muerto hacía un par de años y la casa estaba siempre a oscuras, pero eso no era lo que le molestaba a Camilla, sino los ruidos que de noche oía. Sólo había un cuarto de baño y estaba pegado a la habitación de las chicas, Camilla  sospechaba que alguien vomitara, pero no estaba segura, porque por la mañana todo estaba en orden. Una noche se levantó para ver quién arrojaba. Encendió la luz del baño y descubrió que era el que el perro estaba vomitando. Camilla siguió en aquella vivienda y se las arregló para buscar el lado divertido del perro anoréxico.
Y luego hubo la historia  de Gabriele, que era un tipo tranquilo y complaciente, a quien le encantaba estudiar idiomas y lo único que deseaba era poder hablar español. Al entrar dejó la maleta en la sala pintado de verde y enseguida se dio cuenta de que la gente que  vivía en  aquella casa era un poco rara. El chico que lo alojaba le dijo que sus padres hacía unos meses que se habían mudado fuera de la ciudad y que él seguía viviendo allí para no tener que cambiar de Instituto; tenía dieciocho años y siendo espabilado había alquilado dos habitaciones a otros estudiantes. Cuando Gabriele nos habló de su vivienda, tuvimos que llamar otra vez a María Jesús, quien convenció a la abuela del chico espabilado para que fuera a vivir con ellos una semana. Gabriele estaba contento porque la  viejecita era una mujer muy agradable y una gran cocinera. Enseguida  descubrió  que los inquilinos de su piso eran un grupo homosexual muy divertido, pero eso nosotros lo supimos más tarde.
Otro alumno, Paolo, fue a casa de un chico muy sensible pero un poco delicado,  sufría ataques de pánico y tenía cicatrices en las manos y en los brazos, sin embargo  sus  profesores nos dijeron que a veces le fallaba su autoestima, pero que últimamente estaba la mar de bien. El problema era que a Paolo, quien llevaba siempre un bocadillo en la mochila, le daban  poco de comer y él se moría de hambre. Hubierais tenido que ver la cara que ponía cuando nos contaba en que consistía el desayuno frugal de cada mañana. La cena junto al padre era un poco más abundante, pero todavía insuficiente para nuestro estudiante. Después se supo que al padre,  que era guardia civil,  lo  habían trasladado a Madrid de un pueblo del sur  y  que la madre era una bailarina de flamenco que no había querido  marcharse con ellos.
Lo último que recuerdo es el asunto de la familia chilena donde fue a vivir Carla. A ella le encantaban todos los miembros de  aquella familia numerosa, empezando por su compañera y acabando por la  madre.
- La madre es alegre y muy  cariñosa conmigo; me ha  dicho que ha vivido en  muchas ciudades europeas y suramericanas, por eso   es tan abierta, nos decía nuestra alumna.
Un día también nos habló  con entusiasmo de Santiago, el hermano mayor, quien hacía de guía, pero no siempre de guía turística, sino que a menudo llevaba a grupos de muchachos extranjeros por los bares y locales de moda.
Ya que no teníamos quien nos acompañara a Toledo, pensamos en que Santiago podía hacerlo y resultó ser un chico especial. Durante el viaje de ida en autocar, nos contó que sus abuelos habían huido de la España de Franco y sus padres del Chile de Pinochet. Estudiaba historia del arte en la Universidad y se buscaba la vida trabajando para poder independizarse. Tal vez otra guía más profesional habría sabido a la perfección la historia artística de Toledo, pero él nos transmitió pasión y eso fue lo que nos gustó.

Sonó la campana, así que cerré el libro y me dirigí hacia el aula donde tenía que dar clases. Mientras caminaba por el largo pasillo, pensé que me había olvidado de muchos detalles, de las carcajadas, del agotamiento,  de los imprevistos y  de todo lo que sucede en los viajes de estudio, pero estaba segura de que iba a recordar para siempre aquellas historias y aquellos personajes que parecían salidos de una película de Almodóvar.