domenica 31 dicembre 2017

Gas ciudad - Gas naturale

















En la época en la que sucedió la historia que os voy a contar aún no había llegado el gas ciudad en la comarca. En invierno no hacía demasiado frío, estando ubicado el pueblo a pocos centenares de metros de altura, pero había dos meses, enero y febrero, en los que solían llegar heladas y nevadas.
Las familias más acomodadas en sus casonas, la mayor parte destartaladas por la decadencia de los linajes, tenían calefacción central a base de carbón. Las criadas iban a la tienda del carbonero, los días en que no llegaba el camión, que les traía los sacos de combustible para alimentar las calderas viejas, que no paraban de silbar como locomotoras.
Algunos parroquianos se las arreglaban con leña para no pasar frío, la consumían en las cocinas económicas para que calentaran la parte principal de la vivienda, sin embargo en los dormitorios hacía un frío que pelaba; por eso las mujeres introducían piedras calientes o ladrillos, calentados al fuego o incluso las propias brasas de la cocina, en los calentadores, que luego los metían entre las sábanas de las camas heladas, antes de acostarse. Los más pobres se apañaban quemando carbón en un brasero, que iban moviendo de cuarto en cuarto según sus necesidades. Entre los campesinos, era muy habitual dormir en la misma estancia con los animales, para compartir el calor.
Cada mañana por la calle principal del pueblo se veían pasar mujeres cargadas con cubos de carbón, quienes se paraban de vez en cuando soplándose las manos. Su piel enrojecida y sus sofocos denotaban cansancio, pero lo que más les molestaba eran los sabañones.
La carbonería era la tienda más concurrida del pueblo pues, además de carbón y madera para hogares, vendían productos del huerto de Serafín, el dueño. En primavera y verano el almacén polvoriento se transformaba en una tienda como Dios manda.
Teresa era la hija del carbonero y mientras su padre atendía a los clientes ella jugaba con una muñeca sentada en un rincón.
Observaba a las mujeres que siempre la llamaban cariñosamente, Tere:
-¡Qué haces montada encima de los sacos, te vas a caer! Anda Tere bájate, tu madre se enfadará si te ensucias.
Pero Teresa no les hacía caso, pues sabía que su madre en invierno se pasaba toda la mañana en la cama y no reparaba en ella. Serafín, tenía buena mano para los estofados y desde que su mujer enfermó cada día se las apañaba guisando un trozo de carne o de pescado con arroz, también hacía judías o garbanzos con acelgas u otras verduras del huerto. Teresa después de comer iba al patio donde tocaba el sol, a veces limpiaba su bicicleta, otras leía, pero lo que más le gustaba era cerrar los ojos y hablar con su abuela, quien había fallecido de repente años atrás. Por la tarde iba al colegio, luego de vuelta se ponía en la mesa de la cocina a hacer deberes, donde la madre sin muchas ganas preparaba la cena. La olla de verdura y patatas hervía toda la tarde. El día que decidía hacer coles, había que soportar el olor desagradable de aquella hortaliza que se impregnaba por toda la casa.
El carbonero calentaba solo la planta baja, donde había una cocina y un cuartucho para coser, pero al atardecer encendía una estufa de leña en el piso de arriba donde tenían los dormitorios. Era una delicia para Teresa subir las escaleras, mientras recitaba una letanía que le había enseñado su abuela, sabiendo que su cama iba a estar calentita. Antes de acostarse se preparaba el uniforme para el día siguiente. Era madrugadora, quizás porque se despertaba al oír al carbonero que trajinaba por el almacén. Desde muy pequeñita iba sola a la escuela, a veces iba con Paquita, su compañera de clase y vecina.
Cuando a la una en punto volvía a casa para almorzar, se sentaba un rato en los sacos del almacén y escuchaba las charlas de las mujeres que iban a comprar carbón.
- No tengo ganas de volver a casa, cada día lo mismo. Los hombres mientras comen gruñen, sobre todo mi suegro que es un animal y no hablemos de mi marido que cada día empeora, como decía mi madre ”quien camina con cojos termina cojeando”. Nunca me agradecen nada, al contrario, me riñen. Si pudiera volver atrás no me casaría, le decía la mujer joven y enclenque a otra mayor.
- Pero que dices, Puri. Hubiera sido peor quedarse soltera. ¡Mira qué vida que lleva mi prima Amparo! Es prácticamente la criada del cura, ya ves siempre nos toca servir a los hombres. Dijo la más vieja y robusta.
- La Manola, la de la tienda de ultramarinos, no se ha casado y está la mar de bien, contestó la flaca.
- Si, si, la Manoli con todos sus queridos está de maravilla ¡Pero qué me cuentas!
- ¡Hala qué dices! ¿Cuántos queridos tiene? Preguntó pasmada Purificación.
- ¡Qué sé yo! Encarnación, la mujer del sereno, ¿La conoces, no? me dijo que su marido, una noche vio a tres lagartos que salían de la vivienda de Manolita.
- Las malas lenguas no paran en este pueblo, por eso me hubiera gustado irme lejos, pero me quedé embarazada y que le vamos a hacer, dijo Purificación.
- Pues chica, tuviste suerte, el Juan es un buen chico, no se parece al bruto de su padre, quien desde que se quedó viudo anda echando chispas por cualquier cosa. Paciencia mujer. ¿Qué tendría que decir yo que en casa, además de los zánganos, tengo a mi suegra, que es de armas tomar? Es una mandona, me saca de quicio, por eso salgo a la calle, con cualquier escusa. Prefiero pasar frío y cargar como una mula cubos y cubos de carbón. ¡Pero qué maja está la nena del carbonero! ¡Mira que muslos!
Teresa se tapaba las piernas pues sin darse cuenta se le había quedado remangada la falda.
- Tengo que irme, he dejado el puchero en el fogón. Hasta mañana Lola. Dijo la flaca mientras salía de la carbonería.
- Teresa, ve a llamar a tu madre, yo cierro la tienda y voy poniendo la mesa, pero antes vete a lavar las manos. Le gritaba su padre desde fuera, mientras reponía dentro la mercancía y salían los clientes rezagados
¿Qué significaba vivir en una pequeña ciudad de provincias a finales de los años sesenta para una chica adolescente os preguntaréis?
Para Teresa, quieta y sosegada, era una vida sin agobios, quizás porque ya de pequeña había aprendido estar sola, leyendo cuentos y libros ilustrados, también porque era curiosa, ingenua y sin dobleces.
En cambio Paquita, siendo inquieta, decidida y con muchas agallas, sufría en la aldea porque quería más de lo que tenía. Fue la primera de la pandilla que fumó un cigarrillo y a los doce años se lió con el hijo del Alcalde. Su padre era el secretario del ayuntamiento y a la madre se daba aires de ricacha, quizás por eso la hija era tan ambiciosa.
Cuando Teresa le preguntaba:
- ¿Y tú Paquita que te gustaría hacer después del Bachillerato?
- Yo me voy a casar con el más rico del pueblo y voy a viajar por todo el planeta.
En aquellas ocasiones Teresa le tenía un poco de envidia a Paquita, pues parecía que con su manera de ser iba a comerse el mundo, además todo le salía redondo. Le daba rabia que en el colegio, durante los exámenes copiara de las más listas de la clase y que no dudara en robar el novio a las amigas.
Los años pasaron y llegaron las bombonas de butano en la comarca. El carbonero se adaptó a la nueva mercancía y reformó la tienda. Empezó a vender estufas de butano y demás aparatos eléctricos; la leña y el carbón quedaron relegados en un cuarto trastero.
A principios de los años setenta, la gente tiraba la casa por la ventana, comprando sobre todo electrodomésticos, con el dinero que no tenía, era como una enfermedad contagiosa. Serafín contrató a un muchacho como dependiente y se dedicó a cultivar el huerto y a cuidar a su esposa quien cada día estaba más delicada y que apenas se levantaba de la cama.
Teresa, pensando en las mujeres que se cargaban cubos de carbón, tenía claro lo que ella no iba a hacer de ninguna manera: no saldría con un chico del pueblo y no se quedaría en la aldea. Su sueño era irse a estudiar a la capital.
Al cabo de unos años llegó el gas ciudad. El pueblo cambió de fisionomía, las nuevas viviendas ya iban equipadas de calefacción central y en las viejas se fueron instalando calderas modernas.
La esposa del carbonero murió tras una pulmonía una noche de enero, Teresa volvió al pueblo para el entierro. En la iglesia no pudo oír, pero se imaginó, los murmullos de las mujeres de negro que decían:
- ¡Pero no veas, ir al entierro de la madre sin marido e hijos! Aquí hay gato encerrado, seguro que Teresa se lleva mal con su esposo.
Serafín se jubiló y traspasó la tienda a su dependiente, pero eso sucedió a finales de los años ochenta, cuando su hija hacía ya mucho que se había ido del pueblo.
Las amas de casa, cada mañana solían salir al mercado y es allí donde les gustaba chismear. En aquella época una de las habladurías preferidas de las cotorras era el traspaso de la carbonería.
- Pobre Serafín, su hija se marchó de casa y su mujer se apagó poco a poco, ya me dirás tú que va a hacer ahora sin la tienda, solo como un perro.
Las vecinas del pueblo no se podían imaginar lo bien que estaba Serafín, pues desde que se había quedado viudo cada dos por tres emprendía un viaje, cruzando en tren casi toda la península. Con la excusa de ir ver a su hija visitaba también a una señora de Cáceres.
Teresa se fue a vivir lejos de su tierra, pero cada año en verano volvía. Siguió escribiéndose con algunas amigas, sin embargo de Paquita tenía pocas noticias, pues en verano no coincidían. Supo que su amiga se casó con el hijo del Notario y que recientemente se había separado. También llegó a saber que consiguió un empleo de secretaria en una empresa del pueblo, pero las malas lenguas decían que bebía demasiado.
Un verano Teresa vio a su amiga muy desmejorada. Estaba sentada sola, en una mesa de una terraza de un bar. Se acercó a ella y se sentó a su lado. Paquita le contó que le habían diagnosticado un cáncer de mama, sin embargo estaba orgullosa de ella misma por no haber tenido que pedir nada a nadie. Iba en taxi a la capital para sus sesiones de quimioterapia.
- Pero mujer ¿ Alguien te podría acompañar?
- No tengo a nadie. Mi vida ha sido un desastre, que te voy a contar. La culpa la tiene el gas ciudad.
- ¿El gas? ¿Pero qué dices? añadió Teresa, pensando en que su amiga había bebido una copa de más.
- Hace cosa de cinco años que convencí a mi marido para que hiciera reformas en la casona: modernizar los cuartos de baño, adaptar la cocina e instalar el gas natural, dando de baja la caldera de gasoil. Contrató para las obras a una arquitecta joven de la que se enamoró.
- Lo siento, no lo sabía. Le dijo Teresa.
- El día en que descubrí que se entendían perdí la cabeza, con unas tijeras afiladas le destrocé muchos de sus cuadros y documentos, le hice trizas las camisas y los trajes de su armario y tiré por la ventana del jardín todos sus zapatos. Estaba tan rabiosa que le pinché los brazos y las piernas. Las heridas fueron superficiales pero él me denunció y tuve que irme de casa. Volví a vivir con mis padres y encontré un puesto de trabajo de segundo orden. Ahora, desde que mis padres murieron, vivo sola y cada día maldigo el gas natural.



Gas naturale

Nell'epoca in cui accadde la storia che sto per raccontarvi, non era ancora arrivato il gas naturale nella regione. L'inverno non faceva troppo freddo, dato che la città si trovava a qualche centinaia di metri sopra il livello del mare, ma c'erano due mesi, gennaio e febbraio, nei quali spesso arrivava la neve o il ghiaccio.
Le famiglie più abbienti nelle loro dimore, la maggior parte delle quali sgangherate a causa del declino dei lignaggi, avevano il riscaldamento centrale a carbone. Le donne di servizio, per poter alimentare le vecchie caldaie che non smettevano di fischiare come locomotive, quando il camion che doveva portare i sacchi di carbone nelle case non era arrivato, andavano all'unico negozio del paese che vendeva il combustibile.
Alcuni parrocchiani per riscaldare le loro abitazioni compravano legna per la cucina economica, tuttavia le loro camere da letto rimanevano fredde; per questo era compito delle donne mettere pietre calde o mattoni, riscaldati sul fuoco, o persino le braci della cucina, negli scaldini che poi mettevano tra le lenzuola dei letti ghiacciati, ogni sera prima di andare a letto. Le persone meno abbienti bruciavano del carbone nei bracieri, che spostavano da una stanza all'altra in base alle loro esigenze.
Ogni mattina sulla strada principale si vedevano passare delle donne con dei secchi pieni di carbone; esse si fermavano di tanto in tanto strofinandosi le mani. Avevano i volti arrossati e ansimavano dalla stanchezza, ma ciò che più le infastidiva erano i geloni.
Il negozio di Serafín era sempre affollato perché oltre al carbone e alla legna vendeva prodotti del suo orto. In primavera e in estate il magazzino polveroso veniva trasformato in un vero negozio.
Teresa era la figlia del carbonaio, mentre suo padre serviva le clienti lei giocava con una bambola seduta in un angolo.
Le piaceva osservare le donne, le quali la chiamavano affettuosamente, Tere:
- Cosa stai facendo sopra questi sacchi, potresti cadere! Dai, Tere scendi, tua madre si arrabbierà se ti sporchi, ma Teresa non le ascoltava, poiché sapeva che sua madre in inverno passava l'intera mattinata a letto e appena la guardava. A Serafin riuscivano bene gli stufati, da quando sua moglie si era ammalata spesso cucinava un pezzo di carne o di pesce col riso, altre volte fagioli o ceci con bietola o altre verdure dell'orto.
Teresa dopo pranzo si sedeva in fondo al cortile dove batteva il sole anche d'inverno; puliva la bicicletta, leggeva, ma ciò che più le piaceva era chiudere gli occhi e parlare con sua nonna, che era morta improvvisamente anni prima. Nel pomeriggio ritornava a scuola, poi verso le cinque, quando rientrava a casa, si metteva sul tavolo di cucina a fare i compiti, dove la madre senza molta voglia preparava la cena. La pentola di verdure e patate bolliva tutto il pomeriggio. Il giorno in cui la madre decideva di cucinare i cavoli l'odore sgradevole di quel vegetale impregnava le pareti di tutta la casa.
Serafín riscaldava solo il pianterreno, dove oltre al negozio, c'era una cucina e una piccola stanza per cucire, ma all'imbrunire accendeva una stufa a legna al piano superiore, dove avevano le camere da letto. A Teresa piaceva salire le scale, mentre recitava una litania che sua nonna le aveva insegnato, sapendo che il suo letto sarebbe stato caldo. Prima di coricarsi preparava la divisa che doveva indossare il giorno successivo per andare a scuola. Si alzava presto, forse perché si svegliava all'alba nel sentire suo padre che trafficava in magazzino. Già da piccola cominciò a recarsi a scuola da sola, a volte andava a prendere Paquita, una sua vicina di casa e compagna di classe.
Quando all'una rientrava per pranzo, si sedeva per un po' sopra i sacchi del magazzino e ascoltava i discorsi delle donne che compravano carbone.
- Non ho voglia di andare a casa, ogni giorno la stessa musica. Gli uomini mentre mangiano ringhiano, specialmente mio suocero che è un animale e non parliamo di mio marito che peggiora di giorno in giorno! Come diceva mia madre "chi cammina con uno zoppo finisce zoppicando". Non mi ringraziano mai per nessun motivo, al contrario, mi rimproverano. Se potessi tornare indietro, non mi sposerei, disse una donna giovane e magra a un'altra donna più anziana.
- Ma cosa dici, Puri. Sarebbe stato peggio restare zitelle. Guarda che vita conduce mio cugina Amparo! È praticamente la cameriera del prete. Hai capito che per un verso o per un altro siamo sempre destinate a servire gli uomini ? Disse la più vecchia e robusta.
- Manola, la commessa del negozio del droghiere, non si è mai sposata e secondo me se la passa bene, disse Puri.
- Ci credo con tutti quei ganzi che frequenta!
- Ma quanti uomini ha? chiese Puri.
- Che ne so io! Encarnación, la moglie del guardiano notturno, la conosci, vero? Mi ha detto che suo marito, una notte, vide tre tizi uscire dal portone di Manolita.
- I pettegolezzi non mancano in questa città! Per questo motivo avrei voluto andarmene, ma sono rimasta incinta, disse a bassa voce Purificación
- Beh, ragazza, sei stata fortunata, Juan è un bravo uomo, non somiglia al bruto di suo padre, che da quando è rimasto vedovo è intrattabile. Devi avere pazienza. Cosa dovrei dire io che oltre ai maschi devo sopportare mia suocera? Lei è prepotente, mi fa impazzire, ecco perché esco sempre di casa, con qualsiasi scusa. Preferisco patire il freddo e caricarmi come un mulo secchi e secchi di carbone. Ma quanto è bella questa bambina! Guarda che cosce!
Teresa si coprì le gambe perché senza rendersi conto la sua gonna era rimasta arrotolata.
- Devo andare, ho lasciato la pentola sul fornello. Ci vediamo domani, Lola. Disse Puri mentre usciva dal negozio.
- Teresa, chiama tua madre, io chiudo il negozio e apparecchio, ma prima lavati le mani, disse Serafín mentre rimetteva la merce dentro e i gli ultimi clienti uscivano.
Cosa significava vivere in una piccola città di provincia alla fine degli anni '60 per un'adolescente vi chiederete?
Per Teresa, tranquilla e pacifica, i giorni scorrevano senza problemi, si accontentava di tutto, forse perché da bambina aveva imparato a stare da sola leggendo storie e libri illustrati e anche perché era curiosa, ingenua.
D'altra parte, Paquita, essendo irrequieta, determinata e insofferente, stava proprio male in quella cittadina, ogni giorno desiderava più di quanto non avesse. È stata la prima del gruppo a fumare una sigaretta e quando aveva dodici anni si era fidanzata col figlio del sindaco. Suo padre era il segretario del municipio e la madre si era montata la testa frequentando solo gente ricca, forse è per questo che la figlia era così ambiziosa.
Un giorno Teresa, alla fine delle scuole superiori chiese alla sua amica:
- E tu, Paquita, che vorresti fare dopo il Bachillerato?
- Mi sposerò il più ricco della città, ho intenzione di andare a vivere in una villa e di viaggiare per tutto il pianeta.
In quelle occasioni Teresa sentiva un po' invidia verso l'amica, vedeva che con il suo modo di fare avrebbe conquistato il mondo, anche perché tutto ciò che faceva le tornava bene. La indisponeva il fatto che a scuola, durante le verifiche copiasse gli esercizi dai più bravi della classe e che non esitasse a rubare il fidanzato alle amiche.
Gli anni passarono e le bombole a gas cominciarono ad arrivare alle case. Il carboniere si adattò alla nuova merce e ristrutturò il negozio. Iniziò a vendere stufe a gas e altri elettrodomestici; la legna e il carbone rimasero relegati a uno sgabuzzino.
All'inizio degli anni settanta, la gente non esitava a spendere per comprare, con i soldi che non aveva ogni bene di consumo, principalmente apparecchi elettrici, era come una malattia contagiosa. Serafín assunse un ragazzo come aiutante e lui si dedicò a coltivare l'orto e si prese cura della moglie, la quale negli ultimi tempi appena si alzava dal letto, perché piano piano si era arresa alla malattia polmonare.
Teresa aveva in mente le donne caricate di secchi di carbone, quando pensava al suo futuro: non si sarebbe mai fidanzata con un ragazzo del paese e non sarebbe rimasta dove era nata. Il suo sogno era andare a studiare nella capitale.
Dopo alcuni anni arrivò il gas naturale. La città cambiò fisionomia, le nuove case furono subito dotate di riscaldamento centrale e nelle vecchie furono installate moderne caldaie.
La moglie del carbonaio morì una notte di gennaio a causa di una polmonite, Teresa tornò in paese per seppellirla. Nella chiesa, anche se non riusciva a sentirle, immaginava le chiacchiere delle donne di nero:
- Cose dall'altro mondo, andare al funerale della madre senza marito e figli! Qui c'è qualcosa che non torna, voi vedere che Teresa non va d'accordo col marito.
Serafín andò in pensione e lasciò il negozio al suo commesso, ma ciò accadde alla fine degli anni ottanta, molti anni dopo che Teresa era andata via di casa.
Le casalinghe, ogni mattina andavano al mercato e alcune di loro godevano a sparlare. A quel tempo una delle chiacchiere preferite dalle pettegole fu il cambiamento di gestione dell'antico negozio di carbone.
- Povero Serafin, sua figlia è fuggita di casa, sua moglie è morta, mi dirai te cosa ne sarà di lui, solo come un cane?
I vicini della città non potevano immaginare quanto se la passasse bene Serafin, dovete sapere che da quando era diventato vedovo ogni tanto intraprendeva un viaggio, attraversando quasi tutta la penisola in treno. Con la scusa di recarsi da sua figlia, andava anche a trovare una donna di Cáceres.
Teresa di solito ogni estate ritornava in paese a trovare suo padre. Non smise mai di scrivere agli amici, ma di Paquita aveva poche notizie, perché l'amica d'estate faceva di solito lunghi viaggi col marito. Paquita aveva sposato il figlio del notaio, ma Teresa aveva saputo che si era da poco separata e aveva trovato un lavoro come segretaria in un'azienda in città, ma le male lingue dicevano che aveva cominciato a bere.
Un'estate a Teresa sembrò di riconoscere sua amica in una donna trasandata, che era seduta da sola, a un tavolo di una terrazza di un bar. Teresa le si avvicinò e si sedette accanto a lei. Paquita subito le raccontò che le era stato diagnosticato un tumore al seno, ma che era fiera di se stessa per non aver chiesto niente a nessuno. Andava in città una volta la settimana in taxi per fare le sedute di chemioterapia.
- Ma ci dovrà essere qualcuno che possa accompagnarti?
- Io non ho nessuno. La mia vita è stata un disastro, se ti raccontassi. La colpa è tutta del gas naturale.
- Il gas naturale? Ma cosa dici? Aggiunse Teresa, pensando che la sua amica avesse bevuto un bicchiere di troppo.
- Circa cinque anni fa ho convinto mio marito a fare lavori di ristrutturazione in casa: modernizzare i bagni, adattare la cucina e installare l'impianto di gas naturale rimuovendo la vecchia caldaia a gasolio. Una giovane donna architetto ha seguito tutti i lavori e mio marito se ne è innamorato perdutamente.
- Scusa, non lo sapevo, gli disse Teresa.
- Il giorno in cui ho scoperto la loro tresca, ho perso la testa, con le forbici affilate ho distrutto molti dei suoi dipinti e documenti, ho fatto a pezzi le sue camicie e ho buttato tutte le sue scarpe fuori dalla finestra del giardino. Ero così arrabbiata che ho cercato di trafiggerlo nelle braccia e nelle gambe. Nonostante che le ferite procurate fossero piuttosto superficiali lui mi ha denunciato e in seguito ho dovuto lasciare la nostra casa.
Sono tornata a vivere con i miei genitori e ho un lavoro che mi fa schifo. Ora, da quando i miei sono morti, vivo da sola e ogni giorno maledico il gas naturale.



















sabato 23 dicembre 2017

Tenerezza - ternura - tendresa



Cari amici:
Voglio augurarvi a tutti voi un Buon Natale con un raccontino.
Ieri  ho preparato dei panini per mio figlio che partiva all'alba per l'Andalucia, poi  ho rifatto il letto di mia figlia, la quale arrivava quello stessa sera dall'estero. Erano diversi mesi che non ci vedevamo. Mentre stendevo accuratamente le lenzuola che avevo preso dal fondo di un cassetto dell' armadio mi sono affiorati ricordi di quaranta anni prima:
Una sera, in cui anch'io ritornavo a casa per le feste di Natale dopo mesi di assenza, ho trovato la mia camera in ordine ma il letto disfatto. Le lenzuola, il cuscino e le coperte erano appoggiate su una sedia. Il letto spoglio mi dava tristezza, fino a che non l'ho rifatto con cura non mi sono sentito a casa. Via via che passavano gli anni la mia camera era diventata un specie di ripostiglio, ma non ci facevo più caso perché capivo che mia madre, soffrendo di una malattia polmonare, in quel periodo non riusciva a pensare alle piccole cose. Una delle ultime  volte in cui sono tornata a casa non mi aspettavo molte attenzioni, invece trovai il letto rifatto con la biancheria profumata e il giorno della mia partenza  sul tavolo di cucina c'era un panino avvolto con cura  nella carta stagnola e due arance.
A volte una  premura è meglio di un regalo.
Un abbraccio


Queridos amigos:
Quiero desearos a todos Feliz Navidad con  un pequeño relato.
Ayer preparé un bocadillo para mi hijo, quien iba a pasar las fiestas a Andalucía, luego hice la cama a mi hija, quien iba a llegar del extranjero, aquella misma noche. Hacía varios meses que no nos veíamos. Mientras desdoblaba las sábanas que había cogido del fondo  de un cajón del armario me reaparecieron imágenes de cuarenta años atrás:
Una tarde, en que yo regresaba a casa para pasar las fiestas de Navidad después de muchos meses de ausencia, encontré mi habitación ordenada, pero con la cama  deshecha. Las sábanas y las mantas estaban dobladas en una silla junto a la almohada. El lecho desnudo me dio tristeza, hasta que no arreglé la ropa de la cama y las frazadas no me sentí en casa. A medida que iba pasando el tiempo mi habitación se iba  convirtiendo en una especie de trastero, pero a mí ya no me sabía mal porque entendía que mi madre, padeciendo en aquella época una enfermedad pulmonar, no lograra pensar en aquellas pequeñas cosas. Uno de los últimos años en que fui a pasar las fiestas a casa, no esperaba detalles o formas de cariño, sin embargo encontré la cama recién hecha con sábanas perfumadas y el día en que me marché, al amancer encontré, sobre la mesa de la cocina, dos naranjas y un bocadillo envuelto con cuidado en papel de plata.
A veces una pequeña demostración de ternura es mejor que un regalo.
Un abrazo

Estimats amics:
Vull desitjar-vos a tots un Bon Nadal amb un petit relat.
Ahir vaig preparar uns entrapants per el meu fill que anava a passar les festes a Andalucía, després  vaig fer el llit de la meva filla, que arribava de l'estranger la mateixa tarda. Feia alguns mesos que no ens vèiem. Mentre desplegava els llençols que havia agafat del fons d'un calaix del armari van tornar-me imatges de quaranta anys enrere:
Una tarda, en què jo tornava a casa per les vacances de Nadal després de faltar molts mesos, vaig trobar la meva habitació ordenada, però el llit desfet. Els llençols i les mantes estaven plegats en una cadira amb el coxi. El llit nu em va donar tristesa, fins que no vaig arreglar la roba del llit i les flassades no em vaig sentir a casa. De mica en mica, a mesura que passava el temps la meva habitació s'anava convertint en una mena de rabòs, però a mi ja no m'importava perquè entenía que la mare, a rel de la seva malaltia pulmonar, no podía pensar en les petites coses. Un dels últims anys en què vaig anar a passar uns díes a casa, quan ja no esperava els seus detalls, vaig trobar el llit acabat de fer amb llençols perfumats i el  matì en què vaig marxar,  sobre la taula de la cuina hi havia, un entrepà, embolicat en paper de plata i dues taronges. A vegades una petita demostració de tendresa és millor que un regal.
Una abraçada

domenica 17 dicembre 2017

Una vida independet - Una vida independiente

Vaig esmorzar davant de la finestra, mentre llegia un article del diari sobre la independència catalana. Estava afligida per tot el que passava. Vaig tancar els ulls i les meves neurones poc a poc van anar desenrotllant antigues imatges, com quan ho feia ell, a la cambra fosca, mentre anava traient lentament la pel·lícula dels rodets per revelar-la.
Em vaig veure als vint anys, a l'estació de França, amb una cabellera llisa, uns pantalons texans i un tabard beix. Amb la mà esquerra agafava la maleta i del braç dret penjava la meva bossa plena de coses: bitllet d'anada, passaport, moneder, bufanda, un entrepà de formatge, dues taronges i un llibre. A l'andana vaig abraçar a les meves amigues quan el tren estava a punt de sortir, llavors em vaig adonar que marxava de casa. Estava convençuda del que feia, tot i els conflictes familiars que havia desencadenat.
Vaig xarrupar el tè que quedava a la tassa pensant en la meva família, en les meves amigues de quand era jove i en la vida que hagués pogut ser meva si no m'hagués anat.
Qui sap quines idees polítiques tindria jo ara, si hagués viscut allà? Pensaria en què tot això de la secessió és una bogeria o potser seria independentista com les meves cosines? Em vaig preguntar en veu alta.
S'em va aparèixer una imatge amb els contorns esvaïts i vaig recordar el dia en què ell va deixar unes fotos a la aigüera, sota el líquid fixador, sense saber que l'aixeta de l'aigua freda hauria sortit aigua calenta, perquè algú, que compartia pis amb nosaltres, sense adonar-se'n havia obert la clau d'un tubo que només s'havia de fer servir per posar la rentadora que no escalfava, i en pocs minuts les tonalitats de negre i de gris es van esfumar.
Vaig treure un altre fotograma de la meva memòria i em vaig reconèixer en una noia de trenta anys, a Roma, amb una americana de quadres i uns pantalons blancs, portava ulleres de sol i els cabells curts; recordo que havia acabat la carrera, que treballava contenta en una escola, després d'haver guanyat oposicions. A mida que corrien les imatges veia els apartaments en els que havíem viscut, després el pis on varen néixer nostres fill.
Després vaig enfocar la ciutat on havia aportat, la vaig veure abarrotada de gent i em vaig dir que, tot i que en algunes temporades era esgotador passar en bicicleta entre les cues de turistes que arribaven per visitar les obres d'art, encara m'encantava viure-hi .
Vaig deixar de pensar en el meu passat i em vaig obligar a no preocupar-me per la situació catalana, vaig posar un disc de música jazz, vaig estendre la roba i vaig començar a planxar la que havia tret de l'estenedor. Per dinar em vaig arreglar amb una amanida.
Vaig pelar patates, vaig rentar la verdura per la crema de carbaçons que volia preparar, mentre el meu cap seguia compenetrada amb les meves vivències; tallant la ceba dues llàgrimes van córrer per les meves galtes.
De petita quan plorava em consolava a mi mateixa parlant-me, aquell dia vaig fer el mateix:
- Tot i tenint més seixanta anys encara em sento jove, no puc queixar-me; però, sovint estic cansada, em minva la concentració, m'equivoco i em toca tornar a començar. Em sap greu quan dic una cosa per una altra, de vegades em sento insegura, després vaig afegir amb una veu una mica ronca:
- Potser hagi de treballar menys o jubilar-me? No, encara no, tot i el esgotament que vaig acumulant durant la setmana, crec que encara estic il·lusionada  donant classes.
Va arribar el meu marit al vespre i em vaig adonar del molt que m'encantava notar que encara era atractiva per a ell.
Abans de sopar vam rebre una vídeo trucada de la nostra filla, qui fa uns quants anys que está vivint a l'estranger, en el mateix moment en què el seu germà obria la porta de casa. Ens vam reunir els tres davant de la pantalla. Mentre els nostres fills feien broma, els vaig mirar i vaig pensar que sentia un gran afecte per ells.
Aquella nit em vaig ficar al llit d'hora i vaig dormir plàcidament, potser perquè vaig deixar de patir per la situació catalana i vaig començar a apreciar que els nostres fills, cadascú a la seva manera, anaven construint-se una vida independent.
 
Una vida independiente
Desayuné frente a la ventana, mientras leía un artículo del periódico sobre la independencia catalana. Estaba afligida por todo lo que pasaba. Entorné los ojos y mis neuronas poco a poco fueron desenrollando antiguas imágenes, como cuando lo hacía él, en el cuarto oscuro, mientras iba sacando con cuidado la película de los carretes para revelarla.
Me vi a los veinte años, en la estación de Francia, llevaba una melena lacia, unos pantalones vaqueros y un tabardo beige. Con la mano izquierda agarraba la maleta y del brazo derecho colgaba mi bolso repleto de cosas: billete de ida, pasaporte, monedero, bufanda, un bocadillo de queso, dos naranjas y un libro. En el andén abracé a mis amigas  cuando el tren estaba a punto de salir, entonces me di cuenta de que me estaba marchando de casa. Estaba  convencida de lo que estaba haciendo, a pesar de los conflictos familiares que había desencadenado.
Sorbí lentamente el té que quedaba en la taza pensando en mi familia, en mis amigas de antaño y en la vida que hubiera podido ser mía si no me hubiera ido.
-¿Quién sabe qué ideas políticas tendría yo ahora, si hubiera seguido viviendo allá? ¿Pensaría en que todo eso de la secesión es una locura o quizás sería independentista como mis primas? Me pregunté en voz alta.
Se me apareció una imagen con los contornos desvanecidos y recordé el día en que él dejó unas fotos en la pila, bajo el líquido fijador, sin saber que del grifo del agua fría habría salido agua caliente, porque alguien, que compartía piso con nosotros, sin darse cuenta había abierto la llave de una cañería que solo se debía usar para poner la lavadora que no calentaba y en pocos minutos las tonalidades de negro y de gris se esfumaron.
Saqué otro fotograma de mi memoria y me reconocí en una treintañera despreocupada, en Roma, con una americana de cuadros y unos pantalones blancos, llevaba gafas de sol y el pelo corto; recuerdo que había terminado la carrera, que trabajaba contenta en una escuela, tras haber ganado oposiciones. A medida que  corrían las imágenes veía los apartamentos en los que habíamos vivido, luego el piso en el nacieron nuestros hijos.
Después enfoqué la ciudad donde había aportado, la vi abarrotada de gente y me dije que, a pesar de que en algunas temporadas era agotador pasar en bicicleta entre las colas de turistas que llegaban para visitar las obras de arte, todavía me encantaba vivir en ella.
Dejé de pensar en mi pasado y me obligué a no preocuparme por la situación catalana, puse un disco de música jazz, tendí la ropa y empecé a planchar la que había sacado del tendedor. Para almorzar me arreglé con una ensalada.
Pelé patatas, lavé la verdura para la crema de calabacinos que quería preparar, mientras mi mente seguía compenetrada con mis vivencias; cortando  la cebolla dos lágrimas  corrieron por mis mejillas.
De pequeña cuando lloraba me consolaba  a mí misma hablándome, aquel día hice lo mismo:
- A pesar de tener más sesenta años aún me siento joven, no puedo quejarme; sin embargo, a menudo estoy cansada, me mengua la concentración, me equivoco y me toca volver a empezar. Me sabe mal cuando digo una cosa por otra, a veces me siento torpe e insegura y luego añadí con una voz un poco ronca:
-¿Quizás tenga que trabajar menos o jubilarme? No, aún no, a pesar del agotamiento que voy acumulando a lo largo de la semana, creo que aún estoy ilusionada  dando clases.
Llegó mi marido al atardecer y me percaté de lo mucho que me encantaba percibir que aún era atractiva para él.
Antes de cenar recibimos una vídeo llamada de nuestra hija, quien lleva viviendo unos cuantos años en el extranjero, en el mismo momento en que su hermano abría la puerta de casa. Nos reunimos los  tres delante de la pantalla. Mientras nuestros hijos bromeaban, los miré y pensé que sentía un gran cariño por ellos.
Aquella noche me acosté temprano y dormí plácidamente, quizás porque dejé de sufrir por la situación catalana y empecé a apreciar que nuestros hijos, cada uno a su manera, iban construyéndose una vida independiente.














sabato 2 dicembre 2017

Stelline - Estrellitas



Proprio quel giorno non ci volevano le stelline. Erano alcune notti che Flavia dormiva male, si sentiva stanca, ma era riuscita a trascinarsi all'ambulatorio per farsi delle analisi del sangue, quelle di routine.
Ogni anno durante le ferie estive donava sangue, poi si sentiva bene, pensando che aveva aiutato qualcuno; dopo qualche giorno non si facevano aspettare i risultati delle analisi emolitiche che il centro donazioni aveva eseguito.
Ogni volta nell'aprire la busta, che le arrivava per posta, era un po' intimorita di trovare qualcosa che non andava, ma quel giorno caldo di fine agosto era troppo distratta, pensando alla sua amica Angela, che non si rese conto che c'era una stellina.
Dopo guardò meglio quell'elenco di dati e vide che il suo colesterolo nel sangue era aumentato.
- A cosa sarà dovuto? Forse mangio troppi formaggi e uova? Si domandò impensierita.
Ma non si preoccupò più di tanto, pensò che la sua nutrizione forse non era del tutto corretta: la carne era da anni che non la toccava, anche il pesce poco perché non piaceva a suo marito, i legumi con parsimonia perché le facevano venire la pancia gonfia, praticamente cucinava solo verdure, riso, patate e pasta integrale.
- Dovrei rilassarmi e introdurre nella mia dieta un po' di tutto, si disse a voce alta come rimproverandosi.
Portò le analisi alla dottoressa la quale le disse che ne doveva fare altre per rilevare le vitamine, ormoni e altre sostanze che nella menopausa o post menopausa scarseggiavano.
Quando le arrivò di nuovo la busta la aprì con ottimismo, invece vide subito le stelline nella vitamina B, D e negli ormoni tiroidei, poi girò la pagina e ne vide altre nella parte dedicata alle urine.
Questa volta dopo lo spavento inziale cercò di convincersi che stava invecchiando bene e che doveva accettare che da quel momento in poi non sempre sarebbe andato tutto nel verso giusto. Le venne in mente un'altra volta Angela la quale era ancora ricoverata all'ospedale di Bologna.
Erano diventate amiche molti anni prima quando entrambe avevano i bambini piccoli. Si erano aiutate nei momenti più difficili, ma da quando l'amica si era trasferita in un altro quartiere riuscivano a vedersi molto meno.
Si ricordava di una loro conversazione a proposito di prevenzione:
- Meglio alcune stelline oggi che l'ospedale domani, diceva Angela a Flavia.
- Forse hai ragione, ma a volte preferisco non sapere niente e vivere felice piuttosto che fasciarmi la testa. Ti ricordi quando a cinquanta tre anni mi sono venute delle mestruazioni anomale e mi hanno diagnosticato un ispessimento della parete dell'utero? Ma poi attraverso una colposcopia hanno visto che non era niente. Non voglio soffrire in anticipo, rispose Flavia.
Angela, nonostante avesse eseguito le indagini mediche di routine per la prevenzione oncologica, non poteva sospettare che da li a poco, avrebbe contratto una malattia. Solo dopo sei mesi di cure chemioterapiche e un'operazione all'intestino i dottori avevano capito che aveva un tumore aggressivo.
Flavia era molto dispiaciuta della sorte dell'amica. Ogni giorno pensava a lei e  avrebbe voluto tanto che guarisse e tornasse a casa presto, ma soprattutto era la notte che si metteva nei suoi panni e soffriva.
A metà novembre Flavia e il marito avevano fissato con degli amici catalani di trascorrere un fine settimana a Vicenza. Partirono da Firenze venerdì alle due e mezza, appena lei uscì dal lavoro. Flavia era contenta ma non del tutto rilassata, perché era preoccupata per Angela e anche un po' per i risultati delle propie analisi, non tanto per l'infezione all'urina quanto per l'alto valore del ormone tiroideo.
Rivedere e poter chiacchierare con la sua amica Monica fu una toccasana per Flavia. Mentre un dei due mariti guidava e l'altro cercava l'autostrada giusta, le due amiche sedute dietro si confidarono, parlando fitto fitto.
- Non preoccuparti per le stelline delle tue analisi, con la menopausa è normale, anch'io soffro di ipotiroidismo. Prendi un cucchiaino di magnesio supremo ogni sera, vedrai che ti rilasserà - cominciò dicendo Monica e poi aggiunse - sicuro che la tua amica supererà questa delicata operazione, anche una nostra conoscente ha subito la stessa operazione e per adesso procede tutto bene.
- Grazie Monica, mi conforti con i tuoi consigli.
L'amica catalana era un po' ingrassata e disse a Flavia che ultimamente non riusciva ad accettare quella nuova figura che vedeva quando si specchiava.
- Hai un viso esotico e una pelle liscia che molte donne ti invidiano. Dobbiamo accettare che il tempo ci cambia, ma che rimane una bellezza diversa, perché questa non si perde mai totalmente. Io cerco di vedermi come una sessantenne carina, forse sono vanitosa, ma mi piaccio più adesso che quando ero ventenne; anche tu ogni volta che ti guardi allo specchio devi sentirti bella, come tra l'altro ti vedono tutti.
Intervenne Victor nella conversazione delle due donne:
- Anche io mi sento carino, guardate come mi sta bene il golf che ho rinnovato oggi, diceva Victor ridendo.
Mentre le due amiche discorrevano il marito di Flavia si rese conte che si erano persi. Erano vicino a Rovigo. Il loro navigatore satellitare non era aggiornato per questo non riconosceva le strade nuove. Fecero diversi giri intorno a Villamarzana per cercare l'imbocco di una superstrada, che li avrebbe portati all'autostrada A31, quella verso Vicenza.
All'inizio scherzavano di quello smarrimento, poi vedendo un'altra volta gli stessi cartelli cominciarono a preoccuparsi.
Erano le otto e mezza e continuavano a girare a vuoto senza riuscire a trovare la strada giusta. Il cellulare del marito si era scaricato totalmente, quindi Flavia prese il suo e impostò di nuovo la ricerca del percorso, ma senza rendersi conto cambiò destinazione e una voce stridente gli fece prendere una strada di campagna.
A quel punto erano le nove passate, si fermarono di fronte a un casolare nella località Pincara.
Flavia si sentiva un po' responsabile di essere andati a finire in quel posto sperduto, parlando, parlando con l'amica si era disinteressata della strada, per questo passò davanti e Victor, si spostò nel sedile di dietro.
Ero buio, buio e la nebbia cominciava a diventare più fitta.
- Mi sa che dovremo chiamare l'albergo di Vicenza e avvisare che arriveremo più tardi, disse Flavia al marito.
- Ma cosa dici? Calma. Bisogna trovare un cartello che indichi la autostrada A31, disse lui leggermente innervosito.
Monica si era addormentata e Victor silenzioso faceva finta di dormire per non intervenire nei batti e becco della coppia. Quando la tensione tra marito e moglie era cominciata a farsi sentire, lui vide un cartello che indicava la nuova autostrada e prese con sollievo la direzione giusta.
Sembrava una scena di un film di fantascienza, le corsie erano vuote, la loro macchina correva da sola nella notte. Arrivarono a Vicenza alle 22.15.
La gentile ragazza della reception disse loro che la cucina dell'hotel ormai era chiusa e che dovevano sbrigarsi se volevano cenare, dato che quella delle trattorie vicine chiudeva da li a poco. Fecero in fretta nel lasciare le valige nelle camere e andarono subito in un ristorantino di fronte all'albergo.
Fu una cena speciale, tra i primi a base di pasta e polenta e i secondi di baccalà, parlarono della loro avventura per le strade buie della Pianura Padana e ricordarono aneddoti su litigi e discussione tra  mariti e mogli quando le cose non andavano per il verso giusto.
- Adesso quei due litigheranno di brutto, pensavo in macchina mentre ero seduto dietro, invece siete stati bravi, non vi siete dette cose  da cui pentirsi dopo, disse Victor.
A mezzanotte brindarono con una coppa di prosecco i sessanta anni di Monica; alla fine della cena il padrone si avvicinò al loro tavolo e parlarono con lui delle autonomie catalana e veneta, temi di attualità in quelle ultime settimane.
- È stato bello scoprire insieme a Monica e Victor la città e i bellissimi edifici palladiani, bisogna coltivare l'amicizia, perché non solo ci divertiamo insieme, ma  anche ci aiutiamo, pensò Flavia, quando la domenica sera lasciarono i loro amici all'aeroporto di Bologna
La settimana dopo Flavia ricevette un messaggio della figlia di Angela, la quale le diceva che quattro giorni prima la madre aveva subito un intervento chirurgico d'urgenza, piccolo ma risolutivo per il suo intestino e che sarebbe ritornata a casa presto.
Flavia ne fu molto felice e pensò alla  notte in cui si erano persi nella Pianura Padana, mentre loro giravano per le strade nebbiose,  anche Angela era smarrita sotto l'effetto dell'anestesia; per fortuna alla fine tutti avevano ritrovato la strada giusta.



Estrellitas

Justo ese día hubiera sido mejor que no hubieran salido estrellas. Hacía algunas noches que Flavia dormía mal, se sentía cansada, pero había logrado decidirse a ir hasta la clínica para hacerse análisis.
Cada año, durante las vacaciones de verano iba a dar sangre, entonces se sentía mejor, pensando que había ayudado a alguien; al cabo de unos días le llegaban los resultados de los análisis hemolíticos que el centro donaciones le había realizado.
Siempre al abrir el sobre, que le llegaba por correo, estaba un poco nerviosa pues tenía miedo de encontrar algo que no iba bien, sin embargo aquel día caluroso de finales de agosto estaba demasiado distraída, pensando en su amiga Angela, para darse cuenta de que había una estrella.
Luego miró mejor la lista y vio que el valor del colesterol en la sangre era bastante alto.
-¿De qué dependerá? ¿Tal vez coma demasiados quesos y huevos? Se preguntó con un poco de inquietud.
En realidad el asunto en seguida dejó de molestarle, dándole la culpa no a la comida que tomaba sino a la que no tomaba: hacía años que no tragaba carne, tampoco guisaba mucho pescado, ya que no le gustaba a su marido, legumbres muy poco porque le hinchaban el vientre, prácticamente solo comía verduras, arroz, patatas y pasta integral.
- Debería relajarme e introducir un poco de todo en mi alimentación, dijo en voz alta  reprochándose a sí misma.
Llevó los análisis a la doctora de cabecera, quien le dijo que tenía que hacer algunos más para detectar vitaminas, hormonas y otras sustancias que durante la menopausia o después de la menopausia solían disminuir.
Cuando le llegó de nuevo el sobre lo rasgó con optimismo, sin embargo de inmediato vio estrellitas en la columna de la vitamina B, D, y en la de las hormonas tiroideas; a continuación, pasó la página y vio otros asteriscos en la sección dedicada a la orina.
Esta vez, después del susto inicial, trató de convencerse a sí misma de que estaba haciendo lo posible para envejecer bien y que tenía que aceptar que a partir de ese momento sus condiciones de salud no iban a ser buenas siempre. Siguió pensando en Angela, quien todavía estaba hospitalizada en Bologna.
Se habían hecho amigas muchos años atrás, cuando ambas tenían niños pequeños. Solían ayudarse mutuamente en los momentos más difíciles, pero desde que Angela se había mudado a otro barrio, se veían mucho menos.
Flavia recordó que había hablado con ella sobre la prevención:
- Mejor algunas estrellas hoy que el hospital mañana, le dijo Angela.
- Tal vez tengas razón, pero a veces prefiero no saber nada y vivir feliz en lugar de angustiarme. ¿Recuerdas cuando tuve una menstruación anormal a los cincuenta y pico y me diagnosticaron un engrosamiento de la pared del útero? Pero luego, a través de una colposcopia, vieron que no tenía nada. No quiero sufrir de antemano, respondió Flavia.
Angela cada dos años se hacía análisis clínicos para la prevención del cáncer, por eso en aquel entonces no podía sospechar que iba a contraer la enfermedad. Solo después de seis meses de quimioterapia y de una operación intestinal, los médicos se dieron cuenta de que su tumor era agresivo.
Flavia estaba muy apenada por lo de su amiga. Todos los días pensaba en ella y deseaba con todas sus fuerzas que se recuperara y volviera pronto a casa, pero sobre todo de noche se ponía en su lugar y no dejaba de sufrir.
A mediados de noviembre, Flavia y su esposo habían quedado con unos amigos catalanes para pasar juntos un fin de semana en Vicenza. Salieron de Florencia el viernes a las dos y media, directamente del trabajo. Flavia estaba contenta, pero no relajada del todo, pues seguía preocupada por Angela e por sus análisis, sobre todo por el valor alto de la hormona tiroidea.
Volver a ver y poder conversar con su amiga Mónica fue una panacea para Flavia. Mientras uno de los dos esposos conducía y el otro intentaba ubicarse, las dos amigas se pusieron a charlar de sus cosas.
- No te preocupes por las estrellas de tu análisis, con la menopausia es normal, yo también sufro de hipotiroidismo. Toma una cucharadita de magnesio todas las noches, verás que te va a relajar y tu metabolismo mejorará - comenzó diciendo Mónica y luego añadió – seguro de que tu amiga Angela va a superar esta delicada operación, hace unos meses operaron a un conocido nuestro de una cosa parecida y ahora está la mar de bien.
- Gracias Mónica, siempre me animas.
La amiga catalana había engordado un poquito y le dijo a Flavia que últimamente no podía aceptar su nueva figura cuando se miraba al espejo.
- Tu cara es exótica y tu piel suave, cosa que muchas mujeres te envidian. Todas deberíamos aceptar que el tiempo nos cambia, pero que la belleza sigue perdurando, aunque diferente, porque nunca se pierde por completo. Tal vez yo sea un poco presumida, pues intento verme a mí misma como una mujer atractiva de mediana edad, mira lo que te digo, a veces me gusto más ahora que cuando tenía veinte años - le dijo riendo Flavia a su amiga y luego añadió - tú, cada vez que te mires al espejo, siempre sin gafas, tienes que sentirte hermosa, como todos los demás te ven.
Víctor intervino en la conversación de las dos mujeres:
- Incluso yo me siento guapo, mirad lo bien que me queda este jersey que estrené ayer, dijo Víctor terminando la frase con una carcajada
Mientras la tertulia sobre el envejecimiento seguía, el esposo de Flavia dejó en claro que estaban perdidos. Estaban cerca de Rovigo. Su navegador satelital no estaba actualizado y no reconocía las nuevas carreteras de la zona. Hicieron varias vueltas alrededor de Villamarzana para buscar la entrada de la autovía que llevaba a la autopista A31.
Al principio se lo tomaron en broma, luego viendo dos veces los mismos carteles comenzaron a desconcertarse.
Eran las ocho y pico y seguían sin dar con la carretera correcta. El móvil del marido se descargó por completo, por lo tanto Flavia usó el suyo para la búsqueda de la ruta, sin embargo sin darse cuenta cambió el destino y una voz chillona les hizo tomar un camino rural.
Eran más de las nueve cuando se detuvieron frente a una granja en Pincara.
Flavia se sentía un poco responsable por haber ido a parar a aquel lugar desierto; hablando, hablando con su amiga se había distraído, por eso pasó al asiento de delante y Víctor se movió hacia el asiento trasero.
La oscuridad y la niebla cada vez se hacían más espesas.
- Creo que tendremos que llamar al hotel para hacerles saber que llegaremos más tarde, le dijo Flavia a su esposo.
- ¿Pero qué dices? Calma. Sólo tenemos que encontrar un letrero que indique la autopista A31, le contestó un poco nervioso.
Mónica se había dormido, Víctor se quedó callado y fingió dormir para no intervenir en la discusión de la pareja. Cuando la tensión entre los dos iba creciendo, de golpe el marido vio un letrero que indicaba la nueva autovía y tomó aliviado la dirección correcta.
Parecía una escena de una película de ciencia ficción, los carriles estaban vacíos, era el único coche que corría solo a través de la noche. Llegaron a Vicenza a las diez y cuarto
La empleada de la recepción les dijo que la cocina del hotel estaba cerrada y que si querían comer algo tenían que que darse prisa, pues los restaurantes de la zona también estaban a punto de cerrar. Llevaron las maletas a las habitaciones e inmediatamente se fueron a una trattoria frente al hotel.
Era un restaurante sencillo pero acogedor, las pocos comensales que había ya estaban terminando. Ellos se sentaron en una mesa del fondo; mientras de gustaban los platos de pasta y polenta y el sabroso bacalao a la vicentina hablaron de su aventura por las carreteras laberínticas de la Pianura Padana y cada dos por tres se echaban a reír contándose anécdotas de las disputas y discusiones que habían tenido ambas pareja durante sus viajes en coche.
- Ahora esos dos se pelearán, pensé mientras estaba sentado detrás, sin embargo no os dijisteis nada de lo que luego os pudierais arrepentir, dijo Víctor.
A medianoche brindaron con una copa de cava para celebrar los sesenta años que cumplía Mónica; durante los postres, el dueño se acercó a su mesa para hablar con ellos, salió en seguida en la conversación el asunto de la autonomía catalana y de la veneciana, temas de actualidad en las últimas semanas
- Ha sido agradable descubrir con Monica y Victor la ciudad y los magníficos edificios de Palladio, hay que cultivar la amistad, porque no sólo nos hemos divertido juntos, sino que también nos hemos ayudados, pensó Flavia, cuando la noche del domingo  despidieron a sus amigos en el aeropuerto de Bologna.
La semana siguiente Flavia recibió un mensaje de la hija de Angela, que decía que hacía cuatro días que  habían operado de nuevo a su madre, que la operación había ido bien y que iba a volver pronto a casa.
Flavia estaba contenta y pensó en la noche en que se perdieron por la Pianura Padana, mientras ellos vagaban a través de los bancos de niebla, Angela también se estaba perdiendo bajo el efecto de la anestesia; afortunadamente al final todos ellos encontraron de nuevo el camino.