lunedì 19 dicembre 2016

Racconto di Natale - Cuento de Navidad - Relat de Nadal



Voglio augurarvi a tutti voi un Buon Natale con questo raccontino:
L'altro giorno prima di uscire di casa ho preparato con cura la stanza e rifatto il letto di mia figlia, la quale arrivava quello stesso pomeriggio dall'estero. Erano diversi mesi che non ci vedevamo. Mentre stendevo accuratamente le lenzuola che avevo preso dal fondo del cassetto dell' armadio mi sono affiorati ricordi di quaranta anni prima:
“Un giorno, in cui anch'io ritornavo a casa per le feste di Natale dopo mesi di assenza, ho trovato la mia camera in ordine ma il letto era disfatto. Le lenzuola, il cuscino e le coperte erano appoggiate su una sedia. Il letto spoglio mi dava tristezza, fino a che non l'ho rifatto con cura non mi sono sentito a casa. Via via che passavano gli anni la mia camera era diventata un specie di ripostiglio, ma non ci facevo più caso perché capivo che mia madre, soffrendo di una malattia polmonare, in quel periodo non riusciva a pensare alle piccole cose. Una delle ultime  volte in cui sono tornata a casa non mi aspettavo molte attenzioni, invece trovai il letto rifatto con la biancheria profumata. Ne fui così felice che quelle feste mi sono sembrate più belle”
A volte una piccola premura è meglio di un grande regalo.
Un abbraccio

Cuento  de Navidad
Quiero desearos a todos Feliz Navidad con este pequeño relato:
El otro día antes de salir de casa arreglé el cuarto e hice la cama de mi hija, quien iba a llegar del extranjero, aquella misma tarde. Hacía varios meses que no nos veíamos. Mientras desdoblaba las sábanas que había cogido del fondo de un cajón del armario me reaparecieron imágenes de cuarenta años atrás:
“Una tarde, en que yo regresaba a casa para las vacaciones de Navidad después de muchos meses de ausencia, encontré mi habitación ordenada, pero la cama estaba deshecha. Las sábanas y las mantas estaban dobladas en una silla junto a la almohada. El lecho desnudo me dio tristeza, hasta que no arreglé la ropa de la cama y las frazadas no me sentí en casa. A medida que iba pasando el tiempo mi habitación se convirtió en una especie de trastero, pero a mí ya no me sabía mal porque entendía que mi madre, padeciendo en aquella época una enfermedad pulmonar, no lograra pensar en aquellas pequeñeces. Uno de los últimos años en que fui a pasar las fiestas a casa, no esperaba detalles o formas de cariño, sin embargo encontré la cama recién hecha con sábanas perfumadas. Me alegré mucho y aquellas fiestas me parecieron más bonitas. A veces una pequeña demostración de ternura es mejor que un gran regalo.
Un abrazo


Relat de Nadal
Vull desitjar-vos a tots un Bon Nadal amb aquest petit relat:
L'altra dia abans de sortir de casa vaig preparar el cuarto i el llit de la meva filla, que arribava de l'estranger, aquella mateixa tarda. Feia alguns mesos que no ens vèiem. Mentre desplegava els llençols que havia agafat del fons d'un calaix del armari van tornar-me imatges de quaranta anys enrere:
“Una tarda, en què jo tornava a casa per les vacances de Nadal després de faltar molts mesos, vaig trobar la meva habitació ordenada, però el llit estava desfet. Els llençols i les mantes estaven plegats en una cadira amb el coxi. El llit nu em va donar tristesa, fins que no vaig arreglar la roba del llit i les flassades no em vaig sentir a casa. De mica en mica, a mesura que passava el temps la meva habitació s'havia convertit en una mena de rabòs, però a mi ja no m'importava perquè entenía que a rel de la seva malaltia pulmonar la mare no podía pensar en les petites coses. Un dels últims anys en què vaig anar a passar les festes a casa, quan ja no esperava els seus detalls, vaig trobar el llit acabat de fer amb llençols perfumats. Em vaig alegrar moltíssim i aquelles festes em van semblar més boniques. A vegades una petita demostració de tendresa és millor que un gran regal”
Una abraçada

sabato 17 dicembre 2016

Cartas de la madre














Durante veinte años las cartas de la madre le fueron llegando sin faltar cada semana.
El cartero en bicicleta las traía los jueves o los viernes. Alguna que otra vez la carta no aparecía en el manojo de la bolsa de piel de correos, entonces Laura decía a Lucio:
- ¡Qué raro que no hayan llegado noticias de mamá!, pero por sus adentros sentía una especie de alivio, luego se arrepentía y se sentía culpable.
En otras ocasiones le llegaban dos cartas seguidas.
Laura se había fijado que después de algunas cartas rutinarias, en las que su madre, hablaba poco de ella misma, llegaba una carta más larga cargada de congoja, a la que ella llamaba  carta mala. Por eso primero las leía deprisa para no sufrir y luego volvía a hacerlo despacio. Por la noche en voz alta le recitaba a Lucio algunos trocitos que se había aprendido de memoria, sobre todo  los que la madre describía la vida cotidiana de la familia o contaba anécdotas de la gente del pueblo. La parte quejumbrosa se la ahorraba siempre.
Aquella noche de otoño Laura estaba un poco acatarrada, le apetecía quedarse sola en casa, por eso le dijo a Lucio que fuera sólo al concierto.
Cenó  y luego se sentó en el sofá con el paquete de cartas de la madre, que días atrás había sacado de un cajón del desván.
Hacía casi diez años que su madre había fallecido. Su muerte se produjo a raíz de una caída. Estuvo tres horas echada en el jardín sin poder moverse, antes que el marido pudiera llamar a una ambulancia.
Cogió una de ellas al azar y empezó a leer  aquella letra tan bonita.

Querida hija:
Estoy sentada en la cocina, la casa está callada, tu padre se ha ido a jugar a cartas al Casino. Hoy como cada sábado te escribo al salir de misa. ¡Qué buena invención el poder ir a santificar la fiesta en las tardes de los sábados! Me encanta anticipar las cosas y no tener nada pendiente.
Mi papá me predicaba siempre: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, yo he seguido su enseñanza toda la vida, al pie de la letra.
Cuando éramos jóvenes tu tía y yo cada domingo teníamos que levantarnos temprano para ir a la iglesia. Tu abuela Carla madrugaba incluso los domingos, a las ocho, cuando en invierno empezaba a amanecer, hacía adrede ruido con potes y cacerolas y a las nueve en punto nos empezaba a echar de la cama diciéndonos:
- Chicas, el cura no os va a esperar, la misa está a punto de empezar.
La función comenzaba a las diez, pero ella no soportaba que nos desperezásemos largo rato bajo las sábanas.
Las dos hermanas salíamos deprisa con los ojos aún soñolientos, las cabezas tapadas con mantillas negras y el misal en la mano. Lo único que me gustaba era estar quieta en mi banco observando a los chicos del pueblo y a los pocos forasteros que caían durante las fiestas. Ahora todo el mundo se sienta donde le apetece, antes los hombres se ponían a la derecha y las mujeres a la izquierda. Yo me quedo en los bancos de  atrás para que no me vean, desde que tú te marcharse al extranjero, ya no me gusta arreglarme y salir de casa. Sólo voy a misa los sábado para no encontrar a nadie que me diga:
-¿Tú hija está casada o no? ¿Aún vive con  el francés?
Me siento inferior cuando oigo esas palabras, quisiera fundirme y desaparecer, no sé qué contestar. No te quiero apenar siempre con la misma historia. Hay que aceptar todo lo que viene, ¿no? Pero tú ya sabes como soy yo, me deprimo pensando en la desgracia que me ha tocado.
Me tomo todas las pastillas que me ha recetado el médico, pero no me animan, siento una gran tristeza.
Los domingos, tú me dirás, te puedes quedar un rato más en la cama al lado de papá. Él sigue odiando a los curas. ¿te acuerdas que sólo pisaba la iglesia para ir a entierros? Ahora he conseguido que entre cuando nos invitan a  bodas,  bautizos o  comuniones. No para nunca por casa con la excusa del trabajo y de la tertulia con los amigos. Toda la vida he tenido miedo de que tu padre tuviera otras mujeres, sé que no te lo debería decir a ti. ¿A quién se lo podría confesar?Ya no me queda  nadie con quien conversar.
Hablando de bodas, ¿te acuerdas de tu amiga Consuelo, la única que se ha quedado soltera?, pues dicen que se va a casar. El novio es el socio de toda la vida de su padre, las malas lenguas comentan que es una boda concertada. El otro día me dio recuerdos para ti.
Cada noche les preparo la cena a los nenes de Carolina. Estoy contenta de ser abuela, pero tengo poca paciencia y con con todos mis achaques ya no tiro. No se como decirle a tu hermana que no puedo ocuparme de los peques, pues ella la pobre se mata trabajando y no se merece ese disgusto: “Una yaya que no quiere  ser yaya”
La chica los va a buscar al colegio, luego hacia las siete me los trae a casa. Comen en un santiamén y después juegan o miran la tele. Dan la lata, sobre todo el pequeño que es muy vivaracho; el mayor era más tranquilo  ¿te acuerdas de lo entretenido que estaba este verano haciendo rompecabezas? ahora también se ha puesto pesado porque está celoso del hermanito. Menos mal que a las nueve  vienen a recogerlos.
Carolina no ha tenido mucha suerte, dejando el trabajo en la peluquería y abriendo la tienda de ropa con otra socia. Es demasiado duro para ella cargar cajas y trastos, le duele la espalda y creo que tendrá que operarse de hernia lumbar que le acaban de diagnosticar.
Bueno, no hablemos más de males.
¿Tú cómo estás?¿ Ya te cuidas? ¿Te abrigas?
¿Cuándo vamos a volver a vernos? ¿Vendréis para estas fiestas? 
Tu padre no quiere emprender viajes, yo no me atrevo a venir sola. ¿Qué diría la gente de una esposa que viaja sin el marido? A veces me imagino cómo podría ser  marcharme del pueblo en tren, sin embargo en seguida me lo saco de la cabeza como si fuera un pecado.
Come mucho, que la última vez te vi un poco flaca.
Un abrazo
Tu madre
PS: Cuando nos veamos no hables de esa carta, quémala, no quiero que ellos sepan que me gustaría huir de la vida que me toca vivir.

Laura en seguida pensó que las  cartas de la madre empezaban y terminaban siempre de la misma manera.
Recordaba que cada vez que leía una  carta mala se entristecía pues le sabía mal que ella no fuera feliz y se sentía un poco culpable, sin embargo aquella  noche tras leerla  de nuevo, se sintió libre de culpa.
Se preparó una taza de manzanilla, se sentó de nuevo en el sofá y al cabo de poco oyó que alguien abría la puerta. Lucio entró en la sala sonriendo. Dijo que le había gustado mucho el concierto  jazz y que  había encontrado un par de amigos.
- Ya son casi las doce ¡Qué tarde que es! Me he distraído leyendo la correspondencia de mi madre y se me ha pasado el tiempo volando.
- Lo sé que te gusta leer  en tu rinconcito del sofá, pero mañana hay que madrugar, venga, vamos a dormir, dijo Lucio.
En la cama se pusieron a charlar. A Laura le encantaba hablar de sus cosas con Lucio. Con la vida que llevaba, siempre corriendo  entre el trabajo, los hijos,  la compra y el perro, no tenía muchas ocasiones para estar a solas con él.
- Esta noche he caído en la cuenta  que al marcharme de casa no le causé tanto daño a mi madre como pensaba, quizás hice que su vida opresiva diera una vuelta y gracias a nuestra correspondencia sus emociones, sea positivas que negativas, fluyeran de nuevo.
- Menos mal que de vez en cuando eres sabia y no te echas la culpa de todo, dijo él.
A Laura la imagen de la madre siguió rodándole por la cabeza, le daba un poco rabia que ella no hubiera tenido agallas para marcharse unos días de casa y  decirles a todos que estaba harta de preparar comidas, lavar y planchar la ropa  ajena, sin embargo antes de cerrar los ojos pensó satisfecha que a pesar de todas sus debilidades su madre había tenido la fuerza  de escribirle sin faltar una carta cada semana.









giovedì 8 dicembre 2016

Crema di cavolo nero - Crema de col rizada


 




 




Ingredienti per 4 persone
Un mazzo di cavolo nero (circa 300 g pulito)
2 porri o due cipolle
3/4 patate di medie dimensioni
Olio extravergine di oliva
Sale
Peperoncino
Acqua
Scaglie di Parmigiano o Grana


 
  









Tagliate a pezzi i porri.  Lavate bene le foglie del cavolo, togliete la parte più dura dei gambi. Sbucciare e tagliate le patate, poi  il  tagliuzzate il cavolo nero. Fate rosolare i porri  con olio d'oliva ( si può  anche aggiungere un  chiodo di garofano e una foglia di alloro), fateli cuocere a fuoco medio per una decina di minuti. Se non volete sentire troppo il sapore di queste due spezie togliete la foglia di alloro ed il chiodo di garofano prima di aggiungere il cavolo e le patate.  Salate, unite un pizzico di timo e di peperoncino e coprite con dell’ acqua calda a filo verdure. Mettete il coperchio e lasciate cuocere a fuoco basso per una ventina di minuti. Assaggiate e regolate di sale. Passate tutto con il frullatore  rendendo le verdure cremose. Servitelo in un piatto fondo o in una ciotola con un filo di olio, qualche pezzettino di peperoncino fresco e qualche scaglia di parmigiano o di grana. Si possono aggiungere anche pezzettini di pane tostato o semi di sesamo.



Crema de puerros, col rizada y patatas
 
Ingredientes para 4 personas
Un manojo de col rizada (aproximadamente 300 g limpia)
2 puerros o dos cebollas
3/4 patatas de tamaño medio
aceite de oliva  extra virgen
sal
chile
agua
queso parmesano o grana rallado

 









Se cortan los puerros en rodajas. Se lavan las hojas de col, quitando la parte más dura de los tallos. Se pelan y se cortan a trocitos pequeños las patatas y  se pica la col rizada. Saltear los puerros con aceite (también se puede añadir una hoja de laurel y clavo de olor), cocer a fuego medio durante unos diez minutos. Si no se quiere sentir demasiado el sabor de estas especias, retire la hoja de laurel y el clavo antes de añadir la col y las patatas. Añadir sal, una pizca de tomillo y  chile;  cubrirlo con agua caliente.  Se pone la tapa y se  deja hervir a fuego lento durante unos veinte minutos. Pruebe y sazone con sal. Tritúrelo con la batidora hasta que la verdura se quede cremosoa. Sírvalo en un plato hondo o en un bol con un poco de aceite. Se pueden añadir también unos trocitos de guindilla fresca, unos pocos copos de parmesano, trocitos  de pan tostado o semillas de sésamo.

sabato 3 dicembre 2016

La mancha de la americana


















Hacía dos o tres semanas que daba vueltas por mi cabeza la mancha roja de la americana. Me había comprado aquella chaqueta a finales de verano. Era de un algodón peinado de color marfil. No sé porque me gustaba tanto, quizás se debía al hecho de que era una de las pocas prendas que me quedaban bien encima de los vestido veraniegos.
Recuerdo que el día en que me manché acababan de llegar Julia y Elisa. Hacía tiempo que planeaban un viaje por la Toscana. Finalmente habían logrado hacerlo.
En aquella época yo estaba muy atareada en la oficina, sin embargo me apresuré para estar libre a la hora de comer. Las llamé a media mañana para saber si habían llegado y en seguida, como en nuestra niñez, empezamos a decir disparates.
Parecía que alguien enchufara y desenchufara el hilo del teléfono. La conexión se iba cada dos por tres y las frases me llegaban entrecortadas:
- …. nos gustaría ir al parque.... enfrente del hotel... fue lo poco que oí de las palabras de Julia, que era la voz cantante del grupo y la que siempre improvisaba, pues le encantaba ir a la aventura, sin guías ni planos.
Yo le respondí:
- ¿He oído bien? ¿Has dicho en frente del hotel? Es muy bonito todo el Lungarno, pero justo la zona delante de vuestro alojamiento, no mata; pero si queréis pasear por ahí, yo os acompaño encantada.
Pero no creo que les llegaran por completo mis palabras, pensé y luego me dije:
- Qué raro que Elisa, la que siempre lo organiza todo, haya cambiado de planes y quiera ir a pasear por aquella zona periférica.
Quedamos en la Torre della Zecca. Fue grazioso verlas con prendas de abrigo, pues estaba acostumbrada a sus vestidos playeros. Julia llevaba una gabardina beig y Elisa un especie de tabardo marrón. Cuando me dijeron que el parque que querían visitar era el de los jardines de Boboli, me salió una carcajada.
- No me lo podía creer que quisiérais pasar toda la mañana dando vueltas alrededor del hotel. Bueno, ahora vamos a Boboli, les dije.
A Julia y a Elisa les contagié mi alegría y las tres risueñas nos dirigimos hacia la parte alta de la ciudad. Subiendo la cuesta charlamos de trabajo, de amigos comunes, de nuestra  pareja e hijos adolescentes. Reímos de cosillas de la vida cotidiana. No dejamos de recordar anécdotas de nuestra infancia. Las palabras nos salían rápidas como si el tiempo nos apurara y tuviéramos miedo de no poder contárnoslo todo.
Visitamos la iglesia medieval de San Miniato a Monte, tiramos fotos y apoyadas en la balalustra del piazzale Michelangelo admiramos el panorama. Aquella luz matinal, típica de octubre, hacía lucir el Duomo y demás torres que sobresalían del perfil de la ciudad.
- Me parece un sueño estar de viaje sola, sin marido e hijos. Dijo Julia, divertida.
- Tienes razón ¿Por qué hemos tardado tanto en escaparnos, siendo tan fácil? Añadió Elisa con un guiño y un ademán de huir. Luego siguió diciendo:
- Los maridos nos han acompañado al aeropuerto. Mientras nosotras estábamos sentadas en el avión ellos ya se estaban ocupando de los chicos ¡Qué delicia!
A volver hacia abajo me desorienté y tomamos un camino estrecho y empinado, donde la hierba crecía entre las junturas de los adoquines. Unos antiguos muros de piedra bordeaban campos de olivos. Parecía que estuviéramos paseando por los huertos de la ciudad amurallada de antaño.
Todo estaba silencioso pues no pasaba nadie y nosotras en el último tramo también dejamos de hablar, mientras nuestras botas se movían ligeras hacia abajo.
Aquella vieja calzada nos condujo al Barrio de San Niccolò. Bajando aún más fuimos a parar a una Trattoria con un jardín, al que se subía por una escalera exterior. Nos sentamos en una mesa bajo una parra. La camarera nos aconsejó un plato de pasta casera aliñado con salsa de tomate picante, era la especialidad de la casa.
Me puse la servilleta blanca alrededor del cuello para no mancharme, sin embargo no me sirvió de nada tanto esmero, pues un fruto maduro de una planta enredadera me cayó encima. Miré mi brazo derecho y vi una mancha roja en la manga de la americana. Luego cayeron otras bolas rojizas y tuvimos que cubrir los platos con las servilletas. Por suerte ya estábamos tomando los postres.
Cuando fuimos a pagar le conté a la cajera lo que me había pasado. Se disculpó y me informó que se lo iba a decir al dueño para saber como debía actuar. Al cabo de poco me comunicaron que la casa pagaba la cuenta y que si la mancha de la chaqueta no se iba del todo ellos abonarían lo que faltara.
Mis amigas se quedaron calladas detrás de mí. Luego me confesaron que ellas no se hubieran atrevido a pedir daños y perjuicios a un restaurante. A mí en cambio me pareció una cosa natural sobre todo si uno lo reclamaba con amabilidad.
Julia y Elisa se fueron a los jardines de Boboli y yo me dirigí a la Tintorería.
- Vamos a lavarla a seco y a quitar la mancha. La prenda estará lista a finales de la semana que viene. Me dijo la encargada de la lavandería, casi sin mirarme.
Me dio un recibo y me marché no del todo convencida, pues me parecía demasiado fácil, pero me animé en seguida y diciéndome:
- No voy a echar a perder el día por una pequeñez.
Desde aquel momento perdí de vista la mancha.
Aquel fin de semana con mis amigas fue inolvidable: callejeando, fuimos a visitar muchos rincones de Firenze tan campechanas como de pequeñas. Una  noche cenamos en casa e invitamos a un amigo, quien Julia conocía de los años setenta y que no veía desde entonces; nos lo pasamos muy bien contándonos historias y haciendo bromas, al final todos nos desternillamos de risa.
Julia al despedirse de mí me dijo:
- Me lo he pasado tan bien contigo y Elisa que recordaré este viaje toda la vida. Te agradezco que nos hayas mimado y dedicado tanto tiempo. Eres una gran amiga.
Luego me abrazó fuerte, como si quisiera que las palabras sinceras que acababa de pronunciar se hicieron camino por las grietas que se  se iban abriendo en mi coraza.
- Gracias de verdad, nos ha salido todo redondo, dijo Elisa y luego añadió, escríbeme pues quiero saber como va la historia del desmanche.
- No exageréis! Yo no he hecho nada. Sois vosotras las que me habéis traído alegría y buen humor.
La semana siguiente fui a la tintorería.
- No está lista, señora. Vuelva la semana que viene. Me dijo la dueña dirigiendo la mirada hacia las pilas de ropa blanca que yacían por todas partes.
La dejé mientras doblaba servilletas, en el único trozo de mostrador que estaba libre, y refunfuñaba algo entre dientes a la chica que la ayudaba. Noté en ella un gesto de impaciencia, como si quisiera sacarse de encima un trasto.
Volví la semana siguiente. La encargada me dijo lo mismo que la otra vez, pero en un tono más afable; también noté en su cara algo distinto, su piel era más fina y relajada y sus ademanes más lentos.
- Me parece otra, pero es la misma, quizás se trate sólo del peinado nuevo, que lío me dije.
- Llame antes de volver. Siento que haga tantos viajes.
Volviendo a casa pensé:
- Aquí hay gato encerrado: la americana manchada no aparece y la tintorera tiene dos semblantes.
Llamé un par de veces y me dijeron que no aún no estaba lista la prenda.
Pasaron cinco semanas y un día en el que ya había dejado de pensar en mi chaqueta, me telefoneó la dueña de la tintorería para decirme que tras dos lavados la mancha no había desaparecido. Yo estaba a punto de decirle que me daba igual, que me  devolviera la prenda y san sé acabó, pero ella siguió diciendo:
- Si usted me da el permiso yo puedo intentarlo de nuevo con lejía.
Durante algunos segundos pasaron por mi cabeza los relatos trágicos que mi madre me contaba de pequeña: un niño se había desfigurado cayéndole encima una botella de blanqueador de un anaquel de la cocina; un chico se había tragado un poco de aquella substancia nociva pensando que fuera agua, por suerte había escupido en seguida, pero se le había quemado la boca y un poco el esofago; por último un abuelo que quiso matarse bebiendo un trago de aquel veneno y que  lo consiguió  fue  una  larga agonía.
- Es la voz de la tintorera en su faceta amable, pensé y en seguida le contesté:
- Sólo si me asegura que mi chaqueta no va a estropearse.
- No se preocupe, quizás se blanqueará un poquito, pero seguro que desaparecerá la mancha roja.
- Vale.
- El viernes ya estará lista. Perdone por las molestias, me dijo antes de colgar.
Fui a la tienda aquel viernes por la tarde, con un poco con desgana y sin ninguna esperanza, en cambio fue un milagro ver mi americana limpia. A la  encargada no parecía importarle nada de mí. Estaba enfadada con una empleada y se lo contaba a una señora mayor que planchaba en el fondo de la tienda.
- Me ha tomado el pelo durante todos esos meses, iba siempre al bar del al lado con cualquier excusa, hablaba demasiado con los clientes y era lenta. Pero la cosa que más me ha mosqueado es que me pidiera que le subiera el sueldo. Al final he tenido que despedirla.
Después de pagar le dije:
- Gracias por haberme salvado la americana.
- Se lo debe agradecer a mi hermana que es la mejor quitamanchas de la ciudad.
Volví a casa contenta porque llevaba conmigo la chaqueta y porque había descubierto que la tintorera tenía una hermana gemela.





















venerdì 18 novembre 2016

Ragazze di mare








La lettera continuava per un'altra pagina, con una grafia più frettolosa.
Prima di ricominciare a leggere, Francesca pensò alla fortuna della vecchia zia del marito nell'avere una casa di proprietà e una buona pensione e alla sfortuna della Signorina Rosa. Cercando di ricordare i tratti salienti di quella donna insignificante, le apparvero delle immagini sfuocate che diventarono sempre più nitide.
Francesca, da piccola, aprendo la porta del negozio sente le urla dei genitori di Marta, i quali stavano litigando perché era sparito un paio di guanti. Zia Rosa diceva che era stata lei a prenderli mentre Francesca sapeva che era stata Marta a sottrarli dal negozio.
“E' vero che la mia amica un po' se ne approfittava della bontà della zia -pensò Francesca- ma è altrettanto vero che la nipote spesso l'abbracciava e la sbaciucchiava”
Questo pensiero le fece riaffiorare il ricordo dell'invidia che aveva sentito vedendole vicine; forse perché sua madre, con la scusa di soffrire di una malattia polmonare, non le dimostrava mai il suo affetto.
Poi a Francesca tornarono in mente le parole della madre mentre l'aiutava a fare lo zaino per gita in montagna
- Non lasciare mai il gruppo, è facile perdersi e cadere in un burrone.
La montagna a Francesca non interessava un granché, ma era contenta di andare in gita, voleva sapere cosa si provava a dormire fuori casa. La prima notte si era sentita un po' smarrita nella tenda gelida, ma poi si era divertita scherzando e ridendo con le amiche fino all'alba. Aveva un vago ricordo delle ragazze di Milano e a ripensarci bene le aveva rimosse perché non le erano state per niente simpatiche.
Quella lettera, come ognuna delle tante che aveva ricevuto da sua madre per oltre vent'anni, la faceva rimbalzare nel passato. Dovete sapere che le missive della madre le procuravano sì allegria, ma anche il timore di venir a sapere cose che non le aveva mai detto, era come se la penna stilografica riuscisse a darle il coraggio di confessare alla figlia le sofferenze e frustrazioni che aveva. Ogni volta la grafia della madre aveva il potere di fermare il tempo e alterare la vita routinaria che con fatica Francesca si era costruita.
Si levò il cappotto e continuò a leggere la seconda parte:

I primi tempi, appena ti eri trasferita all'estero, mi hai scritto delle cartoline, io invece sono rimasta in silenzio. Ti chiederai perché non mi sono fatta viva prima? Perché solo adesso?
All'inizio ero presa da mille impegni di lavoro che mi portavano lontano e da storie d'amore complicate, adesso la cosa che mi ha maggiormente trattenuta è stata la paura di farmi vedere.
Sono arrivata presto all'appuntamento, ero emozionata. Mi sono seduta in una panchina, ma morivo dal freddo. Come tu sai bene sono molto impulsiva, quindi sono andata a comprarmi uno scialle di lana in un negozio vicino.
Si è avvicinato un uomo distinto e abbiamo cominciato a parlare. Mi ha fatto tanti complimenti. Mi ha detto che avevo molto gusto nel vestire e che gli piacevano da morire le mie scarpe. Erano delle ballerine verdi, con una grande fibbia. Me le sono messe appena è cominciato a piovere per non rovinare quelle di pelle nera scamosciata a tacco alto che indossavo prima. Ne porto sempre un paio di riserva in borsa.
Mentre quell'uomo parlava, ho preso dalla mia borsetta lo specchietto e il rossetto e facendo finta di ritoccarmi il trucco, ogni tanto guardavo verso il fondo della piazza per vedere se sbucavi.
Ti ricordi il giorno che ti ho insegnato a truccarti?

Francesca lasciò la lettera sopra il tavolo e andò a prepararsi una tazza di tè; dopo, nel sedersi di nuovo, le vennero in mente i consigli che Marta da adolescente le dava.
- Prima una linea non troppo evidente con la matita nera nella parte bassa del contorno dell'occhio, un'altra ben decisa nelle parte bassa della palpebre e poi l'ombretto sfumato sopra. Per ultimo il mascara nelle ciglia e il rossetto nelle labbra.
Poi pensò ai particolari del volto di Marta, il giorno in cui si erano riviste dopo tanti anni. Era lei, ma non era lei.
“Meno male che Marta si è alzata dalla panchina e mi ha chiamato, si disse.
Poi continuò a leggere.

La prima cosa che mi sono rifatta è stato il naso. Appeno ho guadagnato i primi soldi, mi sono recata nella miglior clinica di Milano.
Dopo qualche anno è toccato al seno, sono stata una delle prime donne nel nostro paese a sottoporsi a un intervento chirurgico, ma ne è valsa la pena, mi piacciono molto le mie nuove tette.
Verso i quaranta anni mi sono fatta tirare su le palpebre e ho cominciato con le punture di botox sulle labbra.
La maggior parte degli interventi chirurgici li ho fatti dopo i cinquanta. Non mi ricordo quanti.
Non voglio dire la mia età a nessuno. A quell'uomo della panchina gli ho detto che ne avevo quarantacinque.
Lavoro con i ritmi di una ragazza giovane, mi sento piena di energia, forse perché ho convinto me stessa di essere una quarantenne.
Non so se puoi immaginare il piacere che mi ha fatto incontrarti, ma anche la difficoltà che ho avuto a farmi vedere da te.
Hai avuto la delicatezza di non dire niente del mio nuovo volto, ma nei tuoi occhi, quando mi cercavi, nel luogo dell'appuntamento, ho notato stupore.
Poi, sedute nella terrazza del caffè, mi sono rilassata e non ho pensato più a come mi vedevi. Mi sarebbe piaciuto essere rimasta un altro po' con te, ma sarà per un'altra volta. Nel salutarci, mi hai detto una cosa che mi ha colpito e non ha smesso di gironzolarmi in testa in tutti questi giorni.
Francesca cercò di ricordare le parole che aveva pronunciato:
- Marta, abbiamo entrambe sessanta anni. Dobbiamo essere orgogliose della nostra età e della nostra vita, anche se non è esattamente come avremmo voluto che fosse, è l'unica cosa che abbiamo.
Andò in cucina a prendere un altro po' di tè, si levò le scarpe e mise il suo disco preferito di Miles Davis. Dopo qualche minuto seguitò a leggere: 
 
Indovina cosa fa il mio ultimo fidanzato? E' un chirurgo plastico. Ti fa ridere?
Ho rivisto l'uomo della panchina l'indomani del nostro incontro. Mi complico sempre la vita con storie d'amore parallele, perché? Forse perché assomiglio più di quello che pensavo a zia Rosa.
Ieri sera ho trovato in soffitta un piccolo baule con delle lettere da cui ho capito che mia zia aveva avuto una storia d'amore con un commesso viaggiatore ed era rimasta incinta. Il giovanotto era sparito e il figlio del notaio ruppe il fidanzamento. Per nascondere la gravidanza suo padre la fece andare da una parente in campagna.
Non ho ben capito cosa ne fu del neonato, ma a pensarci bene un'idea me la sono fatta. Poi zia Rosa cadde in depressione, dalla quale non si riprese mai più. Ti ricordi quando mi veniva a prendere a scuola ? Camminava con lentezza e sembrava assente, solamente quando mi prendeva la mano i suoi occhi si illuminavano. Vedo ancora i suoi bei capelli raccolti in una crocchia spettinata, mentre si gira e mi sorride.
Ieri sono andata dal mio parrucchiere, il migliore della zona, e sai cosa gli ho detto a voce alta, perché lo sentissero le altre donne?
- Ho sessanta anni!
Allora tutte mi hanno detto che non ci credevano. Mi ha fatto un sacco di bene sentirmelo dire.
Scusa se ti ho annoiata con tutte le mie storie.
Spero di vederti la prossima volta che ritornerò nella tua città
Un abbraccio
Marta

Vi chiederete cosa pensò Francesca dopo aver letto la lunga lettera dell'amica.
Prima si domandò per quale motivo Marta le avesse raccontato la storia di zia Rosa, poi si chiese cosa nascondeva quella lettera.
Rilesse di nuovo l'ultima parte e capì quello che in un primo momento aveva già sospettato.
- E se Marta fosse la figlia della Signorina Rosa?
Se così fosse, perché l'aveva fatto sapere, anche se in forma mascherata, proprio a lei? Era una delle sue solite bugie? Si domandò Francesca.
Le sembrava una storia troppo drammatica per essere vera ma, confrontando i loro volti, scoprì che entrambe erano di carnagione olivastra, avevano capelli ondulati e  gli occhi color nocciola scuri e penetranti.
Francesca rifletté lentamente e si disse che era inutile continuare a pensare che la vita era stata ingiusta con la Signorina Rosa: E' vero che le cose potevano essere andate diversamente, ma almeno c'era stata una cosa positiva in tutta quella vicenda: Marta e zia Rosa avevano vissuto sotto lo stesso tetto e si erano volute bene.
Rilesse ancora una volta le ultime righe e le piacque pensare che la sua amica si fosse finalmente liberata.
Fu allora che Francesca cominciò a ridere, immaginando il volto stupito delle donne che si trovavano nel salone di bellezza, mentre sentivano Marta dire la sua età. Dopo guardò l'orologio di cucina e si affrettò a prendere le sue cose per uscire. Spense la musica e lasciò la lettera sul tavolo dello studiolo. Era quasi in ritardo.
Mentre pedalava verso il lavoro, ancora rideva pensando alla faccia del parrucchiere nel sentire Marta per la prima volta dire una cosa vera.

domenica 6 novembre 2016

Le ragazze di mare


















Il postino era arrivato cantando, Francesca sentì la sua voce dalla finestra aperta. Quella mattina doveva andare al lavoro più tardi del solito, per questo decise di cominciare la giornata lentamente. Quindi sarebbe andata a prendere il giornale e il pane dopo una bella colazione.
La sua era una vita tutta di corsa tra ufficio e casa. In realtà si occupava di ben due abitazioni, la propria e quella di una zia ottantenne del marito che non si era mai voluta sposare. La zia abitava al primo piano di una palazzina ottocentesca. Quasi tutte le mattine andava a fare la spesa, poi si cucinava un piatto di pastasciutta piuttosto piccante, perché diceva che i peperoncini allungavano la vita. Faceva la siesta e nel pomeriggio ascoltava la radio mentre faceva la calza. Aveva tre gatti che lasciavano pelo dappertutto. La vecchia zia, vedendoci sempre di meno, non riusciva a tenere in ordine la casa, ma non ne voleva sentire parlare di aiuti domestici o badanti. Non aveva perso l'aria da maestrina, le piaceva spiegare minuziosamente ai nipoti le notizie o curiosità che aveva sentito alla radio o visto alla televisione. Francesca l'aveva quasi convinta a far pulire l'appartamento da una vicina di casa che era rimasta vedova da poco e doveva arrotondare la magra pensione, ma per il momento, quando c'era bisogno, lei e il marito correvano da una casa all'altra.
Vi chiederete se Francesca quella mattina non fosse curiosa di sapere se c'era posta per lei. In realtà le era sempre piaciuto scrivere e ricevere lettere da amici o dalla madre, ma da quando questa era mancata, non ne riceveva più. Con gli amici manteneva corrispondenza esclusivamente via mail, quindi negli ultimi tempi la sua posta si limitava ad annunci pubblicitari. Nonostante sapesse che era una cosa quasi impossibile, mentre scendeva pensò che le sarebbe piaciuto ricevere una lettera, ma quando fu in fondo alle scale, preferì non aprire la cassetta e farlo dopo, rientrando a casa.
Nella cassetta trovò, tra le solite bollette, una busta bianca senza mittente. Non riconobbe la calligrafia, ma dal francobollo e dal timbro postale capì da dove proveniva.
Salì di corsa le scale fino al secondo piano, aprì la porta e lasciò sul tavolo la busta della spesa e, senza nemmeno levarsi il cappotto, si sedette sul divano del soggiorno e lesse:
Cara Amica,
dopo tanti anni ci siamo incontrate nella tua città. Sono contenta di aver avuto il coraggio di scriverti per fissare l'appuntamento.
In tutto questo lungo tempo in cui non ci siamo viste, sono successe tante cose. Il nostro incontro è stato troppo breve. Che belle risate ci siamo fatte, raccontandoci aneddoti dell'infanzia! Ma abbiamo parlato ben poco della nostra vita di adulte.
Perché non abbiamo mai trovato il modo di incontrarci ogni volta che tu ritornavi? Lo venivo a sapere da mia madre che vedeva la tua, ogni sabato pomeriggio, dal parrucchiere. Posso immaginarle a parlare, fitto fitto, mentre erano sotto il casco ad asciugarsi i capelli.
Le altre donne, con i bigodini in testa si sentivano spavalde. Mi sembra di sentire una delle signore che chiede a mia madre con tono insolente:
- Quando hai detto che saranno le nozze di tua figlia col quel fidanzato di famiglia nobile?
Mia madre, pur di fare bella figura, riusciva sempre, con varie scuse, a rimediare dicendo:
- Il mio futuro suocero ha gravi problemi di salute, di matrimonio se ne parlerà il prossimo anno.
Non so come mai facevo così, in quel periodo avevo bisogno di apparire, volevo vedermi fotografata insieme a un uomo famoso nelle riviste di cronaca rosa. Mi intrufolavo dappertutto, bastava ci fossero giovani rampolli. Qualche volta sembrava che il fidanzamento stesse andando bene, ma poi andava a rotoli. Sì, da allora ho cominciato a mentire alla grande.
Già da piccola avevo il vizio di dire bugie, mi viene in mente una volta che siamo andate in gita in montagna, con un'associazione escursionistica. Avremo avuto tredici o quattordici anni. Credo di conservare ancora una fotografia: noi due in primo piano con i volti infreddoliti, coperte con giubbotti fuori moda, berretto di lana, pantaloni corti di velluto e calzettoni fino al ginocchio, sullo sfondo gli zaini appoggiati per terra vicino a un affioramento roccioso. Noi ragazze di mare eravamo imbranate nel maneggiare sacchi a pelo e tende, forse in realtà eravamo un po' spaesate.
Ti ricordi del giorno del nostro arrivo? E della scolaresca di Milano che abbiamo incontrato? Erano sistemate accanto a dove noi dovevamo piantare le tende, vicino la casa rifugio dove si mangiava e si andava in bagno. Che freddo che abbiamo patito!
Sicuro che ti sei accorta che una notte di nascosto sono andata a dormire nella tenda delle milanesi. Avevo come sempre esagerato raccontando loro che i miei erano molto ricchi. Per questo il giorno dopo vi evitavo e stavo sempre con le ragazze di città.
Mi vergognavo di voi, le mie care amiche d'infanzia. Mi sembravate tutte grezze e sempliciotte. Le vostre unghie era in disordine, come i vostri capelli. Mentre io fin da piccola ci tenevo molto all'aspetto fisico. Sapevo di non essere bella, ma ce la mettevo tutta per esserlo, avevo cominciato a vestirmi elegante e ad usare scarpe con un po' di tacco. Potrai immaginare quanto ho sofferto durante quella gita, cui mia madre si era ostinata a farmi partecipare. Mi sentivo brutta, infagottata in quegli orribili indumenti che tra l'altro erano di mia cugina, bassa senza i miei mocassini col tacco e avevo cominciato a depilarmi le gambe non vedendo l'ora di ritornare a casa per farmi la ceretta perché sentivo i peli che ogni giorno crescevano di un millimetro.
Non ti ho mai detto che una sera una delle ragazze di Milano propose un gioco di ruolo, così lo chiamava lei, che consisteva nel fare finta di essere una coppia adulta di innamorati, quindi a forza di carezze e manipolazioni era diventato un gioco sessuale. Voi ragazze di mare eravate molti anni luce da quel mondo, pettinavate ancora le bambole. Dopo quella gita ho cominciato a frequentare ragazzi di città e d'estate giovani villeggianti che venivano a passare le vacanze nel nostro paese. Non mi interessavate più né voi né i maschi della nostra età, nonostante due di loro, i più belli, mi avessero fatto perdere la testa l'anno prima.
Non fraintendermi, mi piaceva anche stare con voi, perché eravate allegre, ma i maschi di città mi attraevano di più. Mi sentivo dimezzata, da una parte c'eravate voi dall'altra c'era la mia via di fuga. Ripensandoci adesso forse avevo troppa fretta di tuffarmi nel mondo degli adulti.
Tu non avevi mai detto di voler partire. Sembravi tranquilla, ricordo che l'unica cosa che ti dava fastidio era il fatto che ti affibbiassero come fidanzato un ragazzo del paese. Volevi essere libera. Poi quando è stata l'ora hai preso la decisione di abbandonare la nostra terra, andando prima a studiare in città e poi all'estero. Io invece che ero la più disinibita e decisa a fuggire, sono ancora incatenata al nostro paese.
Penso che se mio padre non avesse ereditato il negozio di sartoria nella piazza principale, le cose sarebbero andate diversamente: i miei genitori non avrebbero ingrandito l'attività, smerciando ogni genere di abbigliamento, non avrebbero pensato solo a vendere per fare un mucchio di soldi e soprattutto non avrebbero trascorso l'intera giornata in negozio.
Ti ricordi quelle volte che venivi a prendermi per andare a giocare? Mentre mi aspettavi ti mettervi dietro il bancone e guardavi come mia madre incantava le clienti con le sue chiacchiere. Io detestavo quel negozio.
Non ti ho mai fatto salire nella nostra casa, sopra la bottega. Si sviluppava su due piani: al primo la cucina, il salone, sempre pieno di merce, e un piccolo bagnetto, al secondo due camere da letto e uno stanzino. Per noi era tutto un sali e scendi, per questo eravamo sempre nel retrobottega, la nostra abitazione era diventata un accessorio.
Sono stata cresciuta da zia Rosa insieme ai miei fratelli. Ti viene in mente? Aveva sempre un grembiule color topo, come i sui capelli.
Era una brava donna, ma piena di insicurezze e sensi di colpa. Non si sentiva a suo agio con mia madre, la quale non la poteva soffrire e la trattava come una serva. Mi diceva che avrebbe voluto aver una casa di proprietà e un lavoro, ma purtroppo in quei tempi era usanza che le donne nubili vivessero con uno dei fratelli coniugati, per occuparsi delle faccende domestiche e allevare i nipotini.
Povera zia Rosa! Quando ci ripenso mi viene la pelle d'oca, immaginando la misera vita che le toccò fare, sempre chiusa in casa, a pulire, cucinare e allevare figli altrui. Inoltre i miei genitori erano piuttosto tirchi, come del resto gran parte della mia famiglia. La povera zia, si recava al mercato alla fine della mattinata per raccogliere i capi rotti di frutta e verdura. Poi la sera andava dalla pescivendola, dove verso le sette arrivava il pesce fresco dal porto. Ne comprava poco, ma chiedeva sempre che le regalassero code o teste per la sua pentola. L'odore di zuppa di pesce o di frittura impregnava tutta la casa, insieme al tanfo del cavolo che di solito in inverno faceva bollire a lungo.
La domenica era l'unico giorno che la vedevo sorridere, forse perché dopo la messa andava a trovare l'unica amica che aveva.
I miei nonni sono morti quando ero troppo piccola, non ho nessun ricordo di loro, ma zia Rosa mi parlava spesso di suo padre, il quale era molto amico di tuo nonno materno, credo che andassero insieme in cerca di uccelli, non tanto per mangiarli, quanto per tenerli in una gabbia. Mio nonno aveva una gran passione per i volatili e poca per il lavoro. Sua moglie in bottega doveva fare di nascosto l'usuraia per tirare avanti la famiglia.
Mi piace pensare che ognuno di noi abbia preso qualcosa dei propri antenati, ma di zia Rosa non riuscivo a realizzare cosa avessi ereditato. Fino a che l'altro giorno, ho trovato dentro un suo libro un ritaglio di giornale locale che diceva:
I Signori Lattuada annunciano il fidanzamento della loro figlia Rosa con il giovane Ernesto Giraldi, figlio dell'illustre Notaio della nostra cittadina. Le nozze sono previste per la prossima primavera”.
Zia Rosa non mi aveva mai parlato del suo fidanzato, ma pensandoci bene, mi vengono in mente sprazzi di conversazione che sentivo quando mi portava dalla sua amica, la quale ci offriva sempre una cioccolata calda.
Non ti ho detto che ultimamente ho più tempo libero, ho lasciato il mio impiego, adesso lavoro in proprio, ma con la crisi le cose non vanno del tutto bene.
Ho deciso di vendere alcune proprietà che mi sono rimaste in paese.
Adesso vado a letto, mi sento strana nella casa dove sono nata e cresciuta. Con i miei fratelli l'abbiamo tenuta in piedi, ma adesso dobbiamo proprio venderla perché cade a pezzi.
Mi ha fatto molto bene rivederti. Adesso sono più tranquilla, avevo paura di non essere riconosciuta da te. Ti devo raccontare ancora tante cose.

martedì 25 ottobre 2016

Harlem















Una mañana fuimos a desayunar  a un pequeño café en Soho, con nuestros amigos americanos, Edgar y  Valerio, quienes habían vivido juntos algunos años en  aquel barrio de Manhattan. Para ellos fue casi un almuerzo pues comieron cantidad, platos a base de huevos y embutidos, nosotros en cambio nos conformamos con un zumo de naranja y unos bollos.  Edgar estaba muy acatarrado y después de haber charlado y reído, largo rato con nosotros, se marchó. Valerio en cambio se quedó con nosotros.
Él conocía muy bien La Gran Manzana, no solo porque nació en Little Italy, sino porque era historiador y años atrás hizo parte del grupo del Ayuntamiento de N. York que organizaba exposiciones y eventos artísticos.
Aquel italo-americano, enjuto y con aire intelectual, nos llevó a visitar la zona del West Village y de Chelsea, donde vimos  muchas galerías de arte. Nos iba contando la historia de edificios antiguos y de calles famosas, pero cuando llegamos en frente del local Stonewall Inn, su voz cambió, se le notaba emocionado.  Seguimos andando hasta llegar al barrio de Mildtown donde Valerio se despidió de nosotros porque tenía que ir a su despacho.
Por la tarde fuimos a la Central station. Recordé algunas escenas fílmicas en que los protagonistas, de prisa, de prisa, compraban un billete de tren, quien sabe para dónde, en las mismísimas taquillas de ahora. No habían caído en desuso como sucede siempre modernizando los edificios públicos del siglo pasado. Después visitamos la Biblioteca central y subiendo por las inmensas escaleras de mármol, reconocimos también una escena de una  película famosa de ciencia ficción.
Al día siguiente nos llamó Simón para invitarnos a dar una vuelta en coche por Harlem, la parte norte de Manhattan donde la población es casi toda afroamericana. Para llegar pasamos por el barrio de Bronx y tomamos una serie de autovías llenas de baches que nos hicieron brincar en el asiento de atrás.
Harlem nos pareció un barrio vivo y genuino, donde vivían personas de verdad, al contrario de la parte sur de Manhattan, que a menudo parecía un mundo de ficción. Era un lugar tranquilo, no vimos escenas de violencia como temíamos.
Había calles con casas adosadas estilo inglés, bien reformadas y arregladas.
- Últimamente se van mudando en el barrio nuevas familias, porque las viviendas son más baratas y hay más zonas verdes para los niños pequeños, nos dijo Simón.
Al anochecer fuimos a cenar a un restaurante típico de Harlem, uno de los más antiguos,  de comida casera y especialidades sureñas. Es allí donde conocimos a Nuria, una mujer dominicana con la que estuvimos muy a gusto toda la velada. Nuria no era tan solo alegre y simpática, era sobre todo sencilla e inmediata. Empezamos hablando de anécdotas y curiosidades de nuestros últimos viajes. Nuria dijo:
- A mí me encanta viajar, pero prefiero los países donde pueda ir a ver a un amigo.
Luego esperando que el camarero, un negrito muy alto y bien plantado, nos trajera los varios platos charlamos un poco de todo. Ella nos contó que algunos meses atrás se había mudado de Brooklyn a la zona norte de Harlem,  al separase del marido.
- A pesar de lo duro que fue divorciarme, estoy apreciando la vuelta que ha dado mi vida, porque he conseguido volver a ver a viejos amigos, he escrito de nuevo poesías y recién ahora estoy saliendo con Simón, a quien conocí años atrás.
Noté que las dos teníamos muchas cosas en común, además ambas éramos profesoras de bachillerato ¡ Qué coincidencia!
- Es todo un lujo sentirse  bien con una persona que acabamos de conocer. Pensé.
Nos despedimos de Nuria en la boca del metro, nos dijo que sentía mucho no poder trasnochar con nosotros, ya que tenía que  regresar  a  su casa  pues tenía una hija adolescente.
Fuimos en el diminuto coche de Simón a un local del East Village donde algunos grupos de músicos tocaban jazz.
Bajamos por unas escaleras empinadas a un sótano. Simón fue el primero en descender y sacó las entradas. El local era pequeño, sin embargo acogedor. Había pocas sillas libres. Me senté al lado de una chica asiática, quien al oírme hablar con mi hija, se puso a charlar conmigo en castellano y luego en catalán, diciéndome que había vivido un año en Barcelona.
De vez en cuando miraba a Simón, a mi lado, que bebía una cerveza, sonriendo y moviéndose al compás de la música. Lo ví feliz.
Volviendo a Brooklyn Simón, mientras conducía, nos contó que Nuria, veinte años atrás era paciente suya. Le pareció enseguida una mujer excepcional, pero en aquel entonces él estaba casado. A pesar de que su matrimonio no funcionara, temía que sus hijos fueran demasiado pequeños para soportar una separación, por eso se sacó de la cabeza a la chica mulata que tanto le gustaba. Ella se mudó de barrio y poco a poco se perdieron de vista. Simón algunos años más tarde, vendió su vivienda en Tribeca, que en pocos años se había puesto de moda, subiendo enormemente de valor. Con lo que sacó de la venta pudo comprar más de un apartamento en Williamsburg; luego se separó definitivamente de su esposa. En aquella época se dedicó a ayudar con ímpetu a sus hijos hasta que acabaron la carrera universitaria y por supuesto también a todos sus pacientes, además siguió viajando y viendo a sus amigos; hasta que un día Nuria volvió a su consulta. De esta manera nació su enamoramiento.
De madrugada la calle Carlton street de Brooklyn tenía algo especial,  brillaba como si le hubieran lustrado los ladrillos de las fachadas. Simón aparcó su coche entre dos árboles y allí nos despedimos. Sus abrazos fueron cálidos como aquella noche que habíamos transcurrido juntos.
Acurrucada en la cama, no por el frío sino por la mezcla de alegría y de cansancio que sentía, sonreí recordando el desayuno con Edgar y Valerio y la velada con Simón y Nuria.
- ¿Por qué me gustaban tanto las pequeñas cosas de aquellos días en N. York? Me pregunté, mientras empezaba a oír la respiración pausada del hombre que estaba echado a mi lado.
Quizás porque, como a Nuria, a mí también me encantaba viajar a países donde viviera algún amigo. Seguí reflexionando despacio hasta que mis ojos se fueron cerrando.