lunedì 21 luglio 2014

El astronauta















Aquella tarde el equipo nacional jugaba un partido del campeonato Mundial de fútbol. Eloisa no tenía ganas de quedarse en casa mirando la tele con su marido e hijo. Decidió  salir e ir a pasear por la ciudad. Dejó la bicicleta en el garaje e se fue andando por el casco antiguo sin ninguna meta.
Al principio le pareció muy raro que hubiera tan poca gente por la calle, luego cayó en la cuenta de que todo el mundo estaría viendo el partido.
Había uno que otro turista que ya iba retirándose al hotel o hacia el autocar que los llevaría a otra ciudad donde harían noche. Algunos dependientes habían salido al portal de las tiendas porque estaban un poco aburridos sin nada que hacer.
Los pasos de Eloisa resonaban por la calzada de aquellas calles estrechas y por eso tan frescas en verano. Unos músicos ambulantes recogían sus instrumentos para marcharse, viendo que no había público.
La luz del ocaso iluminaba la parte baja de  los edificios antiguos, que desde hacía tantos siglos  miraban inmóviles, casi a escondidas, a los transeúntes que pasaban.
Eloisa, andaba despacio, observando todos los detalles por eso le parecía como si estuviera en otra ciudad.
- ¿Cuánta gente habrá vivido, trabajado, reído, llorado, comido, bebido, peleado y amado detrás de aquellas ventanas? ¿Cuántos chiquillos habrán jugado o correteado por esas calles? ¿Cuántos niños habrán nacido y cuántos viejecitos habrán muerto en las camas de las alcobas de aquellas casas? Se preguntaba.
- Somos siempre las mismas personas, aunque nos vayamos relevando, hacemos, siglo tras siglo, las mismas cosas, y siempre volvemos a los mismos fallos. Se decía.
- ¡Nos queremos tan poco a nosotros mismos!! Tememos siempre el juicio de los demás. Por eso nos cuesta respetar a nuestros semejantes. ¿Qué nos pasa? Creo que muchos tenemos miedo de vivir y por consiguiente de morir. Miedo de la vida y miedo de la muerte, ese es el mal, acabó diciéndose Eloisa casi en voz alta mirando hacia aquellas ventanas abiertas de par en par.
Las campanadas de una  iglesia cercana, que  iban anunciando las ocho de la tarde, inundaron la calzada  haciendo vibrar su  piel  como si una corriente plácida y tibia la acariciara. Eso la sacó de sus pensamientos y un bienestar inesperado la contagió.
Un mendigo que también se estaba marchando, mientras arrinconaba unos carteles para el día siguiente, le sonrió.
El hombre, no era tan viejo como había parecido al principio debido a su  viejo indumentario y a su cuerpo encorvado.
Cuando se levantó él le dijo:
-  ¡Buenas tardes!
Ella se quedó embobada mirando a aquel personaje que de pie mostraba un porte distinguido. No olía del todo bien pero era educado y tenía un no se qué de carismático.
- Me llaman El astronauta y soy de Barcelona. Mire esas revistas. ¿Puede comprarme una? 
- Las editamos los locos y los vagabundos, los que no tenemos nada que perder y muchas cosas que ofrecer a los demás. Por lo que se refiere a la imprenta nos ayuda una parroquia de la ciudad. Escribimos poesías y relatos sobre nuestras vidas. Así ganamos un dinerito. Siguió diciendo.
- Puede hablarme en catalán, porque yo también soy de su tierra.  Me llamo Eloisa pero  todo el mundo desde pequeña me llama Lisa, sin embargo ahora que tengo casi sesenta años empiezo a  apreciar la belleza  de mi nombre. Le dijo ella contenta de haberle contado aquella cosa que todavía no había dicho a nadie.
- Me emociona pensar en Cataluña, hace mucho tiempo que me marché, me gustaría volver, pero no puedo con toda mi alma. Dejé allí todo lo que tenía: mi  primera esposa,  a quien tanto quise; mi piso que pasó a manos de mi segunda mujer, quien tiempo atrás me había echado de nuestro hogar; mi trabajo como administrativo en una empresa, del que me despidieron; mi coche, donde dormí durante muchos meses; mis amigos, quienes querían prestarme dinero, que por orgullo no acepté; mi madre, a quien no tuve el valor para decirle que había tocado el fondo. Dicho esto se mantuvo callado unos segundos  mientras  se apoyaba con las manos  en la pared.
- Encontré por casualidad hace unos meses a un conocido de Barcelona, quien me dijo que mi madre todavía estaba viva y que la cuidaba una señora de fiar. Le escribí a ella una carta prometiéndole que iría a verla y se la di al señor de Barcelona, pero no se si le habrá llegado. Quisiera volver, sin embargo algo en mi interior no me deja que huya del mundo donde me he refugiado durante todos esos años.
- Si quiere cuando yo regrese a Barcelona puedo ir a ver a su madre para decirle que usted está bien. Le dijo sonriendo Lisa.
- Vagabundeando por el mundo se abandona el pasado, se aprende a vivir el presente, se acepta sin rechistar lo que va llegando y se pierde el miedo que todos tenemos de morir. 
Ahora tengo que irme, mañana le voy a dar las señas de mi madre. Venga aquí a la misma hora, la estaré esperando. ¡No se olvide de comprarme la revista!  Lo dijo  dibujando una sonrisa en su boca pequeña que iluminó su rostro aguileño y sus ojos negros, que  antes parecían apagados, empezaron a destellar.
- Vale, deme una, aquí tiene unas monedas. Entonces hasta mañana, volveré a la misma hora. Adiós. Las últimas frases se las dijo de prisa, como hacía siempre cuando hablaba catalán.
Eloisa  se fue andando hacia una tienda de óptica, para mirar monturas, pues hacía unos  días que había caído en la cuenta de que necesitaba cambiar las gafas para observar mejor los detalles.
Mirando a través del cristal del escaparate vio el reflejo del Astronauta quien iba  moviéndose despacio por la acera. Sintió por él un  poca  de pena  mezclada con mucha veneración. 
- ¿Por qué  siento admiración por ese  pobre hombre que no logra ni ir a ver a su madre? Se preguntó Eloisa.
- Será porque el Astronauta  ha  ido aprendiendo a aceptar lo bueno y lo malo de toda la vida  y  no  le tiene miedo a  la muerte. Mientras pensaba eso desde una de ventanas abiertas salió un  grito: ¡Gol!

giovedì 3 luglio 2014

Nessuno scrive alla professoressa












Avevo cinquantacinque anni, quando pensai che in tutti quegli anni d'insegnamento nessuno dei miei studenti mi aveva mai scritto una lettera, un po' ne ero dispiaciuta. Quel  pensiero, in quella mattina grigia, mi era venuto in mente ricordando Laura, i viaggi che facevamo insieme in macchina e la lettera che le aveva scritto  un suo vecchio alunno.
Molti anni prima avevo vinto un concorso per insegnare alle scuole superiori, allora avevo circa trent'anni. Ricordo che all'inizio avevo timore ad insegnare in una lingua che non padroneggiavo completamente, ma il bel rapporto che nacque con gli studenti fece svanire in breve le mie paure. Dopo alcuni anni, ci furono dei tagli nel bilancio statale con la conseguenza che, essendo una delle ultime in graduatoria, dovetti lasciare la mia cattedra a Firenze per andare a insegnare nel Mugello.
Subito ho fatto amicizia con alcuni colleghi, pendolari come me. Tutte le mattine ci trovavamo in un punto di Via Faentina, dove sotto un grande albero, lasciavamo parcheggiate le auto. Poi salivamo tutti su un'unica vettura che, a rotazione, ciascuno di noi metteva a disposizione degli altri. Ogni giorno percorrevamo la strada da Firenze a Borgo San Lorenzo, spesso chiacchierando e ridendo e, nonostante la levataccia, quei viaggi mi piacevano. Un collega di italiano, il "professore poeta", così veniva chiamato da tutti, era sempre malinconico, ma grazie a lui ho apprezzato l'intensità dei colori delle campagne autunnali che traversavamo.
Due volte la settimana, cominciavo le lezioni alle dieci e mi trovavo a viaggiare solo con Laura, la quale, ogni mercoledì, prendeva la sua macchina, in quei giorni mi alzavo contenta perché mi piaceva percorrere la strada con lei. Aveva qualche anno più di me, un figlio adulto, un marito innamorato e una gran passione per la storia e la filosofia, materie che insegnava nel nostro Liceo. La macchina di Laura era vecchia ma robusta, la sua guida era rilassante, in quell' abitacolo caldo ci siamo raccontate brandelli della nostra vita. Laura era molto premurosa, spesso mi portava, per le mie esperienze di laboratorio, dei limoni e pane ammuffiti.
Ricordo la volta in cui, mentre guidavo concentrata la mia piccola utilitaria bianca, attenta a non finire sul ghiaccio accumulato al bordo della strada, Laura mi disse che voleva leggermi una lettera di un suo allievo di qualche anno prima, che si era trasferito negli Stati Uniti.
Era una lettera bellissima, che cominciava così:
Cara Professoressa mi ricordo ancora di lei.............
Ne rimasi folgorata e contagiata dal piacere che Laura aveva provato nel riceverla e nel rileggermela. 
Forse era stata una coincidenza, ma il caso aveva voluto che qualche giorno dopo quei nostalgici ricordi dei viaggi con Laura, una mia alunna mi scivesse una  lettera. Ma partiamo dall'inizio:
Una mattina, nell'aula della seconda  G della scuola fiorentina dove lavoravo da un po' di anni, ho visto Elena triste, seduta da sola all'ultimo banco. Quel giorno quando siamo andati nel laboratorio di Biologia, per eseguire delle esercitazioni, lei è rimasta seduta nella sua postazione iniziale, quasi senza guardare nel microscopio. Era da qualche settimana che avevo notato il suo disinteresse durante le mie lezioni e mi aveva colpito perché per tutto l'anno precedente era stata una delle più entusiaste della classe, soprattutto quando in laboratorio osservavamo le cellule animali e vegetali, i microorganismi e altri preparati.
Elena non era la stessa di sempre.
Così all'uscita della lezione le ho parlato. Sembrava che non aspettasse altro, ha cominciato a chiacchierare, prima serenamente, dopo impazientemente chiedendo il mio aiuto. Voleva cambiare scuola, non si trovava bene nella classe, pensava di essersi sbagliata nella scelta del Liceo e desiderava andare in un Liceo Artistico. Qualche giorno dopo sono venuta a sapere, che anche altre alunne della classe erano scoraggiate e insoddisfatte questo mi aveva colpito e rattristito.
Dopo qualche settimana i genitori di Elena hanno deciso di lasciarle cambiare scuola. La  perdita di un' alunna è stato sempre un gran dispiacere per me, ma in quell'occasione ho voluto pensare che  trasferirsi in un'altra scuola sarebbe stato la miglior cosa per lei.
La mattina del sabato in cui Elena se ne sarebbe andata via, mi sono svegliata con un pensiero fisso. Dovevo fare qualcosa per la seconda G, avrei dovuto trasmettere a tutta la classe, non sapevo ancora come,  la bellezza della vita, indurre ad apprezzare che il dono più grande che tutti abbiamo è quello di essere nati e  far capire che con tenacia e umiltà si possono superare tutti gli ostacoli che vai via ci si presentano, questo sarebbe stato anche  il mio saluto a Elena.
In quei giorni stavo spiegando un argomento di genetica, in particolare la trasmissione dei geni dei gruppi sanguigni. Quella mattina mentre facevo colazione, sorseggiando un tè caldo e leggendo il giornale, mi è tornato in mente, un racconto che avevo scritto alcuni mesi prima.
Lo scritto parlava della mia nascita prematura a causa del sangue Rh negativo di mia madre e finiva dicendo che  ringraziavo un testo universitario di Biologia, che  un rappresentante mi aveva regalato, per avermi fatto capire che ero una donna felice perché ero nata o meglio perché avevo lottato per poter nascere e ci ero riuscita.
In quel momento ho pensato istintivamente che scienze e narrativa potevano essere un buon abbinamento.
Dopo aver introdotto l'argomento di genetica sull'ampliamento delle leggi di Mendel, ho detto alle mie allieve che gli ultimi minuti di lezione, sarebbero stati dedicati alla lettura di un mio racconto, basato appunto sui gruppi sanguigni.
Ero un po' emozionata, era la prima volta che leggevo un mio scritto a una classe.
Nell'aula c'era uno strano silenzio, sentivo la mia voce, con la mia caratteristica inflessione spagnola o meglio catalana.
Dopo qualche giorno mi è arrivata una lettera di Elena che diceva:
Cara Professoressa:
E' da più di un anno che ci conosciamo e penso che il rapporto che si è instaurato, per quanto bello è genuino, è sempre un legame tra insegnate e alunno che non permette a nessuno dei due di conoscersi totalmente, spesso a causa di “cliché gerarchici”.
Oggi, però siamo riuscite a conoscere una grande verità, che lei è riuscita a trasmetterci anche commuovendoci: la vita è un meraviglioso regalo ed essendo unica va vissuta al meglio. Ci ha inoltre dimostrato che lei nutre una vera passione per la sua materia, cosa non scontata per molti professori, facendoci vedere come la scienza è comunque presente nel vivere quotidiano.
Non saprei cosa aggiungere se non grazie di cuore per tutto ciò che mi ha insegnato e trasmesso.
Elena
Da quel giorno non potevo più dire, nessuno scrive alla professoressa.