sabato 22 febbraio 2014

Persianas verdes - Persiane verdi










Hacía más de 25 años que desde mi cuarto veía dos ventanas gastadas, sin postigos y ni siquiera protegidas por las persianas verdes, típicas de Toscana.
Una mañana de finales de verano llegó un pelotón de albañiles y  montó un andamio; entonces comprendí que la inquilina de en frente, se había mudado.
Siendo la calle, donde se asoman las ventanas de nuestra casa, bastante estrecha, en verano al dejarlas abiertas de par en par, llegaban a mis oídos algunos trozos de conversión que salían del tercer piso del edificio de en frente.
- No me iré de esta casa ni que me maten, decía la vecina.
- Mujer, no te obsesiones con ese apartamento que es un cuchitril, le decía su novio de aquella época.
- El dueño quiere desahuciarme, pero yo lucharé hasta al final
La inquilina de en frente muy a menudo cambiaba de novio. Al principio eran de su edad y del país, sin embargo poco a poco los  íbamos viendo más jóvenes y además extranjeros. Uno de ellos, un día, gritó y pataleó muchas horas en frente de su  puerta con una maleta y otros enseres suyos desparramados por la calle; ella enojadísima  se  los había echado por la ventana.
Tenía muy mal genio nuestra vecina, eso pensaba yo hasta que un día una amiga mía, que la conocía, pues había enseñado con ella en una escuela  donde trabajaba desde hacia muchos años, me dijo:
- Era una buena maestra y se le apreciaba mucho por la paciencia que tenía con los niños, luego suspiró y siguió diciendo;
- Sin embargo era muy rara; fíjate nunca quiso cambiar de colegio, prefería madrugar para tomar un autocar  de línea cada mañana. Sentenció mi amiga con énfasis.
- Seguramente le gustaba aquel ambiente escolar, le dije yo.
- No te creas, no se relacionaba con nadie, no quería que sus compañeros supieran nada de su vida.
- ¡No exageres! Quizá  no le guste cambiar sus costumbres. Le contesté yo.
- No sé, no sé; sigo pensando que era muy extraña.
Aprendí a conocer y a encariñarme con aquella mujer través de las palabras tristes que dirigía de vez en cuando a su madre:
- No te invito nunca a mi casa porque siempre me criticas. 
- Piensas que soy una fracasada y te avergüenzas de mí porque no terminé la carrera, añadía pronunciándolo como una letanía.
- No te quiero ver nunca más, jamás, jamás, decía eso sollozando, asomada a la ventana y con el teléfono  en la mano.
Las únicas veces que oía su voz alegre era cuando llamaba a su gato que corría por los tejados, sin embargo un atardecer estaba como loca buscando al gatito, mientras que con el novio de turno ponía una tabla de madera entre su ventana y la pared de la casa lindante. Al cabo de muchas horas, el gato volvió pasando por la tabla, que luego nadie se molestó en sacar.
No miraba ni saludaba nunca a los vecinos, pasaba por la calle altiva y segura de sí misma. Parecía que no le interesara el mundo de su alrededor. Sin embargo un día a finales de verano descubrí que nos observaba.
Por aquel entonces  mi marido se había caído de la bicicleta y se había roto una clavícula. Llevaba en los hombros un vendaje elastico en ocho y yo le ayudaba a pasar las horas lentas de convalecencia. Aquella tarde bochornosa le estaba dando masajes en la espalda; mientras frotaba lentamente sus músculos miré hacia lo alto y vi que los ojos vivarachos de la maestra nos espiaban. Se escondió en seguida  y nunca más volví a cruzarme con su mirada.
Durante los últimos años sus ventanas, iban perdiendo color, los cristales estaban polvorientos, una cinta adhesiva pegaba dos trozos del vidrios quebrados y las plantas de las macetas estaban mustias; lo mismo pasaba con ella, su tez, su pelo y todo su cuerpo iba descoloriéndose y deformándose, a pesar de haber tenido siempre un porte distinguido y una figura esbelta. La veía algunas mañanas en la puerta del bar del barrio, con un vaso de vino en  una mano  y un cigarrillo en la otra.
Parecía que su vigor la hubiera abandonado. Los novios poco a poco iban desapareciendo y creo que  por aquella época se jubiló.
No supimos nada más de ella, quien seguramente había debido dejar el piso cuando nosotros estábamos de vacaciones.
Hace un par de días, que mirando hacia arriba, vi las nuevas persianas verdes; estaban abiertas y en el alféizar  había macetas con geranios floridos que daban  vida y alegría a la fachada; de esas ventanas renovadas salía  por la noche una  luz cálida.
- ¿Cómo te imaginas a  los nuevos inquilinos? Le pregunté esa noche a mi marido
- Será una pareja joven, dijo él, sin darle importancia.
El domingo siguiente por la mañana, cuando todavía estábamos en la cama, tal vez estimulado por mi pregunta de dos días atrás, tal vez insatisfecho con su respuesta, volvió al tema contándome lo que había soñado aquella noche: 

En un pueblo de la costa, una niña está sentada en una silla junto a la puerta de la casa, la calle está desierta y ella está hojeando un libro ilustrado.
De vez en cuando a través de la ventana abierta llega la voz de una mujer, quien la llama con tono cariñoso como para asegurarse de su presencia; Entonces, ella levanta la vista del libro y responde a la mujer siempre con la misma frase: "Abuela, estoy aquí, estoy leyendo una nueva historia"
Cuando la niña entra en la casa, bajo la tenue luz de la habitación ve a una mujer desconocida, hablando animadamente con su abuela, tiene un cigarrillo entre los dedos de la mano izquierda y con la mano derecha hace gestos perentorios. Cruzando la habitación donde las dos mujeres discuten, ve su reflejo en el cristal polvoriento de un cuadro colgado en la pared: se reconoce a sí misma de adulta en la imagen borrosa de una cara que sonríe.
Las dos mujeres se abrazan. La mujer joven ahora se mira las manos blancas mientras deshace una maleta que descansa sobre una cama, en una habitación en la que nunca había dormido antes, entre la poca ropa de verano está guardada una caja de cartón llena hojas de colores. En cada folleto ha escrito  una palabra con letra bella. Con calma, como si estuviera componiendo un mosaico, la joven comienza a empapelar las paredes de la habitación eligiendo un lugar adecuado para cada hoja, una ráfaga de viento mueve las persianas y ella sonríe mirando como caen las hojas de colores.


Iba  reconstruyéndo el sueño a través de una serie de fragmentos, pero se interrumpió admitiendo que eran sólo sensaciones y que quizás no estaban relacionadas las imágenes del sueño con el apartamento  de persianas verdes.
Mientras tanto, sopló un viento fuerte que sacudió las cortinas; me levanté y abrí los postigos de par en par. Mirando hacia las ventanas de la fachada de enfrente, vi volar ráfagas de  pétalos de geranio, como una nube de confeti de colores; detrás del espacio que dejaban los postigos casi cerrados entreví la cara sonriente de una chica joven y noté sus manos blancas que abrían lentamente las persianas verdes.  Me asombró y me alegró  oír  su voz dulce que me decía:
- ¡Buenos días!

           
Persiane verdi
Da oltre 25 anni, dalla mia camera, vedevo due vecchie finestre senza imposte e nemmeno protette dalle persiane verdi tanto comuni in Toscana.
Una mattina di fine estate era arrivata una squadra di muratori che aveva montato rapidamente un ponteggio, fu allora che mi resi conto che l'inquilina di fronte era andata via.
Le finestre della nostra casa si affacciano su una strada molto stretta del centro di Firenze e d'estate, dopo il tramonto, sono spalancate  per fare entrare un po' d'aria; ed  una di quelle sere estive di qualche anno fa che ho sentito alcuni pezzi di conversazione provenienti dal terzo piano del palazzo di fronte:
- Non lascerò questa casa nemmeno morta, diceva la nostra vicina.
- Cara, non ossessionarti non ne vale la pena, questo appartamento è un cesso, diceva il fidanzato di allora.
- Il padrone di casa mi vuole sfrattare, ma io mi batterò fino alla fine! sosteneva lei.
L'inquilina di fronte  cambiava spesso  fidanzato. All'inizio erano italiani e suoi coetanei, ma col passare degli anni sono comparsi uomini sempre più giovani ed stranieri. Un giorno uno di questi giovani urlò e si disperò per ore davanti alla porta dell'edificio con una valigia aperta e gli effetti personali sparsi sulla strada;  in un momento di rabbia,  lei gli aveva gettato tutta la sua roba dalla finestra.
Aveva un brutto carattere la nostra vicina, così pensavo finché una mia amica, che la conosceva perché aveva lavorato nella stessa scuola dove lei insegnava da anni, mi disse: - E' stata una buona insegnante ed era molto apprezzata per la pazienza che aveva con i bambini, poi sospirando  concluse dicendo:
- però era  anche un po' strana. Pensa!  non aveva mai voluto chiedere il trasferimento in città, preferendo prendere all'alba un pullman tutte le mattine all'alba, disse la mia amica con enfasi.
- Forse le piaceva quell'ambiente scolastico, dissi io.
- Non credo, non parlava mai con nessuno di noi e non voleva che i colleghi sapessero niente della sua vita.
- Non esagerare. !Forse non le piaceva cambiare le proprie abitudini. Ho risposto io.
- Non lo so, io continuo a pensare che era, e forse e lo è ancora, una donna bizzarra.
Ho imparato a conoscere e ad affezionarmi alla
maestra attraverso le parole tristi che a volte rivolgeva alla madre:
- Non ti faccio venire mai a casa perché hai sempre da rimproverarmi qualcosa.
- Pensi che io sia una perdente; ti vergogni di me perché non mi sono mai laureata e diceva quell'ultima frase come una litania. Poi si affacciava alla finestra, come se volesse farlo sapere a tutta la strada e diceva singhiozzando:
- Non ti voglio più vedere, mai più, mai più.
Le uniche volte che la sentivo allegra era quando chiamava il suo gatto, che di solito gironzolava per i tetti. Un giorno al tramonto, però la sentii molto agitata in cerca del gattino mentre col fidanzato di turno sistemava un asse di legno tra la sua finestra e le tegole della casa adiacente. Dopo molte ore, il gatto era rincasato attraverso la passerella, che poi  però nessuno si era preoccupato di rimuovere.
Passava per la strada con portamento  altero senza rivolgere lo sguardo eil saluto ai vicini. Sembrava come se non fosse interessata al mondo che la circondava. Questo suo incidere fiero e sicuro non veniva però ostentato, in lei appariva piuttosto com e un'abitudine naturale e spontanea. Nonostante questa sua noncuranza del mondo circostante, un giorno di fine estate ho scoperto che stava scrutando in camera nostra.
In quel periodo U. si era fratturato la clavicola cadendo dalla bicicletta e indossava una bendaggio  di tela rinforzata  che lo impediva molto nei movimenti.  In quel pomeriggio afoso mentre  gli stavo massaggiando la schiena, mi sembrò di vedere gli occhi vivaci della maestra che ci spiavano. Al sentirsi scoperta si ritrasse rapidamente verso la penombra della stanza cercando di nascondersida eda allora non ho mai più incrociato il suo sguardo.
Negli ultimi anni il legno delle sue finestre avevano perso il colore, la vernice si era staccata ei vetri erano diventati opacchi dalla polvere, un nastro adesivo  di colore marrone teneva uniti i pezzi di un  vetro rotto e le piante nei vasi erano seccate. Sembrava che  lo stesso processo si fosse impadronito di lei e che non facesse nulla per rallentarlo, le si erano scoloriti  i capelli e  la carnagione, la sua figura slanciata e il portamento distinto venivano come nascosti da un corpo anonimo.Ogni tanto, di mattina, la vedevo  davanti al bar del quartiere con un bicchiere di vino in una mano e una sigaretta nell'altra. Sembrava che il suo antico vigore l' avesse abbandonata. Lentamente i fidanzati erano spariti e, credo  dopo  essere andata in pensione, aveva lasciato Firenze.
Un paio di giorni fa, guardando in alto ho visto le nuove persiane verdi, erano aperte e sul davanzale c'erano vasi di gerani fioriti, che davano nuova vita alla facciata; la sera dalle finestre rinnovate usciva una luce calda.
- Come immagini i nuovi inquilini? Ho chiesto a  mio marito quella notte.
- Sarà una giovane coppia, ha detto lui senza dar troppa importanza alla cosa.
La mattina della domenica seguente, mentre eravamo ancora a letto, forse stimolato dalla mia domanda di qualche giorno prima, forse insoddisfatto della sua risposta, lui è tornato sull'argomento raccontandomi il  sogno che quella notte aveva fatto: 
 
In un paesino di mare, una bambina è seduta su una seggiolina  accanto all'uscio di casa, la strada è deserta e lei è intenta a sfogliare un libro illustrato.
Ogni tanto dalla finestra aperta, le giunge la voce di una donna non più giovane che la chiama con tono affettuoso come per assicurarsi della sua presenza; allora, lei alza lo sguardo dal libro e risponde alla donna sempre con la stessa frase: “nonna, sono qua, sto leggendo una storia nuova.
Quando la bambina rientra in casa, nella penombra del soggiorno vede una donna, a lei sconosciuta, che parla animatamente con la nonna, ha una sigaretta fra le dita della mano sinistra, con la destra disegna in aria figure perentorie. Traversando la stanza in cui le due donne discutono, vede la sua immagine riflessa sul vetro polveroso di un quadro appeso alla parete: l'immagine sfocata mostra un volto sorridente nel quale riconosce se stessa ormai adulta.
Le due donne si abbracciano. La giovane donna ora guarda le sue mani bianche mentre disfano una valigia appoggiata su un letto, in una camera nella quale non ha mai dormito prima, fra i pochi indumenti estivi vi è riposta una scatola di cartone piena di foglietti colorati.
Con caligrafia accurata, su ciascun foglietto ha trascritto una parola. Con calma, come se stesse componendo un mosaico, la giovane donna inizia a tappezzare le pareti della stanza scegliendo per ciascuno foglietto un posto adatto,  dalle persiane giunge una raffica di vento  e lei guarda sorridente cadere i foglietti colorati.
Aveva raccontato il suo sogno ricostruendolo attraverso una serie di frammenti, ma si era interrotto ammettendo di non cogliere, al di là di vaghe sensazioni, un nesso fra le immagini sognate e l'appartamento dalle persiane verdi.
Intanto, si era levato un vento forte che scuoteva lo stuoino della nostra finestra, mi sono alzata e ho aperto le imposte. Guardando verso le finestre di fronte ho visto volare, come una nuvola di coriandoli colorati, i petali dei gerani agitati dal vento, dietro la fessura delle persiane socchiuse ho scorto il volto sorridente di una giovane donna e in primo piano le sue mani bianche che aprivano lentamente le persiane verdi. Mi ha sorpreso, ma soprattutto rallegrato, sentire la sua voce dolce che mi diceva:
- Buon giorno.







domenica 9 febbraio 2014

Calle ollers - Via dei vasai













Ho imparato a scrivere Calle Ollers1, nome della strada dove si trovava la nostra casa, molto presto. Ancora non capivo cosa significasse la parola catalana ollers, ma il suo suono mi piaceva e mi dava sicurezza; sapevo che qualunque cosa fosse successa, sarei potuta tornare in quella viuzza e la mia famiglia mi avrebbe accolta sempre a braccia aperte.
In paese non c'erano più botteghe di vasai, per cui nessuno pronunciava più la parola ollers. Coloro i quali si dedicavano a fare vasellame di terracotta venivano chiamati da noi bambini alfareros, come ci aveva insegnato la maestra. Nessuno ci insegnava a scrivere la lingua catalana ma si parlava in catalano a casa e tra amici. A scuola era severamente vietato parlare la nostra lingua madre, ogni parola era letta e scritta in castigliano.
Quando arrivava il bel tempo, il pomeriggio all'uscita dalla scuola, giocavo con le mie cugine nella nostra strada o nel giardino di zia Margarita che abitava vicino a noi. Un giorno, avrò avuto circa otto o nove anni, la mia compagna di banco Montserrat, chiamata da tutti Montse, mi disse che aveva un cassettone pieno di giornalini, racconti illustrati, fumetti; da quel momento la cosa che più desideravo era poter aprire quei cassetti stracolmi di libri. Ma il cassettone di Montse, purtroppo, si trovava dall’altra parte del paese.
Il sabato, giorno dedicato alle pulizie di casa, mia madre ci lasciava giocare fuori tutto il pomeriggio, quindi, quel sabato verso le due, mentre mia sorella ed io stavamo finendo di sparecchiare la tavola, ho chiesto a mia madre:
- puc anar a jugar a casa de la meva amiga Montse, perque...?2, ma lei senza lasciarmi finire la frase e senza voltarsi dall'acquaio, dove lavava i piatti, mi ha risposto:
 - ara no, millor un altre dia , queda-te a jugar en el nostre carrer. 3
Ho aggiunto che avevo poca voglia di giocare per strada e che preferivo andare a casa di zia Margarita. La porta era chiusa e una vicina mi ha detto che mia zia era andata col marito e le figlie a un funerale di un parente in un paese vicino; ho pensato che quella fosse l'occasione buona per andare a vedere il cassettone di Montse, allora istintivamente ho cominciato a correre, ho attraversato il paese e sono arrivata dopo pochi minuti affannata davanti alla casa della mia amica.
La famiglia di Montse stava finendo di pranzare ed io, dopo aver salutato tutti, ho seguito la mia amica che mi  ha accompagnata nello stanzino dov'era il mobile pieno di libri.
- Comença a llegir mentres jo acabo de menjar4. - mi ha detto mentre mi apriva un cassetto colmo di pagine scritte.
Ho preso una raccolta di racconti con delle illustrazioni all'inizio e alla fine del testo; ricordo che giravo lentamente le pagine per assaporare meglio quel momento. Avevo perso la nozione del tempo e dello spazio e non ho sentito la mia amica quando è arrivata. La sua voce mi ripeteva che mi aveva invitata per giocare e non per rimanere seduta per terra a leggere uno dopo l’altro i suoi libri. Il tempo passava e Montse aveva rinunciato a farmi uscire dallo stanzino, a un certo punto era andata a giocare nel cortile con una sua cugina che nel frattempo era arrivata. Io non smettevo di tirare fuori  libri.
Era già buio quando ho sentito la voce stridula di mia sorella che da un'ora mi stava cercando per tutto il paese, era arrabbiatissima perchè per colpa mia non era potuta andare al cinema con le sue amiche.
Mentre tornavo a casa accanto a mia sorella, all'imbocco della strada ho sentito per prima volta un certo disagio nel leggere sulla targa di marmo il nome Calle Ollers, temevo mia madre che, furibonda, ancora una volta mi avrebbe rimproverata dicendomi che i libri sarebbero stati la mia perdizione.

1 Via dei Vasai
2 Posso anadre a giocare a casa della mia amica Montse ?
3. Adesso no, sarà per un altro gioeno. Rimani a giocare nella nostra strada. 
4. Comincia a leggere mentre io finisco di mangiare

sabato 1 febbraio 2014

Azafrán











Se presentaba un fin de semana muy cargado; el sábado por la mañana quería planchar un montón de ropa, luego tenía que ir al mercado; por la tarde debía ir a la escuela para presentar  nuestros cursos a los alumnos que tendríamos el año que viene.
Además parte del sábado y todo el domingo, U. y yo, lo íbamos a dedicar  a leer y a corregir la tesis que nuestra hija debía presentar en la Universidad Madrid. No podía tampoco despreocuparme de las clases del lunes. La cabeza ya me daba vueltas  pensando en ello.
El tiempo se me iba a quedar corto, pero me gustaba poder ayudar a los hijos y por supuesto también a mis alumnos futuros.
Nuestro hijo menor aquel sábado se levantó pronto para ir a la biblioteca. ¡Qué milagro! El, que había dejado los libros por un par de años, se había puesto a estudiar de nuevo.
Hacía la una U. y yo empezamos a leer  la tesis, sin prisas, pues sabíamos que estábamos solos y que con una ensalada nos íbamos a apañar para el almuerzo, sin embargo al cabo de poco oímos el timbre.
- ¿Quién será a esa hora? Dije dirigéndome hacia la puerta 
- Soy yo, mamma, mi amigo no puede quedarse a estudiar conmigo, por lo tanto he vuelto  a comer.
-  Vale, no hay problema, algo vamos a preparar.
Había comprado en el mercado ricotta fresca y algunos calabacines; por casualidad al abrir la despensa mis ojos se posaron  en el tarrito de azafrán.
- Voy a intentar hacer un plato rápido. Le dije a U. con los pistilos en la mano.
U. me miró sorprendido, pues no suelo tener mucha fantasía en  la cocina:
Sin embargo aquel día me salió un un plato muy bueno.
He aquí la receta:
Pasta con “ricotta, zafferano, zucchine e cipolline"
Pasta con requesón, azafrán, calabacines y cebolla
Freí en una sartén con aceite de oliva una cebolla dorada (mejor dicho dos cebollitas tiernas), cortada en trocitos o picada y en seguida añadí dos calabacines pequeños, cortados a ruedas muy delgadas. 
Cuando estuvieron bien dorados los puse en una cacerola donde había agregado bastante requesón y un poco de azafrán.
Herví la pasta a parte ( cotta al dente) y la mezclé con el contenido de la cacerola, añadí al final un poco de parmiggiano rallado (la puse dos minutos en el  fuego para amalgamarla mejor) y la serví a mis dos comensales.
Mientras comíamos pensé que el azafrán había armonizado el plato y  sobre todo  nuestra mesa, por eso aquel día estábamos tan a gusto los tres juntos.