martedì 11 giugno 2013

La llevadora















Anita e suo marito Anselmo sono arrivati in treno con due grandi valige nel mio paese natale della costa catalana, verso gli inizi degli anni quaranta.
Nessuno sapeva da dove venissero.
Di Anita, alcuni dicevano, che grazie a una ricca signora, da cui sua madre lavorava come domestica, aveva potuto frequentare la scuola di ostetriche a Barcellona. Altri mormoravano che aveva imparato il mestiere da una vecchia levatrice.
Correva la voce che Anselmo, già da ragazzino, fosse molto bravo con le forbici. Dicevano che tagliava i capelli a tutti, grandi e piccoli nel suo paesino andaluso, prima di emigrare verso la regione catalana. Durante la guerra civile spagnola faceva il barbiere in caserma, questa è stata la sua gran fortuna, altrimenti sarebbe finito come i suoi compagni, morti nella battaglia del Ebro.
Appena arrivati, Anita e Anselmo, hanno trovato una piccola casa in affitto, un baix1, nel centro storico del paese. Lui ha cominciato a lavorare come barbiere, lei lentamente si è fatta una clientela come levatrice e come infermiera.
Erano una coppia solitaria e un po' misteriosa, nessuno sapeva niente della loro vita.
La loro casa era sempre in penombra. Mi ricordo ancora l'ingresso che faceva da sala d'attesa, se si poteva chiamare così. Appena entrati si vedevano quattro sedie di formica bianca attaccate al muro, io da piccola mi ci sedevo intimorita. Non potevo soffrire quella casa perché mi disgustava quel odore forte di medicine, ma soprattutto avevo una gran paura delle punture che mi faceva Anita.
La llevadora2, aveva sempre un sorriso forzato sulle labbra, la rivedo ancora oggi con il suo vecchio e consumato grembiule bianco nel momento in cui provava l'ago, spruzzando il liquido da iniettarmi.
Anita era una donna gentile ma molto riservata. Parlava molto poco. Sorrideva, anzi rideva, solo quando faceva nascere un bambino. Ha fatto venire al mondo molte generazioni di creature.
Negli anni '50, decade della mia nascita, si recava in bicicletta con la sua valigetta, dalle donne incinte. Il parto avveniva sempre in casa.
Qualche anno dopo le donne avevano cominciato a partorire in ospedale. I mariti delle partoriente, portavano di corsa la moglie insieme alla llevadora, in automobile all'ospedale più vicino. Durante il tragitto di andata, Anita non sprecava le sue parole, solo proferiva alcune frasi corte e indispensabili per cercare di alleggerire le doglie alla futura madre.
I padri emozionati e un po' storditi, dopo la nascita del loro figlio, riaccompagnavano Anita al paese. Era in quei viaggi di ritorno, che quegli uomini sentivano per prima volta la voce calma e profonda della llevadora.
Mentre essi guidavano pensando al nascituro, Anita cominciava a parlare. Pochi di tutti quegli uomini che l'hanno conosciuta, la ascoltavano veramente. Iniziava sempre dicendo, che era felice ogni volta che aiutava a far nascere un bambino. Sussurrava, forse a se stessa, che il travaglio più difficile, che le era capitato, era stato durante la nascita di suo figlio. Era quella maledetta notte in cui Anselmo era stato portato in caserma. Queste parole le uscivano spezzare dall'emozione.
Alla fine raccontava, come se fosse una cantilena, il sogno che faceva ogni notte appena si coricava:

Sento la primera punxada,                     
forts dolors arriben.                              
Soc la llevadora del meu part,                                         
podalic es presenta.   
                            
Tremolo.
de sobte m'engenollo                                                  
surt un peu,                                              
després l'altra.
                                
Tremolo.                                                   
Estiro el petit cos,                                     
toco una maneta                                     
després l'altra.  
                                                 
Tremolo.                                                                     
El cos no vol fugir.                                 
Apreto
el cap no pot sortir.                                                  
                                                                      
                    
Em desperto
suada i espantada,               
cada nit
la mateixa punyalada3      


La “llevadora”, dicevano alcuni, aveva avuto un figlio, il quale era morto alla nascita. Altri mormoravano che Anita non poteva avere figli.
Molti uomini l'hanno sentita raccontare alcuni brandelli della sua vita ma nessuno in paese ricorda la storia di Anita.
Anita e Anselmo in tutti quegli anni trascorsi nel paese hanno fatto poche amicizie.
Sono invecchiati come tutti, hanno ottenuto una piccola pensione, e un giorno senza dire niente a nessuno sono andati via in treno con le sue grandi valige. Nessuno sa dove fossero diretti.

Firenze marzo 2010

1 pianterreno
2 La ostetrica
3 Riconosco la prima fitta. Forti dolori arrivano, sono io la levatrice del mio parto. Si presenta podalico. Tremo. subito m'inginocchio esce un piede, dopo l'altro. Tremo. Tiro fuori il piccolo corpo. Tocco una manina, dopo l'altra. Tremo. Il corpo non viene fuori. Spingo. La testa non può uscire. Mi sveglio sudata e spaventata, ogni notte sento la stessa pugnalata

lunedì 10 giugno 2013

Bichos - insetti














No me podía sacar de la cabeza la imagen de nuestro planeta envuelto en una capa de insectos enormes que, enlazados uno al lado de otro, estaban cubriendo nuestro cielo.
Teníamos poco tiempo para salvar la Tierra y todo el mundo corría.
Mis ojos miraban hacia arriba y veían a aquellos bichos que estaban inmóviles como si supieran que el solo hecho de ser tan feos ya nos asustaría. Cuando empezaba a dolerme el cuello de tanto espiarlos agachaba la cabeza y en el suelo seguía viendo lo que no quería ver: una multitud de recintos cuadrados de casi un metro de lado, hechos con ladrillos y pintados de blanco en los que había muchos huevos de insecto.
Ni para arriba ni para abajo podíamos escaparnos de aquellos isópteros.
De repente vi a lo lejos la boca de un pasillo subterráneo y empecé a correr para alcanzarlo. Tenía que cruzar las incubadoras de insectos para salvarme pero antes de penetrar por aquel cubículo miré hacia el cielo y vi que quedaba sólo un trocito de azul.
Sentía que iba creciendo rápidamente dentro de mí un terror y una angustia que me impedían mover las piernas. Intenté menear el cuerpo y me senté.
Abrí los ojos. Estaba sudada y atemorizada pero estaba en mi cama. Cogí el despertador y vi que eran las cuatro de la madrugada.
Quizás mi sueño estaba relacionado con el viaje que debía hacer aquella misma tarde.
Por la mañana iría a dar clases al Instituto. Luego tenía que presentarme al ambulatorio para una mamografía y a media tarde cogería el autobús para el aeropuerto.
Ya hacía casi cinco meses que había fallecido mi padre, por consiguiente tenía que ir a mi pueblo natal de la costa catalana, para arreglar algunos documentos relacionados con su testamento.
Por teléfono les había dicho a mis hermanos, quienes siguen viviendo en el pueblo donde nacimos, que me gustaría alojarme en la vieja casa de nuestro padre.
Mi hermana que es la más sufridora de la familia, empezó diciéndome que, qué iba a hacer allí sola, que la casa se estaba cayendo de vieja y que habría muchos bichos.
Entonces me acordé de una noche de primavera en la que mi padre y yo luchábamos con un ejercito de hormigas gigantes con alas. El las llamaba termitas, pero no se si se trataba de aquella especie.
Eran insectos muy feos que salían a través del zócalo de la entrada y del pasillo de la planta baja y que a millares invadían las baldosas.
Nosotros armados con escobas e insecticidas, a lo largo de la noche, matamos a muchas de ellas, pero no conseguimos exterminarlas.
Al día siguiente mi padre llamó a un albañil para que tapase todos los agujeros y pequeñas fisuras que había en la pared. Creo que desde entonces los bichos habían desaparecido de nuestra casa.
Sin embargo el recuerdo de aquellos insectos había sido una pesadilla para mí y para mi padre, por eso temía hallarlos de nuevo.
Entrar en la casa donde había nacido y escuchar aquel gran silencio fue triste para mí, pues en ella desde hacía tres siglos había habido vida. Desde la muerte de mi padre estaba deshabitada, solo el enorme gato de mi madre moraba en el jardín. Mi hermana cada día iba a darle de comer al pobrecito.
Abrí todas las ventanas para que entrara aire y la luz de la calle, luego limpié la habitación donde iba a dormir y el cuarto de baño.
Durante aquellos días las horas pasaron rápidas yendo de una oficina a otra, ya que siempre salían pegas. Los trámites fueron largos y pesados pero al final firmamos las escrituras.
El último día llegamos a casa de mi hermana agotados, pusimos la mesa y calentamos una sopa de espárragos, que había preparado ella la noche anterior. Hacia las dos y media mientras sorbía la primera cucharada de aquel delicioso manjar sonó el teléfono. Era un empleado del ayuntamiento quien nos comunicaba, que ya estaba preparada la documentación para el cambio de nombre del nicho cementerio.
Nos pusimos a reír los tres, ya que la situación era cómica: nosotros nos preocupábamos por la sucesión y segregación de los inmuebles heredados y el empleado nos recordaba indirectamente donde iríamos a parar una vez muertos.
Volví al caserón ya más relajada después de haber reído con mis hermanos.
Entrando vi de nuevo algunos bichos que corrían por todo el pasillo, pero esta vez no me impresionaron, quizás porque aún no eran muchos y sobre todo porque era como si el sueño de los insectos me hubiera preparado para volver a verlos.
Antes de hacer la maleta llamé al albañil para que arreglara las quiebras de la pared.
Mi hermano me acompañó al aeropuerto hacia el atardecer de un día de primavera muy raro porque frío y lluvioso.
Un locutor en la radio declaraba que hacía más de doscientos años que no se había hecho un mes de mayo tan malo.
Al llegar le dije que no bajara del coche y que me dejara en la entrada del aeropuerto pues llovía a cántaros y no deseaba que él se mojase.
Nada más despegar me dormí leyendo el libro que había sido mi fiel compañero durante aquel viaje. Me despertó el temblor ligero de mi asiento. Me levanté y fui al pequeño lavabo. Mientras me echaba un poco de agua en la cara una fuerza vertical me sacudió violentamente.
El capitán anunció que cruzábamos una zona con turbulencias fuertes y que teníamos que sentarnos y abrocharnos en seguida los cinturones.
Fui corriendo a mi asiento, cerré los ojos e intenté sacarme de la cabeza el miedo que me invadía mientras mi cuerpo botaba.
En aquellos momentos el único pensamiento que me distrajo y me ayudó fue el de los bichos.
Esos insectos, que hacía unos días me habían asustado tanto, lograron calmarme y que dejara de pensar en que el avión iba a estrellarse. Me imaginé que bajo las nubes había un montón de bichos, quienes enlazados formaban una capa elástica y resistente, que seguramente impediría que nos cayéramos al suelo.

Insetti
Non riuscivo a togliermi della testa l'immagine del nostro pianeta avvolto da uno strato di insetti giganti che, legati tra di loro, oscuravano lentamente il nostro cielo.
Avevamo poco tempo per salvare la Terra e quindi tutte le persone correvano.
Guardavo, con la testa in su, quegli enormi insetti che restavano immobili come se sapessero che il loro brutto aspetto ci avrebbe spaventati.
Quando ho cominciato a sentire dolore nella base del collo ho piegato la testa e ho visto quello che non avrei voluto vedere: una miriade di recinti quadrati di circa un metro di lato, costruiti con mattoni e dipinti di bianco nei quali c'erano molte uova di insetto.
Non potevamo scappare da quegli isotteri né all’ in su né all’ in giù.
All'improvviso ho visto in lontananza l'entrata di un corridoio sotterraneo e ho cominciato a correre per raggiungerla. Dovevo attraversare le incubatrici di insetti per potermi salvare, ma prima di infilarmi attraverso quel cunicolo, ho guardato verso il cielo e ho visto che rimaneva solo un pezzettino azzurro.
Sentivo che aumentava dentro di me la paura e l'angoscia che mi impedivano di muovere le gambe.
Ho cercato di svincolarmi e mi sono trovata a sedere. Ero sudata e impaurita ma almeno ero nel mio letto. Ho guardato la sveglia e ho visto che erano le quattro del mattino.
Forse il mio sogno aveva qualcosa a che vedere con il viaggio che quello stesso pomeriggio dovevo intraprendere.
La mattina sarei andata a scuola per fare lezione ai miei alunni. Dopo dovevo andare all'ambulatorio a fare una mammografia di controllo e nel primo pomeriggio avrei preso l'autobus per l'aeroporto.
Erano purtroppo quasi cinque mesi che era morto mio padre, quindi dovevo andare al paese della costa catalana dove sono nata per sistemare alcuni documenti richiesti per l'apertura del suo testamento.
Al telefono avevo detto ai miei fratelli, i quali ancora vivono nello stesso paese dove siamo nati, che volevo dormire nella vecchia casa di mio padre.
Mia sorella, che è quella più ansiosa della famiglia, mi ha detto:
- soffrirai di solitudine, inoltre la casa cade a pezzi ed è piena di bichos.
Allora ho ricordato una sera di primavera nella quale mio padre ed io lottavamo con un esercito di gigantesche formiche alate. Lui le chiamava termiti, ma non so se si trattava di quella specie.
Erano insetti piuttosto brutti che spuntavano lungo il battiscopa dell'entrata e del corridoio del pianterreno coprendo quasi tutto il pavimento.
Noi due, con delle scope e l'insetticida, in quella lunga notte ne abbiamo ammazzate tante, ma non siamo riusciti a sconfiggerle.
Il giorno successivo mio padre ha chiamato un muratore per fargli chiudere tutti i buchi e le piccole fessure che si erano formate nelle pareti. Credo che da allora le termiti siano sparite dalla nostra casa, ma il ricordo di quegli insetti era per mio padre e per me un incubo, per questo temevo di ritrovarli.
Era la prima volta che entrando in quella casa sentivo un gran silenzio  Essa era stata ininterrottamente abitata per più di tre secoli; dalla morte di mio padre era disabitata, per dire il vero era rimasto un unico inquilino: l'enorme e vecchio gatto di mia madre, che vivacchiava nel giardino. Mia sorella tutti i giorni andava a dargli da mangiare.
Ho spalancato tutte le finestre per fare entrare l'aria e la luce della strada e ho messo a posto una camera da letto e il bagno.
In quei giorni le ore sono trascorse in fretta dato che dovevamo recarci nei vari uffici amministrativi per risolvere i tanti problemi che via via sorgevano.
La messa a punto della documentazione è stata più lunga del previsto ma finalmente l'ultimo giorno siamo riusciti a firmare il testamento. Quando siamo arrivati a casa di mia sorella eravamo stanchi e affamati. Abbiamo apparecchiato e riscaldato una minestra di asparagi, che lei stessa aveva cucinato il giorno prima.
Verso le due e mezza, mentre assaggiavo la prima cucchiaiata è suonato il telefono.
Era un impiegato del comune, il quale ci comunicava che erano pronti i documenti necessari per il cambiamento di proprietà della tomba della nostra famiglia.
Ci siamo messi tutti a ridere di quella comica situazione: noi eravamo tutti presi e preoccupati per la successione e segregazione di beni immobili e quel impiegato ci ricordava che avevamo  eredidato anche un posto al cimitero.
Sono ritornata alla vecchia casa più rilassata dopo le risate fatte con i mie fratelli.
Nell'entrata ho rivisto alcuni insetti che si muovevano per il corridoio, ma questa volta no mi hanno impressionata, forse anche perché erano pochi e soprattutto perché il sogno degli insetti mi aveva preparato alla loro apparizione.
Prima di fare la valigia ho chiamato il muratore perché venisse a mettere a posto le fessure della parete.
Mio fratello mi ha accompagnato all'aeroporto verso l'imbrunire di un giorno di primavera molto strano perché freddo e piovoso.
Alla radio dicevano che era più di duecento anni che non si era visto un mese di maggio così brutto.
Appena arrivati gli ho detto di non scendere dalla macchina e di lasciarmi all'entrata dell'aeroporto giacché veniva un diluvio e non volevo che lui si bagnasse.
Subito dopo il decollo mi sono addormentata con in mano il libro che era stato il mio fedele compagno di viaggio. Mi sono svegliata di colpo in seguito a un intenso tremolio.
Mi sono alzata e recata nella piccola toilette. Mentre mi stavo sciacquando il viso una grande forza verticale mi ha sbatacchiata violentemente.
Ho sentito la voce del capitano che annunciava che stavamo attraversando una zona con delle forti turbolenze e quindi che dovevamo rimanere nei nostri sedili e allacciarci le cinture.
Sono andata di corsa al mio posto, dopo un po' ho chiuso gli occhi per tentare di scacciare dalla testa il terrore che sentivo mentre il mio corpo rimbalzava.
In quel momento l'unica cosa che mi ha aiutata è stato pensare agli insetti.
Quegli animaletti, che pochi giorni prima mi avevano tanto spaventata, sono riusciti a calmarmi e a non farmi temere che l'aereo avrebbe potuto precipitare.
Avevo immaginato che sotto le nuvole ci fosse una miriade di insetti i quali, legati tra loro, formavano uno stato elastico e resistente, che sicuramente ci avrebbe impedito di cadere.

Maggio 2013