domenica 10 settembre 2017

Primo giorno di scuola - Primer dia de classe - Primer día de clases











Mi vergogno un po' di dirvi che il primo giorno di scuola sono sempre contenta, forse perché quasi tutti si lamentano del rientro e mi guardano male quando racconto che la sera prima, mi piace appuntare le matite e preparare con cura la cartella. Quando ero piccola, i primi di settembre passavo i pomeriggi ad annusare e sfogliare i libri di testo nuovi per poi ricoprirli con carta. Mi mettevo sul tavolo di cucina con le forbici, la carta colorata e il nastro adesivo. Spesso i manuali era incomprensibili per me, ma non mi impaurivano, anzi ero curiosa di usarli. In casa parlavamo catalano, invece i libri erano in castigliano, per questo mi sembrava di scoprire nuovi mondi nel leggere alcuni brani. Non contenta di sistemare la mia cartella mettevo la sopra coperta anche su i libri di mio fratello.
L'aula nuova a volte per tutti noi è una delusione, perché è troppo piccola o troppo grande e dispersiva, ma piano piano ci si abitua, diventando la nostra nicchia dove lavoreremo insieme per quasi un anno. Nei corridoi c'è un po di confusione, si vedono professori e alunni smarriti che cercano le loro classi. I ragazzi sono curiosi di conoscere i nuovi docenti e quel giorno non portano né libri né quaderni, come se volessero prolungare di qualche ora le loro vacanze.
Mi piace rivedere i colleghi e soprattutto gli studenti. Non penso alla fatica che faremo nelle giornate più pesanti, né ai problemi che sorgeranno per i vari malintesi con gli alunni o tra professori, né alla diversità di visione didattiche di noi docenti, né alla tristezza, alle difficoltà famigliari, crisi di panico, svenimenti o malattie di alcuni ragazzi, né alle volte che alla prima ora di lezione non si potrà fare l'appello per la mancanza di collegamento internet, né ai genitori degli alunni pressanti o a quelli poco presenti, né ai laboratori o aule speciali sforniti di tecnici e strumenti didattici, né ai pomeriggi a correggere interminabili compiti, né alle difficoltà di alcuni studenti nell'apprendere, né al disagio di molti alunni stranieri, né alla nostra impotenza nell'aiutarli. Tutto ciò magari succederà ma io continuo a essere felice il primo giorno di scuola, perché ogni anno ricordo la grande fortuna che abbiamo noi insegnanti di trascorrere il nostro tempo insieme ai giovani nel tentativo di guidarli affinché la loro vita sia migliore.

Primer dia de classe
M'avergonyeixo dir-vos que el primer dia de classe sempre estic contenta, potser perquè gairebé tothom es queixa al tornar a la feina i em mira malament quan dic que el vespre anterior vaig estar fent punta als llapis i preparant acuradament la cartera. Quan era petita, a primers de setembre passava les tardes olorant i fullejant els llibres de text nous i després els encuadernaba. Ho feia sobre la taula de la cuina amb tisores, paper de colors i cinta adhesiva. Sovint, els manuals eren incomprensibles per a mi, però jo no els tenia por perquè era curiosa i tenia ganes d'usar-los. A casa parlàvem català, en canvi els llibres estaven escrits en castellà, per això llegint alguns trossos em semblava descobrir mons nous. No només arreglava la meva cartera sinó que també ajudava al meu germà, dos anys més petit que jo, posant-li cobertes en tots els seus llibres.
L'aula nova de vegades per a tots nosaltres és una decepció, perquè és massa petita o massa gran, però a poc a poc un s'acostuma i  es va convertint en el nostre niu, on treballarem junts durant gairebé un any. Als passadissos hi ha una mica de xivarri, hi ha professors i alumnes perduts a la recerca de les seves classes. Els nois i les noies estan curiosos per conèixer els nous mestres i aquell dia no porten ni llibres ni quaderns, com si volguessin que les seves vacances duressin unes hores més.
M'agrada tornar a veure els col·legues i sobretot als estudiants. No penso en l'esforç que farem els dies més durs, ni en els problemes que sorgiran quan hi haurà malentesos amb alumnes o companys de treball, ni en la diversitat d'ensenyament del professorat, ni a la tristesa, les dificultats familiars, atacs de pànic, desmais, malalties d'alguns nois i noies, ni en els moments en què no podrem passar llista per falta de connexió internet, ni en els pares massa exigents, ni en les famílies desestructurades, ni en tallers o aules especials en què falta personal tècnic i eines educatives, ni en les tardes interminables corregint exàmens, ni en les dificultats d'alguns estudiants en l'aprenentatge, ni el patiment de molts alumnes estrangers, ni en la nostra impotència per ajudar-los. Tot això potser passi però jo seguiré sent feliç el primer dia de classes, perquè cada any segueixo recordant la sort que tenim nosaltres els professors de transcórrer el nostre temps al costat dels joves, intentant guiar-los perquè la seva vida sigui millor.

Primer día de clases
Me avergüenzo deciros que el primer día de clases siempre estoy contenta, tal vez porque casi todo el mundo se queja al volver al trabajo y me mira mal cuando digo que la noche anterior estuve sacando punta a los lapiceros y preparando cuidadosamente la cartera. Cuando era pequeña, a primeros de septiembre pasaba las tardes oliendo y hojeando los libros de texto nuevos y luego los encuadernaba. Lo hacía sobre la mesa de la cocina con tijeras, papel coloreado y cinta adhesiva. A menudo, los manuales eran incomprensibles para mí, pero yo no les tenía miedo porque era curiosa y tenía ganas de usarlos. En casa hablábamos catalán, en cambio los libros estaban escritos en castellano, por eso leyendo algunos trozos me parecía descubrir nuevos mundos. No sólo arreglaba mi cartera sino que también ayudaba a mi hermano, dos años más pequeño que yo, poniéndole cubiertas en todos sus libros.
El aula nueva a veces para todos nosotros es una decepción, porque es demasiado pequeña o demasiado grande, pero poco a poco uno se acostumbra y ésta se va convirtiendo en nuestro nido, donde vamos a trabajar juntos durante casi un año. En los pasillos hay un poco de barullo, hay profesores y alumnos perdidos en busca de sus clases. Los muchachos están curiosos por conocer a los nuevos maestros y ese día no llevan ni libros ni cuadernos, como si quisieran que sus vacaciones fueran a durar unas horas más.
Me gusta volver a ver a los colegas y sobre todo a los estudiantes. No pienso en el esfuerzo que vamos a hacer los días más duros, ni en los problemas que surgirán cuando habrá malentendidos con alumnos o compañeros de trabajo, ni en la diversidad de enseñanza del profesorado, ni en la tristeza, las dificultades familiares, ataques de pánico, desmayos, enfermedades de algunos chicos, ni en los momentos en los que no podremos pasar lista por falta de conexión Internet, ni en los padres demasiado exigentes, ni en las familias desestructuradas, ni en talleres o aulas especiales en los que falta personal técnico y herramientas educativas, ni en tardes interminables corrigiendo exámenes, ni en las dificultades de algunos estudiantes en el aprendizaje, ni en los apuros de muchos alumnos extranjeros, ni en nuestra impotencia para ayudarlos. Todo esto quizás ocurra pero yo seguiré siendo feliz el primer día de clases, porque cada año sigo recordando la suerte que tenemos nosotros los profesores de transcurrir nuestro tiempo al lado los jóvenes intentando guiarlos para que su vida sea mejor.









mercoledì 6 settembre 2017

Cena en el jardín













Se estaba acercando el último fin de semana en el que ella  iba a estar libre, por eso tenía ganas de hacer algo especial con su marido, pues además coincidía con los últimos días en que iban a estar solos. Los dos hijos ventiañeros estaban de vacaciones por el Caribe.
A la mujer le gustaba, mientras desayunaba, abrir el periódico del día anterior y leerlo con detenimiento. Sorbiendo un poco de té, vio el anuncio de un concierto de música rock de los años setenta en Porretta Terme, un pueblo de los Apeninos.
Enseguida fue a decírselo a su marido que estaba leyendo un libro en la cama:
- ¿Te gustaría ir el sábado a Porretta?
- ¿A Porretta? ¿Qué te se ha perdido por allá?  Le preguntó él, dejando sobre la mesita de noche el libro.
Ella le contó que habían  rehabilitado una antigua linea de ferrocarriles y proponían un viaje, de ida y vuelta, con una de las viejas locomotoras eléctricas y vagones de época.
- Debe de ser interesante dejarse llevar por un tren de otro siglo y descubrir las estaciones de antaño,  añadió él.
- El único inconveniente es que las previsiones meteorológicas no son muy buenas y el único tren de vuelta sale de Porretta casi a las doce de la noche, llegaríamos a casa a la una y media de la madrugada, dijo ella.
- Veamos mañana que tal está el tiempo y luego decidiremos, terminó diciendo él.
- Vale, me encantaría ir, pero reconozco que hay algunas pegas.
A veces a ella le apetecía quedarse en casa, pues se entretenía leyendo, escribiendo o arreglando cosas, pero también le gustaba salir.
- A los amigos hay que cultivarlos y mimarlos, le decía a su marido, que era un poco más perezoso para las relaciones sociales.
A los dos les gustaba variar y no tener un grupo cerrado. Ya desde pequeña a ella le agobiaban las amigas íntimas que querían su amistad exclusiva.
A lo largo de los años de la escuela primaria, en septiembre en su clase iban llegando niñas nuevas, para ella era el acontecimiento más bonito del  curso.
- ¿Cómo te llamas? ¿De dónde venís tú y tu familia? Ven conmigo que te enseño las demás aulas, la de dibujo, la de música y la de francés, les decía.
Disfrutaba ayudando a las niñas asustadas, quienes no hubieran querido por nada del mundo cambiar de ciudad, pero que a raíz del trabajo del padre, sea director del banco, hotelero, notario o simple empleado de una empresa, habían sido arrancadas de su ambiente y destinadas a otro pueblo.
Aquel rasgo de altruismo lo conservó a lo largo de los años, en su trabajo seguía ayudando a los profesores nuevos.
- ¡Hola, yo soy Felicia, una de las profesoras de ciencias de Bachillerato. ¿Tú que vas a enseñar? A ver si coincidimos y tenemos cursos en común. Te acompaño a la sala de profesores, les decía campechana.
Lo hacía no sólo porque le salía instintivamente, sino porque se ponía en el lugar de  quienes en un ambiente nuevo se encontraban como peces fuera del agua, intentando darles un punto de referencia para que se ubicaran y se sintieran más a gusto.
- ¿Por qué no vamos a ver una película francesa esta noche? le preguntó Felicia a su marido aquella tarde.
- No tengo muchas ganas, el cine al aire libre no me entusiasma, pero si insistes, vayamos.
- Empieza a las nueve y cuarto, podemos cenar tempranito e ir en bicicleta ¿Qué te parece el plan?
- Tú siempre tienes la manía de planearlo todo, le dijo él en un tono como si la quisiera reñir, pero luego se puso a reír, tras ver la cara que ponía su mujer y por ello remató diciendo:
- Era una broma, tonta. Me encanta que me propongas cosas.
Feli, así la llamaban todos, salió a la calle, a pesar del bochorno terrible que hacía. Fue a casa de un amigo a que le mostrara su lector de libros electrónicos, pues quería comprarse uno, pero no estaba del todo decidida.
Después de haber trasteado con el lector, les  preguntó a su amigo y a su mujer, quien en aquel momento acababa de entar:
- ¿Esta noche os gustaría ir al cine al aire libre a ver una película francesa? Es una comedia inteligente, va a empezar a las nueve y cuarto.
- Con mucho gusto, dijeron los dos enseguida y luego la esposa añadió,  nosotros iremos en moto y nos podemos ver a la entrada del cine a las nueve ¿Qué te parece?
- Vale.
A Feli aquella noche le divirtió la película, pero lo que más le gustó fue la tertulia que hicieron a la salida, primero comentando las escenas más bonitas y luego hablando del fin de semana.
 - Pensábamos hacer una cena informal el sábado en nuestro  jardín. ¿Os apuntáis? Les preguntaron los motociclistas.
Su amiga aquel sábado, trabajaba hasta las ocho y el marido no sabía guisar, pero querían hacer la cena  porque iban a pasar por Firenze una pareja de americanos, quienes conocían desde hacía muchos años y querían  despedirse de ellos.
- Si queréis yo puedo ayudaros a preparar  algún plato, dijo Feli.
- ¿Y la excursión a Porretta? Le preguntó su marido.
- Bueno ya veremos, miremos las previsiones del tiempo y luego decidimos, comentó ella.
El hombre del tiempo no dio buenas noticias para el sábado, por eso y quizás porque a Feli le encantaba estar con la gente, decidieron dejar para otro día la excursión a Porretta  e ir a la cena  del jardín.
Ya que los americanos eran simpáticos muy populares,  aumentaron los invitados; al final en la mesa del jardín hubo doce comensales.
Feli se ocupó de la cocina junto a una de las hermanas del  anfitrión, guisaron un plato de pasta deliciosa con, ajo, perejil, tomates maduros pequeños y ventresca, la parte del atún menos preciada, sin embargo más sabrosa.
Fue divertido compartir la cocina con aquella mujer tan mañosa que apenas conocía, charlaron y rieron.
Luego, cuando la mesa ya estaba lista, llegó la anfitriona y los demás invitados. Mientras cenaban, los dos perros jugueteaban por el césped. Un hipotético oyente sentado entre ellos, hubiera podido escuchar, carcajadas, brindis y tantas charlas, algunas de ellas alegres otras casi chistosas,  como por ejemplo la receta de la ventresca, o el desenlace del cine Universal, donde iban los estudiantes universitarios de los años setenta,  incluso las peripecias de los higos que  alguien había traído y de la higuera donde los había recogido, también la historia de la maleta a mano cogida por equivocación en un avión y de como consiguieron dar con el dueño y hacer el cambio de valija, pero el tema llenó la mesa de carcajadas y conllevó a un gran debate fue el de los noviazgos: ¿Es mejor ir a vivir enseguida juntos o que cada uno siga en su apartamento? Había quienes decían que el secreto de una pareja era que cada cual tuviera su propia  vivienda, otros retenían lo contrario.
Mientras comían la tortilla de patatas que el marido de Feli había preparado, la otra hermana del anfitrión quien tenía mucho salero, contó que estaba separada y que desde hacía algunos meses salía con un muchacho mucho más joven que ella, con quien se veía solo  los fines de semana, pues vivían a más de doscientos kilómetros de distancia.
A la hora de los postres apareció una bandeja de dulces que los americanos habían comprado en la mejor  pastelería de la ciudad y mientras bebían las últimas copas de cava empezó a llover.
Acogieron las primeras gotas con risas, sin embargo al cabo de pocos minutos  tuvieron que levantarse y recoger corriendo el mantel  con todo lo que había encima, pues se puso a llover a cántaros.
A las once de la noche, las dos hermanas, la cocinera y la que llevaba la voz cantante, se marcharon, ya que debían coger carretera, puesto que vivían en otra ciudad, los demás siguieron charlando, esta vez de viajes y excursiones en bicicleta, también hablaron de la larga de sequedad que sufría toda la comarca; de vez en cuando alguien se asomaba  a la ventana para ver si amainaba.
Ya que no paraba de llover, la anfitriona acompañó en coche a un grupo de invitados, Feli y su marido prefirieron volver a casa en bici, tras ponerse unos impermeables prestados.
Caía  un gran chaparrón, cuando cruzaron las calles desiertas. A la mujer la caperuza se le  iba ayendo hacia atrás, por eso le  iban resbalando algunas gotas por la cara y se le estaba  empapando el pelo. También sus sandalias chorreaban agua, sin embargo se sentía bien, quizás por el olor a tierra mojada o porque iba pensando que la cena en el jardín había sido todo un éxito.





mercoledì 30 agosto 2017

El hombre del peine



Tuve la sensación de que aquel día iba empezando al revés, pero vayamos por partes.
Era un martes por la mañana de finales de agosto, hacia las ocho me despertó el gorjeo de los pájaros. Habíamos abierto de par en par la ventana, por el bochorno raro que hacía en el campo; me levanté intentando rescatar el sueño disparatado que aquel amanecer había rondado por mi cabeza; en lugar de desayunar, quien sabe por qué, decidí ir al mercado del pueblo a comprar fruta y hortalizas, pues recordaba que había un puesto donde vendían verdura fresca de la comarca. Estaba contenta pues, además de la fruta del mercado también iba a llevarme a casa los higos que nos había regalado un amigo, tras una tarde de recolecta. Coger el coche y salir temprano del pueblo hacia la ciudad, fue una cosa infrecuente, pero el hecho de que mi marido hiciera en sentido contrario la ruta de siempre en bicicleta, aún lo fue más.
Generalmente salíamos del pueblo para regresar a nuestro hogar los domingos por la tarde o por la noche, después de arreglar y cerrar la casa de campo y dejarlo todo listo; casi siempre cuando llegábamos a la ciudad ya era de noche.
A veces, en los fines de semana que hacía buen tiempo, ni demasiado frío, ni demasiado calor, él se animaba a ir en bici al pueblo, que está a unos sesenta kilómetros de la ciudad. En ese caso yo solía salir un poco más tarde en coche con todos los trastos. La carretera sube hasta un puerto de montaña de unos mil metros de altitud, luego baja hacia el valle donde corre el río; es un itinerario bastante agotador en bici, pero a él le daba mucha satisfacción hacerlo.
Volvamos a aquel martes por la mañana, mientras él pedaleaba, subiendo la primera cuesta, lo adelanté y lo saludé, mientras lo hacía tuve la sensación placentera de que íbamos ambos en una dirección inusual.
Por la carretera pasaban pocos coches, sin embargo había más tráfico en el carril opuesto, por eso pude mirar el paisaje con detenimiento, escuchar la radio y deleitarme, conduciendo, cosa muy extraña en mí.
Escuché un programa radiofónico en el que se hablaba de cómo aprovechar bien la vida, el secreto, decían, era agradecer y apreciar todo lo que teníamos aunque fueran pequeñas cosas.
Pensaba en todo ello cuando me llegó la imagen del sueño: un hombre de espaldas, quien lleva un traje azul marino y que está entrando en un cuarto muy amplio. Baja los peldaños de unas escaleras de madera, con una mano se apoya en la barandilla, con la otra agarra algo que yo no puedo distinguir, como si tuviera miedo de que se lo fueran a quitar. Luego lo voy perdiendo de vista mientras se adentra en la habitación de paredes blancas donde sólo hay un colchón por el suelo. Luego alguien abre la puerta del fondo y veo una calle cubierta de agua. Unos niños, mi hijo y unos amigos, chapotean y juegan a balón, como si fuera una piscina. Oigo la voz de mi hija que me llama para que haga gimnasia con ella. Luego anochece, aparece la luna, todos desaparecen, yo no sé que hacer, si quedarme o marcharme, siento un poco de ansiedad porque aún he sacado el billete de avión.
Al llegar cerca de casa divisé nuestra calle despejada de coches, eso también me pareció raro, luego caí en la cuenta de que, con el calor que hacía, seguro que muchas familias habían aprovechado los últimos días de vacaciones quedándose en la playa, antes de que los niños empezaran la escuela.
Mientras aparcaba el coche a dos manzanas de casa, bajo la sombra de unos árboles, divisé a la señora Frida, una vecina de casa, quien en verano salía poco porque sufría de corazón. Caminaba hacia mí, era una cosa inhabitual, pues ella  siempre  iba a dar un paseo corto para no cansarse y nunca se desplazaba hasta aquella plaza.
Me saludó y en seguida dijo sonriendo que aquella mañana se sentía bien y que además estaba contenta porque era martes, yo recordé que los martes y los jueves la chica de los servicios sociales le daba una mano.
- Me encanta que me mimen, nunca me he podido permitir una asistenta, ahora que tengo ochenta y cinco años ha llegado el momento de que alguien limpie por mí, siguió diciéndome.
- Me alegro que te encuentres bien. Dichosa tú que tienes una chica que te lo hace todo. ¡Qué te vaya bien la vueltecita! le dije yo, besándola en cada mejilla.
Al abrir la puerta del piso noté una ráfaga de aire caliente que casi me ahogaba, abrí las ventanas que dan al patio interior e hice pasar un poco de corriente.
Deshice la maleta y las bolsas amarillas. Saqué del fondo de una de ellas los higos del día anterior, estaban un poco macados.
- Tengo que hacer una tarta para que no se desperdicien, me dije.
Abrí la despensa y noté que no tenía harina, pero detrás del paquete azúcar encontré otro de harina integral, que había comprado para hacer pan y que nunca lo había hecho.
- Puestos a hacer cosas raras, voy a preparar un pastel de higos con harina negra.
Mientras preparaba la masa con azúcar, levadura, huevos y leche de soja, oí el sonido que hacen los mensajes del móvil cuando llegan.
Era mi amiga Marga quien me hablaba su marido:
Victor ha comprado dos peines nuevos, pero ninguno le gusta, prefiere el de siempre, a pesar de que le falten algunas púas, no lo quiere cambiar. Te lo digo para que sepas lo importante que fue que se lo devolvieras.
Leyendo aquel mensaje, sonreí y en seguida se me apareció la imagen del sueño y caí en la cuenta de que el hombre que bajaba por las escaleras, quizás llevara un peine en la mano y fuera Victor. Luego pensé en las palabras del locutor de la radio, y me dije que a sus consejos yo podía añadir otro:
A veces las pequeñas cosas de la vida se aprecian más si se hacen al revés.

PS: para los que no leyeron la historia del peine perdido, aquí la tienen